Cambia el estilo, pero no el rumbo diplomático

Esteban Israel
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28 de agosto de 2013  

SAN PABLO.- La caída del ahora ex canciller Antonio Patriota no cambiará el rumbo de la política exterior brasileña, que, según analistas, continuará relegada a un segundo plano debido al foco de la presidenta Dilma Rousseff en la crisis económica y las elecciones de 2014.

Patriota -símbolo del proverbial soft power de la diplomacia brasileña- renunció anteayer después de que su encargado de negocios en La Paz admitió haber ayudado en la fuga de un senador acusado de corrupción, lo que disparó una crisis con Bolivia.

Su sustituto Luiz Alberto Figueiredo, embajador de Brasil ante la ONU, tendrá poco tiempo para hacer cambios significativos en la política exterior antes de que el gobierno concentre todas sus energías en las elecciones de octubre de 2014, cuando se espera que Rousseff busque la reelección. "Cambia el ministro, pero continúa la misma línea política", dijo Rubens Barbosa, un ex embajador brasileño en Estados Unidos y asesor de asuntos internacionales del poderoso lobby industrial brasileño Fiesp.

"La política exterior seguirá en segundo plano, porque la prioridad de Dilma es la crisis económica y la reelección", añadió.

Desde que asumió el poder, en enero de 2011, Rousseff fue percibida como menos preocupada por la política exterior que su antecesor y mentor Luiz Inacio Lula da Silva.

Y el interés disminuyó a medida que aumentaron sus problemas domésticos como el violento frenazo de la economía y una ola de masivas protestas contra la corrupción y la mala calidad de los servicios públicos que derrumbaron la popularidad de Rousseff en los últimos meses.

Diplomáticos brasileños hablan de un creciente descontento en los pasillos de Itamaraty, el elegante palacio modernista de la cancillería en Brasilia, por lo que describen como una falta de firmeza de Patriota.

La política exterior brasileña, dicen, no se corresponde con la imagen de potencia emergente de la mayor economía de América latina. Se quejan además de que la diplomacia fue subordinada a la agenda ideológica del gobernante Partido de los Trabajadores (PT) y a su estrategia Sur-Sur.

Figueiredo es descripto por sus colegas como un hábil negociador que defendió con uñas y dientes las posiciones de Brasil en foros de cambio climático como la Conferencia de Copenhague de 2009 y organizó la Cumbre Río+20 en 2012. "Su papel será no generar noticias negativas, intentar poner orden en la casa y promover una agenda verde", dijo Marcelo Coutinho, un analista político de la Universidad Federal de Río de Janeiro.

"Es un político hábil y articulado", añadió. "Río+20 no tuvo resultados, pero tampoco dio problemas. Y eso es lo que Dilma quiere."

Pero el cambio de canciller, que en realidad es un canje ya que Patriota reemplazará a Figueiredo como embajador ante la ONU, no debe acarrear sorpresas.

"La política exterior no cambia", dijo una fuente del gobierno. "Lo que cambia es el perfil del ministro."

"A diferencia de Patriota, que era muy suave, Figueiredo pelea más por las cosas que la presidenta le manda", añadió. La huida del senador boliviano Roger Pinto con ayuda de un diplomático brasileño en La Paz fue apenas la gota que rebasó el vaso en una relación cada vez más tirante de Rousseff con su canciller, explicó la fuente.

La presidenta estaba descontenta con los reparos de Patriota a la suspensión de Paraguay de la unión aduanera Mercosur, luego de la destitución del presidente Fernando Lugo en 2012 y su tibia respuesta a la detención en Gran Bretaña de un brasileño en conexión con el ex contratista de inteligencia estadounidense Edward Snowden.

Pero al final de cuentas puede que la diferencia entre Patriota y Figueiredo sea simplemente eso, una cuestión de estilo.

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