Alma Guillermopietro. "La inequidad, que es nuestro pecado, se ve aumentada en la pandemia"

Alma Guillermopietro
Alma Guillermopietro
Hugo Alconada Mon
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9 de junio de 2020  • 21:03

Escuchar a Alma Guillermopietro es un deleite. Su tono de voz, su cadencia, sus expresiones, arrullan al oído más áspero, aun cuando trace un panorama inquietante. Sea sobre los nuevos controles de los Estados, que llegaron para quedarse. O sea sobre los abusos que el poder comete en nombre de la lucha contra la pandemia de coronavirus , que avizora que serán muy, muy difíciles de revertir.

"Hay sistemas de medición y de seguimiento que van entrando a la nueva normalidad, que no es una normalidad, sino una anormalidad absoluta", plantea desde su hogar en Bogotá, donde lleva confinada casi tres meses. Lo que ve, dice, "es tremendamente preocupante. Afecta todo nuestro futuro, todas nuestras posibilidades", para luego remachar su visión con una frase categórica: "Nada de esto es reversible".

Lo bueno de todo esto, aclara, es que al menos somos conscientes de lo malo. Eso explica, cree, las manifestaciones callejeras que cosechan los presidentes Donald Trump o Jair Bolsonaro , al que define como el más peligroso de todos. Por eso, y más, plantea que este es "necesariamente, un tiempo de paciencia, un tiempo frustrante", donde debemos recordar, sin embargo, que muchos más se encuentran peor.

A ellos, a los más golpeados por la pandemia, dedicó uno de sus últimos textos en El País. a los que se quedaron sin ingresos, sin educación, sin esperanzas. "Así se acaba el mundo, en un apocalipsis que arrasa primero con los pobres", alertó.

-Apoyado en ese texto que publicó en El País, déjeme insistirle: ¿Por qué le angustia tanto lo que está viendo?

-Porque esa es apenas una breve lista de lo que me preocupa. Me preocupa la pérdida de capacidad de mejorar la infraestructura de nuestros países, que es tan lamentable. Me preocupa la falta de instalaciones hospitalarias, en Venezuela en particular, donde se arrasó con el sistema de salud. Me preocupa que la inequidad, que es nuestro pecado, se ve tremendamente aumentada en situaciones de pandemia. Quien tiene dinero, come, y quien no, se muere porque tampoco tiene asistencia médica. Me preocupa que hay rabias largamente acumuladas que de repente se vuelven explosivas, como ahora en Estados Unidos, y me preocupa sobre todo la invasión permanente de nuestra privacidad por todos los aparatos y medios de vigilancia que se han instalado con el Covid. Privacidad es igual a democracia, ¿cierto? La democracia no puede existir sin el derecho al espacio propio, al pensamiento propio, a la autonomía, a la capacidad de tomar decisiones sobre tu propia persona; pero se instalan cámaras de vigilancia, se dicta qué sector de la población puede salir a la calle y cuál no, sin que haya criterios médicos, sino de comodidad para los gobernantes. Vamos entrando a la nueva normalidad, que no es una normalidad, sino una anormalidad absoluta. Ese conjunto es tremendamente preocupante. Afecta todo nuestro futuro, todas nuestras posibilidades. ¿Qué veo de bueno en todo esto? Pues que creo que hay una conciencia general de estos hechos, de que esto está pasando y que estamos en este peligro. No sé si soy optimista en esto, pero me parece que es así.

-Déjeme concentrarme en eso de "rabias largamente acumuladas que de repente se vuelven explosivas". ¿Pueden alimentar el surgimiento de caudillos mesiánicos, de Bolsonaros, déspotas, dictadores y otras variantes?

-Puede alimentar y está alimentando, de hecho, las falsas esperanzas. Y cuando hay un grado de incredulidad en los gobiernos y al mismo tiempo de conciencia de la inequidad existente entonces hay un sector de la población que busca algo en lo que pueda tener esperanzas, ¡porque es terrible no tener esperanza de futuro! Y en ese contexto es que surgen personas cínicas, con la capacidad de prometerlo todo y con la falta de capacidades para cumplir cualquier cosa. Bolsonaro es el ejemplo extremo, a menos que consideremos a Trump.

-Bolsonaro, Trump. ¿resultan sintomáticos, no?

-Los dos son personalidades muy semejantes. Por supuesto que con más poder, con infinitamente más poder, Trump hace más daño. Pero creo que la contraparte de eso, de esa necesidad de tener fe en alguien que prometa cosas, es un sector de la población que quizá con rabia, pero también con mucha esperanza, se está movilizando para defender derechos básicos. Lo hemos visto en Estados Unidos en todos estos días, terribles y emocionantes, y lo hemos visto con las mujeres en México, en Argentina, en Chile, en Colombia... Ése es un cambio positivo que se está dando en medio de todo este desastre. Son dos vías, digamos.

-Pero cuando esta pandemia pase, ¿alcanzará con movilizarnos para volver atrás los abusos de poder que se están dando en estas semanas?

-No. Lo que me preocupa es que nada de esto es reversible. Son cosas que se instalan y ya está. O sea, se instalan 25 cámaras de seguridad en la cuadra y la gente pide que también pongan cámaras en los entrepisos de los ascensores porque hay una sensación de inseguridad general frente a la vida que los fabricantes de estas invasiones de privacidad aprovechan. No creo que sea reversible, no. Por eso creo que Trump tiene mucho más poder, pero quizá el que pueda afectar más el mundo como un todo es Bolsonaro porque la destrucción del Amazonas tiene consecuencias para el mundo entero, en cambio a Trump hay gente, incluso sus generales, que lo está acotando. Le está diciendo, "Disculpe señor, pero usted es un idiota". Hay un anillo de seguridad en torno a él, digamos, que le impide llegar tan lejos. En cambio, con la fragilidad de las estructuras de gobierno en todos nuestros países, Bolsonaro tiene un poder de destrucción inmenso.

-¿Percibe alguna lección en todo esto que estamos viviendo?

-Sí, que esta pandemia afecta por sectores porque hemos creado, entre todos, una sociedad estratificada. Luego, no nos podemos quejar de que algunos estratos con acceso mínimo a la educación les cueste trabajo comprender cuáles son los mecanismos o cuál sería la evolución del medio ambiente. Es un tema complicado. Pero sí creo que esta crisis nos ha mostrado lo frágil que es nuestro planeta. Esta cosa mínima, pequeñita, verde, que flota en medio de galaxias vastas. Es una cosita que se destruye con un soplo. Y estamos cerca de ese momento.

-Allá por 2009, el gran Juan Cruz la entrevistó para El País. Le preguntó qué teníamos que hacer los periodistas que no hacemos. Y su respuesta fue "reportear", centrando su mirada, en aquel momento, en el narcotráfico. Así que, 11 años después, si usted fuera hoy mi editora y yo le planteara esa pregunta, ¿qué respondería?

-En esa entrevista dije que tenemos que empezar a entender la ciencia, por lo que traté de fundar un curso de ciencias del medio ambiente, aquí, en Bogotá, y siempre que puedo aliento a los jóvenes reporteros, sobre todo, que todavía tienen cabeza para eso, a que hagan especializaciones en ciencia, en ciencias del medio ambiente, en biología. Porque nosotros somos los encargados de traducir cosas complicadas en un lenguaje más llano, y si a la gente en América Latina realmente le ha tenido sin cuidado el medio ambiente es en parte porque no hemos hecho nuestro trabajo. Yo, de veras quisiera con toda mi alma que el medio ambiente fuera una de las preocupaciones principales del periodismo actual.

-En aquella entrevista de 2009, también planteó que el oficio se estaba muriendo, acabando.

-Sí, y llevo 11 años haciendo penitencia por esa respuesta [risas]. No hay entrevista en la que no me la recuerden. ¡Yo dije que el oficio se estaba acabando y que le tocaba a los jóvenes reinventarlo! Esa es la parte importante: le toca a los jóvenes reinventarlo, como lo han estado haciendo. Hay una cantidad de sitios nuevos, creativos, entusiastas, especializados, maravillosos. Esa parte del pronóstico, se la olvidan. Lo mismo que siempre les digo, "¡Déjense de quejar!". Todo el mundo ve la tristeza, pero vean las posibilidades que son enormes. Y toda esta pandemia ha servido para entender las muchas facetas que puede tener la comunicación para cualquier persona que tenga algo para decir al público.

-¿Hay alguna pregunta que no le planteé y que usted quisiera responder?

-Hmm [Piensa por varios segundos]. Quisiera decir, sí, que este es necesariamente un tiempo de paciencia, un tiempo frustrante. En mi caso llevo encerrada desde el 15 de marzo, en Bogotá. Pero también es un tiempo de duelo. Creo que toca hacerlo por todos los cientos de miles de muertos. Una buena parte de ellos ha sido gente marginada de la sociedad o no aceptada por la sociedad: minorías étnicas, pobres. hay que tener mucha conciencia de eso, siempre que uno piensa qué duro es este tiempo para mí. y es mucho más duro para muchos más.

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