Ciegos al descontento, los Hermanos Musulmanes atraviesan su peor crisis

Incluso con las horas contadas, se negaron a reconocer las demandas populares y denunciaron una conspiración
D. Kirkpatrick y K. Fahim
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4 de julio de 2013  

EL CAIRO.- Los Hermanos Musulmanes, una de las fuerzas más poderosas de Egipto, atraviesan la peor crisis de sus 80 años de historia.

Sus miembros fueron abatidos a tiros en las calles, su nueva sede central fue arrasada e incendiada, y su líder político, el presidente Mohammed Morsi, fue derrocado por sus viejos enemigos y sus recientes aliados.

Es una brusca caída para un grupo islamista prominente de la región, y especialmente sorprendente para un grupo que ganó las elecciones hace apenas un año. Las voces críticas dicen que los Hermanos están atascados en antiguas divisiones que enfrentan a los islamistas con los militares, y que no lograron encauzar las demandas de los ciudadanos.

"Pienso que es una crisis existencial, mucho más seria de lo que tuvieron que soportar con Nasser o Mubarak", dijo Khaled Fahmy, historiador de la Universidad Norteamericana de El Cairo, en referencia a Gamal Abdel Nasser y Hosni Mubarak, el autócrata depuesto en 2011.

"Cada vez son más los egipcios que dicen que no se trata de islam versus secularismo", dice Fahmy. "Se trata de Egipto contra un grupo cerrado."

Pese a la presión de los últimos días, Morsi se negó a dar un paso al costado. Los seguidores de los Hermanos salieron a pelear a sangre y fuego en las calles, convencidos de que les están arrebatando injustamente algunas victorias alcanzadas con gran esfuerzo. Los militantes marcharon por las calles con mortajas y un alto dirigente instó a los miembros a "buscar el martirio" en la batalla contra "el golpe militar".

El país que heredaron Morsi y los Hermanos estaba en un estado de caos político y económico que habría amenazado a cualquier gobierno bien establecido, pero muchas veces ellos mismos se convirtieron en sus peores enemigos. Mientras el reloj seguía corriendo y se acercaba el final del ultimátum militar, el gobierno seguía negándose a reconocer el profundo descontento popular. Sólo veían una conspiración.

Durante décadas, los Hermanos fueron perseguidos por los autócratas, sus miembros fueron encarcelados y su organización fue proscripta. Pero esos años de clandestinidad no los prepararon para el Egipto que surgió de los dolores de la revolución. Mientras sus líderes se ocupaban de ser más hábiles que los militares y afirmar su propio poder, según los críticos, los Hermanos perdieron de vista su propio rol en las revueltas que consagraron a un nuevo poder: el pueblo. A los líderes del movimiento se los vio cada vez más aislados, desafiantes y belicosos.

La fijación de los Hermanos Musulmanes con los militares quedó clara a las pocas semanas del derrocamiento de Mubarak. Dijeron que no se apresurarían a tomar el poder -prometían no presentar candidato a las elecciones presidenciales-, para no atemorizar a "la institución militar, al aparato de seguridad y a las potencias internacionales".

Si los Hermanos buscaban llegar a la presidencia, dijo Khairat el-Shater, su líder de entonces, "se repetiría el escenario de Argelia", donde los militares combatieron a los islamistas en una guerra civil que duró 10 años.

Siguiendo con esa filosofía, el movimiento proporcionó la fuerza electoral necesaria para aprobar un referéndum conducido por los militares, que permitió que los generales regularan la transición. Los Hermanos se abstuvieron de realizar protestas violentas contra el gobierno militar, pues no querían darles una excusa para reprimir. Incluso cuando los militares disolvieron el Parlamento conducido por los islamistas, hace unos meses, los líderes de la Hermandad retrocedieron rápidamente.

Pero cuando los generales dieron señales de querer permitir que los Hermanos Musulmanes compitiesen por el poder, El-Shater condujo al movimiento en su carrera por capitalizar la oportunidad. Rompió su promesa de no buscar la mayoría parlamentaria, y luego su promesa de no presentar un candidato presidencial. En un principio, hasta fue nominado, y sólo eligieron a Morsi después de que El-Shater fuera inhabilitado por su pasado en prisión.

Durante el proceso, los Hermanos fueron cumpliendo algunas de las advertencias del propio El-Shater, sobre el potencial efecto rebote que podría producirse si intentaban monopolizar el poder. Después de que Morsi persuadiera a los militares de que le entregaran plenos poderes, en agosto pasado, él y sus aliados actuaron cada vez más como si su estrecho margen de victoria electoral fuese un mandato para aplastar a la oposición civil. Esa posición fue todavía más evidente cuando Morsi emitió un decreto presidencial para anular la autoridad de las cortes hasta la aprobación de una nueva Constitución.

Los Hermanos luego se apresuraron a convocar a un referéndum sobre un borrador redactado por una conferencia dominada por los islamistas, lo que desató la ola de protestas que alcanzaron su punto culminante esta semana. La intransigencia de los opositores terminó de profundizar el aislamiento de los Hermanos Musulmanes.

El ejército, otra vez "salvadores"

En las protestas de 2011, los egipcios celebraron cuando las fuerzas armadas decidieron involucrarse en la crisis y forzar la salida del presidente Hosni Mubarak. El poder quedó entonces en manos del poderoso Ejército, durante la transición hacia un poder civil electo, el de Mohammed Morsi.

Más de dos años después, en 2013, la escena se repitió: los egipcios festejaron, primero, el ultimátum impuesto por el Ejército a Morsi para que "atendiera las reivindicaciones del pueblo". Y luego, una vez derrocado el presidente egipcio, festejaron junto a los militares el fin del gobierno islamista.

Ayer y hoy

  • Crédito: AFP y AP
    Las postales de la revuelta de 2011 se repitieron ayer en El Cairo
  • Traducción de Jaime Arrambide

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