Corea del Norte, un país que hoy parece congelado en el tiempo

Prácticamente no hay tráfico por la falta de combustible; la economía se desplomó
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5 de mayo de 2003  

PYONGYANG.- Esta capital de dos millones de habitantes parece normal a primera vista. Las carreteras son amplias y limpias. El tráfico es ordenado. La gente se ve bien vestida y bien alimentada.

Pero quien permanece allí durante algún tiempo empieza a comprender que las cosas no son lo que parecen. En primer lugar, prácticamente no hay tráfico. Eso se debe a que el país casi no tiene combustible. Cuando la noche cae las calles son oscuras y los edificios de departamentos en su mayor parte no tienen luces.

Los repuestos para casi todo son muy difíciles de encontrar. La mayoría de las fábricas ha cerrado sus puertas y pocas chimeneas emiten humo. Los caminos se construyen a mano, no con máquinas. Las vías del ferrocarril son tan viejas que un viaje de 160 kilómetros toma seis horas.

Después está la gente: los norcoreanos son de baja estatura, mucho más que los habitantes de cualquier otro país asiático. Tras dos años de una severa hambruna a mediados de la década de 1990, seguida por años de escasez de alimentos, los efectos de la desnutrición crónica son obvios.

"En Corea, todo hace falta", dice un guía de turistas norcoreano a unos visitantes extranjeros.

Es una maravilla que este país pueda hacer algo tan avanzado como enriquecer uranio para fabricar armas nucleares. No obstante, eso es lo que Corea del Norte reconoció, en octubre, que está haciendo. La admisión generó un enfrentamiento con Washington en el que hay mucho en juego.

Hasta que se resuelva de alguna forma esa confrontación, 22 millones de norcoreanos seguirán atrapados en una economía que se ha desplomado. Su volumen de comercio exterior en 2001 fue calculado en 2300 millones de dólares, menos del uno por ciento del de su vecino, Corea del Sur, y sus exportaciones son sólo una tercera parte de lo que eran después del colapso de la Unión Soviética.

Señales de apertura

Aproximadamente el 70% de su economía interna es ilegal, dice Dong Yong-seung, director del equipo norcoreano de investigación en el Instituto de Investigación Económica Samsung, en Seúl. "Si las economías de Estados Unidos o de Corea del Sur estuvieran en la misma situación se consideraría que ya se habrían desplomado", dice Dong.

El dictador Kim Jong-il desea un pacto de seguridad con Estados Unidos, convencido de que ésa es la única forma de garantizar su supervivencia política, pero en última instancia considera que tener mejores relaciones con las potencias del mundo es la única ruta para asegurar la supervivencia económica de su país.

Ser retirada de la lista de países que patrocinan el terrorismo le permitiría solicitar préstamos con intereses bajos al Banco Mundial y al Banco de Desarrollo de Asia. La normalización de sus relaciones con Japón podría derivar en préstamos y donaciones de hasta 10.000 millones de dólares. La estabilidad política podría atraer a los tan codiciados inversionistas extranjeros, y en particular los de Corea del Sur. También podría permitir al régimen desplazar sus gastos del sector militar, que ha sido la prioridad máxima del país.

Hasta que la crisis nuclear hizo erupción, el líder norcoreano había dado varios pasos orientados a abrir la economía y poner fin gradualmente a largos años de aislamiento. Estableció una nueva zona económica en la frontera con China, aprobó leyes para atraer la inversión extranjera y emprendió una campaña diplomática con países occidentales.

El gobierno de línea dura, que durante años ha proclamado su propio estilo de comunismo, tácitamente empezó a dar su anuencia al concepto capitalista de utilidades. La Hyundai Asan Corporation, de Corea del Sur, que inauguró un centro turístico en Corea del Norte hace cuatro años, durante años trató de persuadir al gobierno de que permitiera el establecimiento de un restaurante para turistas con personal local. Pero hasta este año el régimen se había rehusado, temeroso de que sus ciudadanos entraran en contacto directo con extranjeros. Ahora han comprendido que pueden cobrar 25 dólares por una comida mediocre.

El invierno pasado el gobierno también trató de recuperar el control sobre la economía y reducir el rampante mercado negro, donde la mayoría de los norcoreanos hace sus compras. Aunque tuvieron éxito en reducir la economía ilegal hasta cierto grado, los mercados negros han regresado con renovado vigor.

La inflación se ha elevado marcadamente y, como consecuencia de la crisis de la proliferación nuclear, las reformas no generaron la llegada de inversionistas extranjeros.

En realidad, no ha habido muchas inversiones en ningún sector y de ningún tipo desde el desplome del bloque soviético. Pyongyang parece una ciudad congelada en el tiempo. El paisaje urbano está dominado por una cáscara de un gigantesco hotel en forma de pirámide, que se supone iba a ser el más alto de Asia. Ha estado sin terminar desde los primeros años de la década pasada.

Además del turismo y de los envíos de dinero a sus familias por parte de norcoreanos que residen en Japón, se cree que Corea del Norte gana gran parte de sus divisas extranjeras mediante la venta de misiles, el contrabando de drogas y la falsificación.

Analistas opinan que Corea del Norte espera emular algún día al modelo chino, abriendo la economía sin resignar el férreo control político. Pero Dong cree que Pyongyang desea tomar su propia ruta. "Están cambiando, pero muy lentamente", dice Dong. "Quieren ser parte de la comunidad internacional, pero temen ser cambiados por los extranjeros."

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