Nueva York, la ciudad que Irene volvió fantasmal

Gail Scriven
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28 de agosto de 2011  

NUEVA YORK.– Un silencio casi ominoso se instaló anoche sobre esta ciudad, ahora fantasmagórica, que no termina de creer que justo en estos días, cuando se disponía a conmemorar el décimo aniversario de aquel horror que transformó para siempre a todo el país, corre el riesgo de volver a quedar de rodillas. Y mucho menos por la furia de la naturaleza, por un huracán tan devastador que el propio Barack Obama advirtió que podría ser histórico.

Después de un día gris y lluvioso, con una intensa neblina que cubrió toda la ciudad, el fantasma del Katrina sobrevolaba ayer Manhattan, donde desde temprano empezaron a aparecer los primeros sacos de arena en algunas zonas del distrito financiero, e, incluso, en Union Square y Times Square. La Guardia Nacional fue desplegada en el bajo Manhattan, donde los habitantes se apresuraban a seguir la orden de evacuación, arrastrando sus valijas y bolsos por las calles semidesiertas.

Entre incrédula y temerosa, la gente se preguntaba si la ciudad está preparada para resistir, si la Gran Manzana se convertiría en otra Nueva Orleáns. O si todo es una gran exageración, un trastorno inútil.

Por primera vez en la historia de Nueva York, todo el sistema de transportes y subterráneos, el más grande del mundo, fue paralizado, lo que cambió dramáticamente el aspecto de la ciudad. Los eventos deportivos fueron suspendidos, y los teatros y restaurantes cerraron sus puertas.

Desde el emblemático Macy's hasta los locales de Gap, Old Navy y Toys "R" US, todos tenían el mismo cartel blanco en la puerta: "Cerrado por el huracán". Algunos estaban completamente tapiados, como Planet Hollywood y Aéropostale. Así, la ciudad que nunca duerme cobró, en sólo horas, un aspecto fantasmal.

Los puentes y túneles de la isla fueron cerrados, al igual que los cinco aeropuertos de la zona, lo que dejó casi aislado a Manhattan, con la claustrofóbica sensación de inevitabilidad ante la pesadilla que se aproxima. Una pesadilla que, para muchos, trae a la memoria algunas de las tantas películas catástrofe que tienen como protagonista a esta ciudad.

La decisión oficial de tomar medidas tan extremas dejó perplejos a los neoyorquinos, que se preguntaban, entre irritados y temerosos, cómo harían para movilizarse si los pronósticos más alarmantes se volvían realidad. ¿Dónde irían los millones de personas que viven en este monstruo de concreto? ¿Cómo se movilizarían en una ciudad donde siete millones de personas recurren diariamente al sistema de transportes? Un desafío logístico de proporciones bíblicas.

En una decisión sin precedente, el alcalde de la ciudad, Michael Bloomberg, ordenó la evacuación obligatoria de unas 370.000 personas en Brooklyn, Queens y la ahora célebre Zona A, la más baja y propensa a inundarse, que incluye desde Staten Island, Battery Park City y zonas del distrito financiero, donde el New York Stock Exchange acumulaba generadores para evitar que un eventual colapso del tendido eléctrico afecte la apertura de los mercados, mañana.

La típica postal del bajo Manhattan, repleto de turistas sacándose fotos junto al emblemático toro, se desvaneció de la noche a la mañana. Lo mismo que los frenéticos trabajos en Ground Zero para terminar a tiempo el Memorial, que se inaugurará el 11 de septiembre próximo.

En el resto de la ciudad, los que sí se aventuraron a salir ayer por la tarde aprovechaban para pasear sus mascotas y terminar de acumular provisiones. Los supermercados seguían abarrotados, con largas colas para comprar pilas, linternas, velas, agua y comida. "Esto es peor que Thanksgiving", se quejaba la cajera del Westside Market de la Séptima Avenida, mientras observaba con inocultable malhumor la larga fila de clientes que serpenteaba el local.

Mientras tanto, los miles de turistas con la mala fortuna de haber llegado a la ciudad en este fin de semana tan atípico posaban, resignados, en el lobby del Empire State, cerrado hasta nuevo aviso.

Instrucciones

En la mayoría de los hoteles y edificios los porteros habían colocado ya anteayer en todos los pisos las instrucciones y recomendaciones sobre cómo prepararse. Tener listo un bolso, acopiar agua y comida enlatada, linternas, velas y una radio portátil. Todo un manual de supervivencia para enfrentar el potencialmente devastador impacto del fenómeno climático que gran parte de los neoyorquinos creían reservado al Golfo de México o las playas con palmeras de la Florida. Pero no acá. No en este gigante de concreto y brillantes rascacielos, que sólo vio cuatro huracanes de esta magnitud en los últimos 200 años.

Las radios y los canales de televisión, que cubrieron en vivo las 24 horas y con títulos catástrofe todas las novedades de la llegada del temido Irene, convocaban a expertos de todas las especialidades para intentar explicar cuáles eran los verdaderos riesgos, analizar la forma en la que los vientos podrían surcar entre los edificios, ganando fuerza a su camino, y para alertar sobre el peligro de la suba de las aguas en Brooklyn, Queens y en el subterráneo y los desagües.

En una ciudad donde la mayoría de la gente vive en rascacielos, las autoridades advertían a los que estuviesen más arriba del décimo piso que intentaran quedarse más abajo.

Los típicos balcones y terrazas de la zona de Chelsea ya mostraban ayer un leve anticipo de lo que podría venir, con macetas volcadas y persianas cerradas. Pero el gran peligro, coincidían todos, no era tanto los vientos fuertes, sino el riesgo de cortes de agua y luz, en una ciudad más que propensa a este tipo de trastornos. Y, fundamentalmente, el colapso de las líneas de telefonía celular, tal como sucedió hace apenas unos días, cuando, en un extraño anticipo, la ciudad se sacudió a causa del mayor terremoto en años.

"Esta ciudad ya sobrevivió al peor ataque terrorista en la historia del país, y puede soportar mucho más."

Eso decía ayer, con tono desafiante, Mario, uno de los encargados de un edificio de departamentos en la calle 16, en la esquina de la Séptima Avenida. Para él, como para muchos otros, todas las medidas de alerta son pura sobreactuación, un claro intento de las autoridades de evitar las críticas que causó la falta de preparación para la dramática nevada que colapsó la ciudad en diciembre pasado.

Pero no todos están convencidos. Por las dudas, la ciudad se aprestaba. Y Nueva York empezaba a apagarse lentamente, preparándose, con temor, para una larga noche.

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