Alemania necesita un examen de conciencia tras el caso Volkswagen

Roger Cohen
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30 de septiembre de 2015  

LONDRES.- La empresa número uno de Alemania jugó con el aire que respira la gente. Es impactante. Y en su contexto histórico, es devastador.

La consternación se queda corta frente al escándalo de Volkswagen (VW). Estamos frente a uno de esos momentos en los que es puesta en duda la totalidad de la cultura de una nación, en este caso, una que es sinónimo de escrupulosa honestidad, acatamiento de la ley, confiabilidad, sensibilidad medioambiental y abnegada dedicación al bien común.

Alemania nunca es del todo lo que parece. Hay tensión entre su orden y sus urgencias. Tanta formalidad podría esconder frenetismo. Ahí, cuando las cosas salen mal, salen mal a lo grande. Ese temor de posguerra llevó a los países de Europa y a Estados Unidos a dedicar todo su peso estratégico para asegurarse de que Alemania nunca más volviese a ser todopoderosa. Ésa era, de hecho, su preocupación más acuciante.

La Constitución alemana, su arquitectura política federal, su pertenencia a la Unión Europea, su lugar en la OTAN y hasta la adopción del euro fueron en cierto modo un corsé diseñado para evitar lo que finalmente pasó: el predominio de Alemania en Europa.

Este desarrollo de los acontecimientos probablemente tenga incómodos en igual medida a los alemanes y al resto de los europeos. Europa necesita liderazgo. Pero Alemania se resiste a liderar: ya se intentó y ya vimos lo que pasó. Por su parte, los europeos se resisten a dejarse liderar por Merkel. El dedito de advertencia que suele alzarse desde Alemania, ese dedo que dijo tantas veces que no cuando Grecia estaba al borde de la bancarrota, suele ser irritante.

Y justo en este momento, cuando todas las miradas están puestas en el liderazgo alemán -una frase que es desde hace rato un oxímoron-, la empresa que es sinónimo de Alemania instala un software para burlar el control de emisión de gases de sus autos, hace trampa en las pruebas de emisión de gases, libera contaminantes letales con 11 millones de automóviles diésel y declara que efectivamente le importa un pito la salud de la gente mientras pueda convertirse en la automotriz más grande del mundo.

"No soy consciente de haber hecho nada malo -dijo Martin Winterkorn, el CEO de Volkswagen que renunció la semana pasada-. Volkswagen necesita un nuevo comienzo."

Winterkorn tiene razón. VW, con sus 600.000 empleados en todo el mundo, necesita un nuevo comienzo. De hecho, sus ingenieros -que en algunas publicidades de la marca aparecen con alas de ángeles, por las cosas geniales que supuestamente logran- fueron quienes planificaron la espantosa estafa. Pero ese nuevo comienzo no llegará negando las responsabilidades personales.

Y tampoco es alentadora la velocidad con la que fue reemplazado Winterkorn por alguien de dentro de la empresa, como si no quisieran considerar a algún candidato externo. Matthias Müller, ex cabeza de Porsche que acaba de ser nombrado en el puesto de Winterkorn, es muy allegado a las familias Piëch y Porsche, que juntas controlan la mayoría de las acciones de VW con derecho a voto. Müller tiene reputación de ir de frente y tal vez sea el mejor hombre para el cargo. Pero su nombramiento huele a contubernio y remiendo, en momentos en que la empresa necesita una aguda y decidida comprensión de por qué las cosas salieron tan desastrosamente mal.

VW no es la primera empresa que amarretea en los costos para ganar más dinero. No es la primera gran empresa que traiciona la confianza de la gente y demuestra su desprecio por la sociedad. Ni siquiera es la primera corporación global que exhibe una irresponsable indiferencia ante el medio ambiente y la salud de la gente. Esa actitud no es específicamente alemana, de más está aclararlo.

Pero sí hay algo específicamente alemán en ese abismo que separa la rectitud moral declamada y la mala fe irresponsable, entre la alta cultura y las bajas conductas, entre los ángeles alados y los óxidos de nitrógeno. Y hay algo específicamente alemán en el devastador impacto de este caso. VW debería tener muy presente la magnitud de la debacle, mientras evalúa el modo de rectificar el daño que les ha producido a sus clientes del mundo, a Alemania y a sí misma como empresa. La frase para salir del paso de Winterkorn fue una vergüenza.

Alemania ha sido bastante incansable a la hora de recordarle a Grecia sus engaños en las cuentas públicas, su evasión impositiva, su nepotismo, la laxitud de sus costumbres laborales y todo lo demás. Argumentos no le faltaban. Grecia hizo todo lo antes mencionado para arrastrar a Europa y a ella misma al agujero donde se encuentran. Pero la receta prescripta por Alemania -tienen que parecerse más a la laboriosa, honesta, confiable y virtuosa Alemania y lograr todo eso sólo con austeridad- era excesivamente estricta, y ahora todas esas lecciones sobre hacer trampa huelen a profunda hipocresía. Los líderes de la nueva Alemania fracasarán si no logran resistir la tentación de andar impartiendo lecciones.

A principios de este año, cuando un copiloto de Germanwings estrelló deliberadamente su avión contra los Alpes, llevándose con él a la muerte a 149 personas, el presidente de otra gran empresa alemana, Lufthansa, también dijo inicialmente que la aerolínea había hecho todo bien. Poco después debió desdecirse y pedir disculpas por un descuido.

Es hora de que los alemanes hagan examen de conciencia. El liderazgo lo demanda.

Traducción de Jaime Arrambide

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