Bergoglio y los líderes de la región: pragmatismo, elogios y críticas

Juan Landaburu
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8 de julio de 2015  

A primera vista, la única diferencia entre Francisco y Rafael Correa parece ser que uno se viste de blanco y el otro usa camisas con motivos precolombinos.

Los dos son críticos del capitalismo salvaje, tienen un discurso centrado en los pobres, son progresistas en lo económico, católicos, más o menos populistas y conservadores en cuestiones morales, como el matrimonio gay o el aborto.

Por eso, la oposición ecuatoriana empezó a desesperarse a medida que se acercaba la llegada del Papa a Quito. En los cuatro encuentros previos que habían tenido, a Correa y Francisco se los había visto muy cercanos y hasta con sonrisas cómplices ("¿Quién iba a pensar que un boludo como yo iba a estar aquí?", dijo el ecuatoriano la primera vez que lo visitó en el Vaticano).

En plena tensión política, la oposición reclamaba que la visita del Papa no fuera usada para tapar lo que ellos denuncian como un gobierno autoritario.

Viejo zorro, el Papa se tomó su tiempo. El primer día hizo un llamado al "diálogo" apenas lo recibió Correa en el aeropuerto de Quito. Anteayer pidió "unidad" después de una reunión en el palacio presidencial. Y en la misa de ayer no se guardó nada: alertó sobre la "tentación de propuestas más cercanas a dictaduras, ideologías o sectarismos" y pidió "dejar de lado los personalismos, el afán de liderazgos únicos".

Para un papa que tiene cierta afinidad ideológica con los líderes populares de la región, pareció un tiro por elevación al abecé político del socialismo del siglo XXI. Pero muchos críticos siguen esperando alguna referencia más directa a otras cuestiones controvertidas, como el avance sobre las instituciones democráticas y sobre los medios.

En todo caso, en su relación con los líderes de la región se ve el clásico estilo Bergoglio: con una mano los bendice y con la otra les tira de las orejas.

Francisco tiene su dosis de pragmatismo y sabe que con Correa en el poder la Iglesia puede llevar adelante su pastoral sin sobresaltos.

El presidente ecuatoriano es tal vez el máximo exponente de un tipo de liderazgo latinoamericano que para muchos implica una contradicción ideológica: muy progresista en lo económico, pero muy conservador en lo moral.

El mentor de Correa, Hugo Chávez, siempre se definió como católico y frenó cualquier intento de legalizar el matrimonio gay o el aborto en Venezuela, pero mantuvo una muy tensa relación con la Iglesia Católica y llegó a amenazar con romper relaciones con el Vaticano. Sólo en los últimos meses de vida, con el cáncer ya indetenible, se amigaría con la Iglesia. "Murió aferrado a Cristo", dijo su entonces vicepresidente, Nicolás Maduro.

Sin llegar a los extremos de Chávez, los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner también tuvieron una relación difícil con la Iglesia, especialmente durante el debate y la posterior aprobación del matrimonio gay. La Presidenta redescubriría las virtudes del clericalismo en marzo de 2013.

Correa, en cambio, siempre se definió como un hombre de la Iglesia. Es un católico de misa dominical, ferviente defensor de los valores tradicionales de la familia. Meses atrás se enfureció con una campaña "hedonista" sobre planificación familiar y prohibió que se usara el eslogan "Habla serio, con condón disfrutas un montón" para prevenir el embarazo adolescente.

"Soy muy progresista en la parte económica y social, pero bastante conservador en cuestiones morales", reconoció más de una vez.

Los límites al consumo de alcohol los domingos, el rechazo de la legalización de la droga y la prohibición de los casinos son otras medidas que han recibido fuertes críticas desde sectores de izquierda.

Para Correa, no hay ninguna contradicción.

"Hay una izquierda infantil que cree que ser de izquierda es ser anticlerical o poner énfasis en cuestiones morales de vanguardia muy discutibles, como el matrimonio gay o el aborto, cuando hay tantas urgencias que pasan mucho antes, tan evidentes y que afectan a muchísimas más personas. Por ejemplo, hay grandes injusticias, la supremacía de capital sobre el trabajo humano, la explotación laboral", dijo Correa en una entrevista que publicó el diario El Telégrafo antes de la llegada del Papa.

Música para los oídos de Francisco, que seguramente no hallará un interlocutor tan afín cuando se encuentre hoy con el presidente boliviano, Evo Morales.

En pleno conflicto con el clero de su país, Evo considera que la Iglesia es una "institución colonial" y promueve los cultos religiosos andinos. El Papa, que no reniega de la Pachamama, pidió hojas de coca para mascar, una costumbre ancestral que no tiene buena prensa en las potencias occidentales. Todo un anticipo de que intentará repetir con Evo la sintonía que tuvo con Correa. Aunque con Francisco nunca se sabe cuándo llegará el tirón de orejas.

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