Acorralada por los inmigrantes, Melilla reclama ayuda urgente

Mientras espera refuerzos militares, teme otro asalto de cientos de africanos
Silvia Pisani
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29 de septiembre de 2005  

MADRID.- La ciudad de Melilla, el enclave español en tierra africana, vive en virtual estado de sitio. Espera, por un lado, la anunciada llegada de refuerzos militares y teme, por el otro, que en cualquier momento la sorprenda un nuevo asalto de inmigrantes, desesperados por cruzar la reja de su frontera y entrar así en territorio europeo.

Todo lo que anunció el gobierno nacional para esa isla europea en tierra negra sonó, allí, ante la inusitada emergencia, insuficiente. Un aumento inmediato y del 7% en la cantidad de efectivos de la Guardia Civil y el envío de dos unidades de fuerzas especiales "antidisturbios" para intentar contener el desesperado salto a la reja de los hambreados.

"Pido auxilio al resto de las comunidades. Por favor, ayúdennos a albergar a los inmigrantes, porque aquí estamos desbordados y esto no se detiene", dijo el presidente de la ciudad autónoma, Juan José Imbroda, en tácita señal de desconfianza hacia los alcances del apoyo nacional.

Con 60.000 habitantes aglomerados en un perímetro de 12 kilómetros, la ciudad vive en estado de nervios ante las recurrentes oleadas de ciudadanos del sur del Sahara que intentan forzar su alambrado fronterizo con Marruecos para poner así distancia con una vida de pobreza, violencia y marginación.

Un millar de personas lo intentaron en las últimas 48 horas, en las avalanchas humanas más grandes que se hayan visto nunca por la región. Otro medio millar esperaba su oportunidad en los bosques marroquíes de los alrededores.

Ahora se sabe que fueron más de 40 los heridos en las refriegas que se sucedieron inmediatamente con la policía española, uno de ellos, de gravedad. Y que en las últimas semanas por lo menos tres personas perdieron la vida en similares embates contra el doble muro de alambre.

El debate político

Mientras fuerzas melillenses e inmigrantes se enfrentan unos a otros, la cuestión derivó en un debate político en el Congreso español. "Fueron incidentes graves", reconoció ayer el secretario de Seguridad, Antonio Camacho, quien en todo momento negó que hubiera relación de causa y efecto entre la acción policial y las muertes oficialmente reconocidas.

Legisladores de la oposición y asociaciones de guardias civiles se unieron en la crítica del manejo oficial de la crisis y reprocharon al gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero la intención de "aparentar una situación de normalidad en Melilla que, desde luego, no existe", dijeron.

Camacho, en tanto, anunció el citado envío de refuerzos militares y, además, la inmediata instalación de nuevos censores infrarrojos en la reja perimetral.

Varios diputados recordaron que ya hay 130 instalados y que, al parecer, no captan el avance de las sucesivas oleadas de inmigrantes, a pesar de que llegan a la carrera y con larga escalera de madera en mano para intentar, con ella, el cruce de la reja.

Camacho respondió entonces que, "para febrero próximo", estarán finalizados los trabajos por los cuales los varios kilómetros de reja duplicarán su altura de los actuales tres metros a seis. La oposición reclamó que no se podía demandar tanto tiempo para una obra pequeña.

Fuentes policiales confirmaron que en los últimos cinco meses se produjeron por lo menos 21 intentos "sincronizados y con fuerza" para violar la doble reja. Señalaron también que más de la mitad de los 700 agentes de la ciudad están destinados a vigilarla, por lo que se resiente la seguridad en el resto del enclave.

El gobierno socialista no vio en esto una crisis internacional. "El presidente Rodríguez Zapatero está satisfecho con la colaboración que prestan las autoridades marroquíes", dijo el canciller Miguel Angel Moratinos. Pero sectores de la oposición, en cambio, intuyen allí una "cómplice pasividad".

La muralla fronteriza es, en rigor, un doble cerco con una angosta franja en medio de territorio de nadie. Culmina en bucles de alambre de púa -en el que más de una vez quedan enganchados los inmigrantes- y cuenta con varias puertas que permanecen férreamente vigiladas.

De hecho, los asaltos se producen en zonas alejadas de portones que, como bien lo saben ellas, jamás se abrirían para estas personas.

Por qué se dejan atrapar

MADRID (ABC).-Lo último de lo que un europeo desearía desprenderse al entrar en un país africano sería de su pasaporte. A la inversa, sin embargo, la cosa cambia. En los alrededores de la frontera entre el enclave español de Melilla y Marruecos, el primer mandamiento para un subsahariano que aspira a cruzar la valla (con riesgo de la propia vida si es preciso) le exige deshacerse de toda documentación que permita acreditar su procedencia.

Paradójicamente, la ausencia de papeles es el salvoconducto inmediato y más seguro para garantizarse la no expulsión, si bien antes es preciso lograr otro objetivo bastante más difícil que quemar un pasaporte, como es poner los pies de este lado de la valla de seguridad para luego dejarse atrapar.

Parece un sinsentido: primero se ocultan para no ser vistos, luego saltan la verja despavoridos y tratan de evitar la captura y, acto seguido, una vez alcanzado suelo español, se dejan atrapar dócilmente por los agentes de la Guardia Civil española para ser trasladados con comodidad en un vehículo hasta la comisaría de la policía nacional, en el centro de la ciudad.

De memoria

Allí, los guardias civiles los ayudarán a completar un expediente de expulsión ininteligible para los detenidos, pero que no podrá demostrar su nacionalidad, lo que les impedirá ser repatriados. Esa es la ley. Y los subsaharianos se la saben de memoria.

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