Cierran una playa de Florida por la ola de ataques de tiburones

Prohibieron bañarse en Daytona Beach
Prohibieron bañarse en Daytona Beach
Javier Navia
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24 de agosto de 2001  

Si está por salir de vacaciones y su destino es la Florida tome recaudos: no se le ocurra entrar al mar con joyas, no nade jamás en aguas turbias y preferiblemente no vista trajes de baño amarillos. En las cálidas y transparentes aguas un enemigo está al acecho y usted puede ser su próxima víctima.

Tales advertencias están atormentando a millones de veraneantes y residentes del soleado Estado norteamericano -visitado anualmente por miles de argentinos-, que temen convertirse en protagonistas de una pesadilla que hasta ahora sólo habían visto con morbosa fascinación en el cine: un ataque de tiburón.

El temor puede ser exagerado, pero lo cierto es que casi a diario se denuncia un nuevo incidente con escualos y las autoridades de Florida tomaron ayer la más drástica decisión desde el comienzo de una ola de ataques que este año ya ha dejado 30 víctimas.

Luego de que un tiburón mordió anteayer en el pie a Lowell Lutz, un surfista de 17 años, el gobierno estatal ordenó el cierre de una playa cercana a Daytona Beach, donde en los últimos cinco días fueron atacadas ocho personas. Otros ataques, y sin que los expertos puedan explicarlos del todo, se han venido registrando en otras áreas del Estado tan alejadas como las playas del golfo de México o las aguas de Miami-Dade.

El más dramático de los ataques fue el sufrido el 6 de julio último por Jessie Arbogast, un niño de ocho años que se bañaba en las aguas poco profundas de Pensacola, famosas como coto de caza del tiburón toro.

Un escualo arrancó un brazo a Jessie, quien cayó en un coma profundo del que aún se recupera, y su miembro sólo pudo ser reimplantado una vez que el tiburón fue atrapado, muerto y abierto para extraerle el brazo de sus fauces.

El ataque desató una ola de temor que ha ido en aumento y que ha llevado a la revista Time a hablar de "El verano de los tiburones" y a dedicarle al tema la tapa de una de sus ediciones del mes pasado. No es para menos. Por alguna extraña razón, los ataques han registrado un dramático aumento en los últimos años. En 2000, por ejemplo, se denunciaron 79 ataques no provocados, el número más alto desde que se lleva registro. En 1999 los ataques fueron 58; en 1988, sólo tres.

Dos terceras partes de los ataques se producen en Estados Unidos, incluyendo la costa este, California y Hawai, aunque los más peligrosos siguen siendo los sufridos por los surfistas en Australia, donde toparse con un tiburón es una experiencia cotidiana.

Tácticas de ataque

El más común de los ataques de tiburón se conoce como de "ataque y huida". Por lo general, el escualo confunde a una persona con alguna clase de pez, la muerde y al advertir que se ha equivocado de presa emprende la huida, dejando en la piel de su víctima la marca de su mandíbula, una herida que puede medir hasta un metro.

Más peligroso es el ataque de "encuentro y mordedura". El tiburón se acerca al bañista para evaluar su tamaño, y si decide que vale la pena, lo ataca reiteradamente amputando casi siempre un miembro.

El peor de todos es el "acecho y ataque". Es cuando el tiburón evalúa a su presa, la considera adecuada y la ataca. Puede ser mortal, y generalmente las víctimas, por su tamaño, son niños.

Pero pese a la reciente ola de ataques, ser víctima de un tiburón sigue siendo 30 veces menos probable que ser alcanzado por un rayo; además, según investigadores australianos, más gente muere víctima de árboles navideños defectuosos que en las fauces de un tiburón. Aunque nuestros temores primarios -y las películas de Spielberg- nos hagan pensar lo contrario.

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