Un nuevo desvelo para Europa: el "Chávez húngaro"

Luisa Corradini
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22 de enero de 2012  

PARIS.- El mundo occidental mira cada vez con más consternación a Viktor Orbán, el primer ministro húngaro, una suerte de Hugo Chávez de derecha, que en menos de 18 meses ha conseguido llevar a su país al borde de la bancarrota y de la dictadura.

Ya son pocos los que dicen "Hungría". "Orbanistán", "orbania", "democratura", archipiélago del gulash"? son algunos de los apelativos que aparecen en las calles de su país y en la prensa internacional para designar esa máquina de producir leyes que violan normas europeas en materia de libertades públicas y políticas, y crean estructuras propias de un régimen autoritario con fuerte acento populista y nacionalista.

Difícil creer que en sólo dos décadas, ese iconoclasta se haya transformado, a los 48 años, en el primer ministro más autoritario de la Unión Europea (UE), a tal punto de que el bloque se vio obligado a iniciar tres procedimientos de infracción en su contra.

Esta semana Orban se invitó inesperadamente al Parlamento Europeo para defender su posición, pero terminó prometiendo reformar las leyes cuestionadas por Europa.

En dos decenios, la silueta de ese ex futbolista semiprofesional se desdibujó, el pelo largo y las camisas de flores fueron reemplazados por trajes más acordes a la función de jefe de gobierno. Pero, lo peor, es que el anticomunista liberal y libertario se transformó en un conservador ultranacionalista.

Después de haber dirigido a Hungría entre 1998 y 2002, Orbán regresó al poder en mayo de 2010. Desde entonces gobierna su país con enorme poder gracias a la posición dominante de su partido que, con 54% de votos, obtuvo dos tercios de bancas en el Parlamento.

Aliado a la extrema derecha, y con total desprecio de la oposición y de las prácticas democráticas, Orbán practica una política que consiste en someter a todos los contrapoderes del país: medios de comunicación, justicia, banco central.

Su objetivo, cual un Chávez magiar, es, naturalmente, perpetuarse en el poder volviendo prácticamente imposible la alternancia política. Su misión es entrar en la historia como un personaje grandioso que modeló como nadie el destino de su país. Orbán está convencido de que sólo él es capaz de encarnar a la verdadera Hungría. Una Hungría grande. La última etapa de ese derrotero que bien puede llamarse deriva fue la entrada en vigor, el 1° de enero, de una serie de enmiendas a la Constitución juzgadas suficientemente graves como para sacar a las calles a decenas de miles de húngaros indignados y obligar a la Comisión Europea a apoyar oficialmente a la oposición.

Esa reforma oficializa el carácter nacionalista y derechista del Estado húngaro. En ese marco, la República de Hungría se llamará solo "Hungría". En ese país aún mortificado por el Tratado de Trianón de 1920 que lo privó de cerca de dos tercios de su territorio, el nuevo nombre responde a las reivindicaciones de los nostálgicos revanchistas.

Una invocación específicamente religiosa en el preámbulo de la Carta Magna (?Dios bendiga a los húngaros") provocó la indignación de los defensores del laicismo europeo. Ese texto también declara la inviolabilidad del forint (la moneda local), define como "intocable" la persona del primer ministro, prohíbe el aborto y describe explícitamente el matrimonio como "la unión entre un hombre y una mujer", a fin de impedir todo debate sobre los casamientos homosexuales.

La nueva Constitución instauró una reforma del Banco Central que le hizo perder su independencia, en contradicción radical con los principios de la UE, esa reforma contribuyó a hacer desmoronar la moneda nacional y, en consecuencia, agravar la deuda del país.

A pesar de haber proclamado la "inviolabilidad" del forint, la moneda se devaluó de facto y la economía está sumergida en un estado catastrófico. El país, que era uno de los más prósperos de la nueva Europa, necesita entre 15.000 y 20.000 millones de euros para evitar el default.

Con 10,7% de desempleo y una inflación del 4,3%, Orbán solo ha logrado que los inversores huyan espantados, la UE lo amenace con graves sanciones y el Fondo Monetario Internacional (FMI) se niegue a prestar el dinero que necesita. Para todos, el problema es precisamente Orbán.

De todos modos ayer, unos 100.000 simpatizantes del gobierno marcharon hacia el Parlamento en Budapest para apoyar a Orbán "de las críticas injustas de la UE".

En momentos en que el mundo occidental mira consternado la forma en que el primer ministro de Hungría intenta gobernar su país, el escritor británico de origen húngaro Tibor Fischer evocó hace unos días una peripecia ocurrida en el tumultuoso año de 1989: joven militante del Fidesz, Viktor Orban regresaba una noche a Budapest después de un acto político al volante de su Lada, el auto más popular de su país en esa época de ocupación soviética. Fischer iba de acompañante. De pronto, en medio de la ruta, apareció un militar ruso agitando una linterna. En lugar de reducir la velocidad, Orbán aceleró, y Fischer vio con estupor cómo el soldado desaparecía en las malezas al borde del camino.

-¿Qué pasó? -se alarmó.

-Supongo que sólo quería dinero para comprarse vodka -contestó Orbán alzando los hombros.

Para Fischer esa actitud describe el personaje a la perfección: "¡La idea de detenerse ni siquiera le pasó por la cabeza! Ahora gobierna como antes manejaba".

Perfil

Viktor Orban

Primer ministro de Hungría

Profesión : abogado

Edad : 48 años

Origen : húngaro

Después de haber dirigido Hungría entre 1998 y 2002, regresó al poder en mayo de 2010. Desde entonces, gobierna con total desprecio de la oposición y de las prácticas democráticas. Es comparado con Chávez porque su objetivo es perpetuarse en el poder.

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