Censura: el asedio sobre la prensa crece en la era digital

Muchos gobiernos aprendieron a esquivar los efectos liberadores de Internet y se las ingenian para acallar noticias críticas y diseñar estrategias más sutiles contra los periodistas
Moisés Naím
Philip Bennett
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27 de febrero de 2015  

WASHINGTON.- Dos convicciones se asentaron en el pensamiento contemporáneo sobre el periodismo. Una es que Internet es la fuerza que más convulsiona los medios. Otra, que las herramientas que generó, como Twitter, desplazan el poder desde los gobiernos a la sociedad civil y los "periodistas ciudadanos". Es difícil no estar de acuerdo. Sin embargo, estas afirmaciones esconden el hecho de que los gobiernos tienen el mismo éxito que Internet a la hora de irrumpir en los medios y condicionar la información que llega a la sociedad.

Es más, en muchos países pobres o en los que tienen regímenes autocráticos las acciones gubernamentales pesan más que Internet a la hora de definir cómo y quién produce y consume la información. Hay un hecho sorprendente que lo ilustra: la censura está en pleno apogeo en la era de la información. En teoría, las nuevas tecnologías hacen que a los gobiernos les sea más difícil, y en última instancia imposible, controlar el flujo de la información. Algunos sostuvieron que el nacimiento de Internet presagiaba la muerte de la censura. En 1993, John Gilmore, un pionero de Internet, decía a Time: "La Red interpreta la censura como un obstáculo que debe evitar y evadir".

Hoy, muchos gobiernos aprendieron a esquivar los efectos liberadores que tiene Internet. En Hungría, Ecuador o Turquía, las autoridades emulan a autocracias como Rusia, Irán o China al censurar noticias críticas y crear sus propias empresas estatales de comunicación. También diseñan herramientas más sutiles para atacar a los periodistas.

De esta forma, la esperanza de que Internet permitiría la proliferación de fuentes de información independientes y diversas se hizo realidad sólo para una parte minoritaria de la humanidad: la que vive en democracias consolidadas.

Internet es capaz de reformular cualquier ecuación de poder en la que la información sea una variable.
Internet es capaz de reformular cualquier ecuación de poder en la que la información sea una variable. Pero esto no es una ley universal. Lo más sorprendente es la magnitud de la censura que no se ve. Primero, algunas herramientas de control de los medios se enmascaran como perturbaciones del mercado. Segundo, en muchos lugares el uso de Internet y la censura se extienden rápidamente de forma simultánea. Tercero, aunque Internet es un fenómeno mundial, la censura se percibe todavía como un problema local o nacional. Las pruebas indican otra cosa.

En Venezuela, por ejemplo, entran en juego estos tres factores. El uso de Internet crece a gran velocidad, a pesar del ambicioso programa de censura aplicado desde el gobierno. Algunos de sus métodos permanecen ocultos, y salieron a la luz en otros países. Uno de ellos consiste en hacerse con el control de medios independientes a través de empresas fantasma y falsos compradores.

Según Tamoa Calzadilla, que hasta el año pasado era directora de investigación de Últimas Noticias, el diario con más circulación de Venezuela, ni en Europa ni en Estados Unidos se hacen idea de la cantidad y variedad de presiones que sufren los periodistas de su país.

Calzadilla renunció en señal de protesta después de que unos compradores anónimos se hiciesen con el control del diario y el nuevo director exigiese unos cambios injustificados en un reportaje de investigación sobre las protestas contra el gobierno.

Para las dictaduras, la censura abría la puerta a cierres de medios y persecución de los periodistas rebeldes, que podían terminar en el exilio, la cárcel o muertos.

"Ésta no es la censura de toda la vida, donde te ponen a un soldado en la puerta del periódico y agreden a los reporteros", dijo Calzadilla. "En vez de eso, compran el diario, querellan a los periodistas y los llevan a juicio, escuchan a escondidas sus conversaciones y las emiten por la televisión estatal. Es la censura del siglo XXI."

La nueva censura cuenta con muchos profesionales y con métodos cada vez más refinados.

En Hungría, la Autoridad de Medios de Comunicación tiene la potestad de recoger información detallada sobre los periodistas, la publicidad y los contenidos editoriales. El régimen del premier Viktor Orban recurre a multas, impuestos y la concesión de licencias para presionar a medios críticos, y destina la publicidad estatal hacia los que simpatizan con el gobierno.

En Turquía, la legislación relativa a Internet confiere autoridad a la Dirección de Telecomunicaciones para eliminar cualquier sitio web "a fin de salvaguardar la seguridad nacional y el orden público, así como para evitar un crimen". El presidente Recep Tayyip Erdogan fue criticado por encarcelar a docenas de periodistas y usar investigaciones tributarias y multas como represalias por coberturas informativas críticas.

En Rusia, el presidente Vladimir Putin está reconfigurando el paisaje mediático a imagen y semejanza del Kremlin. En 2014, varios medios fueron cerrados o cambiaron de línea editorial de un día para otro en respuesta a la presión gubernamental. Y al mismo tiempo que lanzaba sus propios canales informativos, el gobierno ruso aprobaba una ley que limitaba la inversión extranjera en medios rusos.

A principios de la década del 90, el periodismo llegó a Internet, y la censura lo siguió. Los filtros, los bloqueos y los ciberataques sustituyeron a las tijeras y la tinta negra.

Tradicionalmente, la censura ha sido un ejercicio de copiar y pegar. Los funcionarios del gobierno inspeccionaban el contenido de los diarios, las revistas, los libros o los noticieros, y lo suprimían o alteraban de modo que sólo la información considerada aceptable llegase a la población. Para las dictaduras, la censura abría la puerta a cierres de medios y persecución de los periodistas rebeldes, que podían terminar en el exilio, la cárcel o muertos.

A principios de la década del 90, el periodismo llegó a Internet, y la censura lo siguió. Los filtros, los bloqueos y los ciberataques sustituyeron a las tijeras y la tinta negra. Algunos gobiernos prohibieron el acceso a páginas web que no les gustaban y redirigieron a los usuarios a sitios que parecían independientes, pero que, en realidad, estaban bajo su control. Y encargaron a piratas informáticos que destruyeran webs y blogs, y obstaculizaran la presencia en Internet de quienes los criticaban en las redes sociales, como Facebook o Twitter.

Los activistas diestros en tecnología encontraron pronto formas de eludir la censura digital. Durante algún tiempo, dio la impresión de que estaban ganando la batalla a burocracias gubernamentales centralizadas, jerárquicas y lentas. Pero los gobiernos aprendieron rápido, sobre todo los más autoritarios. Muchos se convirtieron en expertos en monitorear contenidos, controlar a periodistas y dirigir el flujo de la información.

China es el país donde se ponen de manifiesto con mayor intensidad las contradicciones que generó la Red. El país con más usuarios de Internet es también el mayor censor del mundo. De los 3000 millones de internautas del mundo, el 22% vive en China (en Estados Unidos, casi el 10%).

Pekín creó lo que llama el "Gran Cortafuegos" para bloquear contenidos, incluidas las páginas de información extranjeras. Se calcula que dos millones de censores controlan Internet. Sin embargo, el 76% de los chinos afirman sentirse libres de la vigilancia gubernamental, según una encuesta citada por la BBC. Es el porcentaje más alto de los 17 países estudiados.

El motivo es que las autoridades chinas idean sistemas de censura más sutiles y difíciles de detectar por los ciudadanos. En Hong Kong, donde Pekín debe respetar la libertad de prensa por ley, forzaron el despido de redactores y columnistas críticos, promovieron la retirada de publicidad estatal y privada, y llevaron a cabo ciberataques.

China es el país donde se ponen de manifiesto con mayor intensidad las contradicciones que generó la Red. El país con más usuarios de Internet es también el mayor censor del mundo.

Las acciones de China ponen de manifiesto las nuevas opciones que tiene la censura: puede ser directa y visible, o indirecta y sigilosa. La censura furtiva puede conllevar la creación de entidades que parecen empresas privadas u ONG que se presentan como miembros "de la sociedad civil", pero que están controladas por el poder político. La censura furtiva atrae a los gobiernos autoritarios que quieren parecer democráticos (o, al menos, no ser vistos como dictaduras a la vieja usanza).

Tensión

En los regímenes seudodemocráticos, el modo en que un gobierno ejerce la censura suele reflejar la tensión entre la proyección de una imagen democrática y la supresión implacable de la disensión. Venezuela es un buen ejemplo. Este país de 33 millones de habitantes se convirtió en un laboratorio de distintas formas de control de la información. El modelo venezolano ofrece ingredientes sustanciosos: medios independientes valientes y batalladores, un establishment de la prensa que sirve a las elites, una revolución socialista que dice construir una democracia popular y una ciudadanía polarizada que es testigo de una guerra informativa casi permanente.

A medida que se agravó la crisis política y económica, el Estado y sus aliados parecen haber desenfundado una nueva arma: silenciar la información crítica mediante la adquisición secreta de algunas de las empresas privadas de comunicación más molestas para el chavismo. Por ejemplo, los diarios Últimas Noticias y El Universal. Pero con el tiempo, estas ventas se perfilan no como una consecuencia de las perturbaciones del mercado, sino como una intromisión política a través de compradores afines al gobierno, dinero turbio y una red de empresas extranjeras, algunas de las cuales fueron creadas con el fin de ocultar la identidad de los nuevos propietarios.

Las estrategias legales empleadas en estas adquisiciones hacen que sea difícil seguirles la pista. No hay ninguna prueba que las conecte de forma directa con fondos gubernamentales. Pero las enormes irregularidades en las operaciones y los cambios posteriores en la línea editorial convencieron a los periodistas de que estos medios perdieron su independencia.

Los nuevos directores de Últimas Noticias dijeron que las normas de calidad del diario no cambiarían. Pero, luego de unas semanas, según relatan los periodistas, les pidieron que suavizaran los artículos críticos con el gobierno o los presionaron para que no los escribieran, acusación que el director negó. Desde la compra, más de 50 redactores renunciaron.

Las filtraciones de Edward Snowden dejaron en claro que Internet es una herramienta con la que cualquier gobierno puede husmear en las vidas de los ciudadanos, incluidos los periodistas

Los periodistas y directivos de los medios de Venezuela están acostumbrados a que las autoridades los traten con dureza. Hugo Chávez y Nicolás Maduro atacaron a medios privados por apoyar a la oposición y los acusaron de desestabilización. El gobierno aprobó leyes que limitan la libertad de prensa, restringió el acceso a la información pública, impuso multas y cargas tributarias a las empresas de comunicación, negó licencias, obligó a retirar programas y usó el control de divisas para provocar escasez de papel prensa, que es importado. Por lo menos, una docena de diarios cerraron por falta de suministros.

El Estado tiene un largo historial de acosos, detenciones y palizas a periodistas, que además están expuestos a continuas demandas por difamación. Los reporteros saben que corren un gran riesgo si escriben sobre la corrupción o la escasez de productos básicos. En un sondeo hecho por el Instituto de Prensa y Sociedad, el 42% de los periodistas afirmó haber sido presionado por funcionarios. La represión directa contra los medios le salió cara al gobierno: desató protestas en el país y condenas internacionales. Y nunca funcionó durante mucho tiempo.

En la primera mitad de 2014, con los violentos enfrentamientos entre los manifestantes y la policía, el gobierno cerró NTN24, un canal de cable internacional que cubría la información. Bloqueó todas las imágenes en Twitter; hubo periodistas, fotógrafos y camarógrafos detenidos y golpeados. Particularmente sorprendente fue la débil cobertura en Globovisión, un canal de noticias de 24 horas. Unos meses antes había sido adquirido por una aseguradora supuestamente cercana al gobierno de Maduro. Había sido la última cadena de televisión crítica con el gobierno.

Las filtraciones de Edward Snowden dejaron en claro que Internet es una herramienta con la que cualquier gobierno puede husmear en las vidas de los ciudadanos, incluidos los periodistas. Es cuestionable que el espionaje de Estados Unidos o Gran Bretaña en sus territorios se pueda considerar censura. Pero las autorizaciones del gobierno de Barack Obama para pinchar los teléfonos de periodistas y la persecución judicial de las filtraciones tuvieron un efecto intimidatorio muy bien documentado en la información sobre seguridad nacional. Que un Estado lleve a cabo rastreos electrónicos hace que ningún periodista que informe sobre asuntos secretos pueda, en conciencia, garantizar el anonimato a sus fuentes.

El Foro de Periodismo Argentino difundió el jueves 26 de febrero el Monitoreo de Libertad de Expresión correspondiente a 2014. Allí se registran los ataques registrados contra periodistas y el análisis de los hechos denunciados.

Normas

Estas políticas de seguridad nacional sitúan a Estados Unidos y otras democracias consolidadas en el mismo debate que a aquellos países, como Rusia, que ven Internet como una amenaza y una herramienta de control. La mayoría de estos países no intentaron esconderse ante las acusaciones de que usan Internet para llevar a cabo operaciones de vigilancia. En cambio, Rusia, la India, Australia y otros aprobaron normas sobre seguridad que convierten esa práctica en ley.

Los periodistas temen, con razón, verse encerrados en esta trampa electrónica. Con frecuencia, son su objetivo. China pirateó las cuentas de correo electrónico de periodistas extranjeros, se supone que para rastrear sus fuentes e introducirse en los servidores de diarios norteamericanos. La NSA de Estados Unidos penetró en la red de Al-Jazeera. El gobierno colombiano espió las comunicaciones de periodistas extranjeros que cubrían las conversaciones de paz con las FARC.

"El uso de Facebook y otras plataformas por parte de los gobiernos para desmantelar redes políticas se convirtió en una práctica habitual", escribió Joel Simon, director ejecutivo del Comité para la Protección de los Periodistas, que describió las siniestras consecuencias de la vigilancia en su último libro, The New Censorship ( La nueva censura).

Internet puede redistribuir el poder. Pero resulta ingenuo suponer que existe una solución tecnológica sencilla para aquellos gobiernos y dirigentes que están decididos a concentrar el poder y dispuestos a hacer lo que sea por conservarlo.

En Rusia y el resto del mundo se repite un patrón: el Estado presiona a los medios independientes para que migren a Internet, donde deben reconstruir su público y donde el gobierno es un poderoso arrendatario, o incluso terrateniente. Si los medios independientes se vuelven demasiado grandes, como el sitio de noticias ruso Lenta.ru, puede pasar que sus directores sean despedidos de repente, la línea editorial cambie y el portal caiga.

Las presiones sobre los gobiernos para que sean transparentes, den acceso a la información pública y favorezcan la participación de la opinión pública no desaparecerán. Los Estados autocráticos se enfrentan a ciudadanos más conscientes e inquietos desde el punto de vista político, y más difíciles de silenciar. Ucrania demostró que una población harta puede derrocar a un presidente autócrata, aunque éste cuente con el apoyo de Rusia. En Hong Kong, un grupo de activistas sin líderes plantó cara al inmenso poder de China.

Pero los Estados siguen teniendo una extraordinaria capacidad para alterar el flujo de la información y adaptarlo a sus intereses. Desde Rusia hasta Bolivia, pasando por Turquía y Hungría, los gobernantes colocan a sus partidarios en los tribunales, y debilitan unas instituciones cuya razón de ser es evitar la concentración del poder. En ese contexto político, los medios independientes no pueden sobrevivir mucho tiempo.

Internet puede redistribuir el poder. Pero resulta ingenuo suponer que existe una solución tecnológica sencilla para aquellos gobiernos y dirigentes que están decididos a concentrar el poder y dispuestos a hacer lo que sea por conservarlo.

La censura crecerá y disminuirá a medida que la innovación tecnológica y el deseo de libertad choquen contra unos gobiernos empeñados en controlar a sus ciudadanos, empezando por lo que leen, ven y escuchan.

La situación en América latina, según el ranking

169°

Cuba

De la clasificación de 180 países elaborada por Reporteros Sin Fronteras (RSF), la isla ocupa el peor puesto de América latina

148°

México

Según el informe de RSF, el año pasado fue el país del hemisferio occidental más mortífero para los periodistas

137°

Venezuela

Los 21 puestos que cayó respecto al año anterior representa una de las mayores degradaciones; según RSF, "2014 fue un año negro" para la libertad de prensa en Venezuela

128°

Colombia

En este país, "el respeto a la libertad de información sigue empeorando y trabajar como periodista aún es muy peligroso", según RSF

108°

Ecuador

Detrás de Venezuela, es el país de la región que más puestos bajó en la clasificación sobre libertad de prensa (13)

57°

Argentina

El trabajo de los periodistas choca con frecuencia con la polarización entre medios pro y antigubernamentales, un fenómeno que avanza en la Argentina, Ecuador y Venezuela, destacó RSF

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