Autócratas: tras una era de expansión, el descontento social los pone bajo presión

Crédito: Ippóliti
Desde China hasta Rusia y Turquía, los regímenes autoritarios sufren una oposición creciente, y los expertos anticipan que enfrentarán más resistencias
Luisa Corradini
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8 de septiembre de 2019  

PARÍS.- Esta ha sido una excelente década para los autócratas. La influencia global de los países gobernados por dictadores o dirigentes de "mano dura" -como China, Turquía o Rusia- creció a pasos agigantados, exportando su modelo a los cuatro continentes. Sin embargo, si bien estos últimos diez años fueron terribles para la democracia global, el próximo decenio podría ser sorprendentemente difícil para los enemigos del liberalismo y de la democracia.

En este mundo cada vez más complicado, por primera vez desde el siglo XIX, el PBI de las autocracias igualó o superó el de las democracias occidentales. Incluso hasta se podría decir que la ofensiva de los autócratas persiste. En junio, por ejemplo, en la Cumbre del G-20 de Osaka, el presidente ruso, Vladimir Putin, abandonó la pretensión de que su país es una democracia, al declarar que "el liberalismo moderno se volvió obsoleto".

Inversamente, estos diez años fueron dramáticos para la democracia: el mundo vive hoy su 13er año consecutivo de recesión democrática, según la organización Freedom House. Las democracias se deterioraron o colapsaron en todas partes: de Burundi a Hungría, de Tailandia a Venezuela o Filipinas.

Lo peor es que la nueva ola de autócratas populistas consiguió demostrar que son capaces de ganar el poder en las democracias más sólidas e influyentes del mundo, y que además pueden, en poco tiempo, convertir sus países en regímenes absolutistas definitivamente competitivos.

Para lograr sus objetivos, esos nuevos dictadores populistas suelen usar los mismos instrumentos. "Gobiernos de países como Hungría, Polonia, Turquía o Venezuela comparten dos características importantes: primero, llegaron al poder mediante elecciones libres, con un mensaje antielitista y antipluralista. Después utilizaron esas victorias para concentrar el poder en sus manos, debilitando la independencia de instituciones claves, como la Justicia; impidiendo el funcionamiento de los partidos de oposición, y amordazando a los medios de comunicación", explica Étienne Bolduc, profesor de Filosofía en la Universidad de Quebec.

Hasta hoy, para la mayoría de los académicos que estudian el fenómeno, la amenaza antidemocrática de los autócratas era un camino sin retorno. Una vez que un "hombre fuerte" consiguió concentrar el poder en sus manos, el margen de maniobra para la oposición desapareció.

Para otros, sin embargo, ese discurso ignora un factor fundamental: la legitimidad de los autócratas modernos depende de su habilidad para mantener la ilusión de que hablan para "el pueblo", y defienden "su libertad". Pero, mientras más poder concentran en sus manos, menos plausible parece esa pretensión.

"Esto plantea la posibilidad de que aparezca un círculo vicioso: cuando una crisis interna o un shock externo afecta la popularidad del régimen autocrático, el líder aplica más opresión para perpetuar su poder. Haciendo eso, provoca cada vez más descreimiento cuando afirma que gobierna para la gente", explica Bolduc. "A medida que segmentos cada vez más importantes de la población reconocen que corren el riesgo de perder sus libertades, la oposición al régimen no cesa de aumentar", concluye.

Eso es exactamente lo que sucede en la actualidad en la Rusia de Putin. Desde hace meses, la oposición protagoniza el movimiento de protesta más importante desde que regresó al Kremlin en 2012 para ejercer su tercer mandato presidencial. Cada fin de semana, decenas de miles de personas salen a la calle a protestar contra la decisión de prohibir que candidatos de la oposición se presenten a las elecciones municipales de hoy. Prohibidas por la policía, esas marchas fueron brutalmente reprimidas y unas 3000 personas terminaron en la cárcel.

Luego de 20 años de poder absoluto -como presidente o primer ministro-, la popularidad de Putin no es la que era.

"Es verdad, sus opositores pueden denunciar su autoritarismo y sus fraudes, pero el líder del Kremlin sigue teniendo un nivel de aprobación del 60%", señala Arnaud Dubien, investigador del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicos (IRIS) de Francia.

Ese número está lejos, sin embargo, del 87% de opiniones favorables que tenía en 2014, durante la anexión de Crimea y la crisis ucraniana.

Calmada la exaltación patriótica, reaparecen las aspiraciones democráticas, sobre todo en la juventud.

Como su homólogo ruso, el presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, llegó al poder hace dos décadas. En 2003 se convirtió en primer ministro con el uso del perfecto manual del aspirante a autócrata. Afirmó que Turquía no era democrática y que una pequeña elite controlaba el país, ignorando la voluntad popular cada vez que esta contradecía sus intereses. Por eso -repetía-, solo un líder con coraje, que representara al "pueblo turco", podía devolver el poder a la gente.

"Erdogan tenía algo de razón. Pero, en vez de cumplir con sus promesas, durante los 16 años que siguieron -como primer ministro y después como presidente- distribuyó ese poder en las manos de su propia elite", dice Dorothée Schmidt, especialista del Instituto Francés de Relaciones Internacionales (IFRI).

Durante esos años, Erdogan también purgó a toda la oposición, desde los militares hasta los universitarios, sin olvidar la totalidad de las instituciones, y despidió y encarceló a miles de escritores y periodistas.

Sin embargo, el discurso legitimista de Erdogan empezó a derrumbarse recientemente. En 2018 el país entró en recesión debido a su empecinamiento en manejar incluso la economía, sin ninguna capacidad. Ahora, en 2019, llegó el tropiezo de las elecciones municipales, en las que su partido islámico, Justicia y Desarrollo (AKP), perdió las dos principales ciudades, Ankara y Estambul.

En vez de aceptar la derrota, Erdogan decidió hacer lo peor: anular las elecciones de Estambul y convocarlas por segunda vez. Y el error fue fatal. En pocas semanas, muchos de quienes antes habían votado por él dieron su voto a la oposición democrática. El candidato de Erdogan perdió por mayor margen que la primera vez.

"Al tratar de anular la voluntad popular, Erdogan enfrenta ahora la perspectiva de un derrumbe total de su popularidad. Y porque perdió gran parte de su legitimidad depende ahora mucho más de medidas opresivas para mantenerse en el poder. Y mientras más oprime, más pierde su legitimidad", analiza Schmidt.

La cesión de Pekín

El presidente chino, Xi Jinping, no es más democrático, pero con toda seguridad es más cuidadoso. Gran observador del mundo que lo rodea, en las últimas semanas decidió que era mucho mejor "retroceder para saltar más lejos" en el caso de Hong Kong.

Por eso, incapaz de calmar las multitudinarias protestas populares, esta semana la gobernadora de esa región administrativa especial, Carrie Lam, anunció que retiraba el decreto que encendió la mecha: la autorización de extradición a China.

Pero tampoco ese gesto consiguió calmar el ardor de los miles de manifestantes decididos a defender sus libertades individuales frente a la dictadura de Pekín.

"¡Esto no terminó. Continuemos el combate!", podría ser el eslogan de los protagonistas de la protesta, que reclaman la amnistía para todos los detenidos, una investigación sobre la violencia policial y la instauración del sufragio universal directo, ya que el ejecutivo de Hong Kong es designado directamente por Pekín.

Es verdad, los autócratas populistas probaron ser tremendamente capaces de vencer a sus adversarios democráticos. Pero, como lo demuestran los casos de Putin, Erdogan o Xi, tarde o temprano sus propios métodos terminarán obligándolos a claudicar.

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