Cada vez menos británicos, los escoceses planean otro referéndum

Se resisten a abandonar el bloque desde el voto masivo contra el Brexit; el premier y Westminster, claves para otro plebiscito
Luisa Corradini
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23 de diciembre de 2019  

PARÍS.- Boris Johnson parece ser el hombre que concretará el divorcio entre Gran Bretaña y Europa (Brexit) después de 46 años de vida en común. Pero, al mismo tiempo, podría convertirse en el primer ministro que no pudo impedir la independencia de Escocia, un país que había adherido voluntariamente a la corona en 1707.

En los 42 meses que transcurrieron desde el referéndum del Brexit, los 5,5 millones de escoceses se sienten cada vez menos británicos y se niegan a abandonar la Unión Europea (UE).

En 2014, en un primer referéndum sobre la independencia de esa nación, habían proclamado su fidelidad a la corona británica votando 55% en contra de la separación.

Pero en la consulta de 2016 sobre el abandono de la UE expresaron sus convicciones europeas al pronunciarse en forma aplastante (62%) en contra de la separación. En otro pronunciamiento contundente, en las elecciones legislativas del 12 de este mes, el Partido Nacionalista Escocés (SNP) obtuvo el 45% de los votos y 48 de las 59 bancas del Parlamento regional.

Esos tres antecedentes, que confirman la evolución de la opinión pública, tienen un peso decisivo en la argumentación expuesta por la primera ministra escocesa, Nicola Sturgeon, ante las autoridades de Londres: "No queremos un gobierno conservador que nos saque de Europa y nos conduzca por un camino que no hemos elegido", proclamó al día siguiente de la victoria de Johnson en las elecciones legislativas.

Las páginas de The Herald y The Scotsman, los dos principales periódicos de la región, desbordan de testimonios de escoceses que se sienten arrastrados a una opción política que interpretan como una violación de su identidad: "Yo me siento escocés y europeo. No tengo ningún vínculo con Gran Bretaña, salvo mi pasaporte", sostiene Alan Bisset sintetizando el sentimiento de la mayoría de sus conciudadanos.

Ese rechazo de la britishness (britanidad) comenzó a surgir en los años 1970, se acentuó en los 80 con el aumento de las reivindicaciones independentistas y se consolidó en 1999, con la transferencia de parte de los poderes de Westminster al Pàrlamaid na h-Alba (Parlamento escocés), sintetiza sir John Curtice, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Strathclyde, en Glasgow. Los laboristas de Tony Blair en el poder suponían que ese gesto vacunaría las veleidades del SNP, que aún era minoritario en la opinión pública.

Recesión

Las razones de ese desencanto hay que buscarlas en "las profundidades de la historia y, más recientemente, en las consecuencias de la recesión que conoció el país a partir de los años 80", según la interpretación de Patrick Grady, diputado del SNP.

Jurídicamente, las actas de 1707 marcaron la unión oficial de Escocia e Inglaterra, que algunos nacionalistas radicales prefieren llamar "anexión".

Esos dos documentos tienen un símbolo histórico crucial porque, después de firmar las actas, los dos Parlamentos se disolvieron para crear una institución común: el Parlamento de Gran Bretaña. Ese gesto fundador, sin embargo, no alcanzó a cicatrizar las heridas que habían quedado abiertas desde que William Wallace, conocido en la leyenda popular como Braveheart, unificó los clanes escoceses a fines del siglo XIII para tratar de contener a las fuerzas del rey Eduardo I de Inglaterra que trataban de invadir Escocia.

Contrariamente al caso irlandés, el nacionalismo escocés no procede de criterios culturales, lingüísticos o religiosos. Actualmente, apenas 60.000 personas -menos de 1% de la población- habla gaélico escocés. De la misma manera, en el Tratado de Unión de 1707 la Iglesia de Escocia conservó sus privilegios y su identidad. Desde el punto de vista económico y social, en cambio, Escocia pagó un fuerte tributo a la política thatcherista.

Declive

Toda la región que se encuentra al norte del Muro de Adriano, que marca simbólicamente la frontera entre Escocia e Inglaterra, sufrió un acelerado declive de su industria pesada, su importante producción de textiles, motores de avión, autobuses y tractores, química, siderurgia, microelectrónica, astilleros, seguros y servicios financieros.

Pero, además, los escoceses tienen la impresión de ser expoliados de su principal riqueza, el petróleo offshore.

"El Brexit, tanto como la historia, nutre el proceso de emancipación", reconoce la exdiputada conservadora Pamela Nash.

Aunque algunos creen que está al alcance de la mano, la independencia escocesa requiere una "larga batalla institucional y jurídica que podría llegar hasta la Suprema Corte", analiza Neil McGarvey, profesor de la Strathclyde.

Para convocar a un nuevo referéndum, es necesario obtener el acuerdo del primer ministro Johnson -que ya anunció su oposición- y el acuerdo del Parlamento de Westminster.

Nicola Sturgeon sabe que sus dos mejores armas para enfrentar esa pulseada serán paciencia y determinación para sortear una actitud que incluye un importante componente psicológico: "Los escoceses -analiza- son víctimas de una Inglaterra que quiere demostrarle al mundo su grandeza rompiendo con la Unión Europea".

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