Cuando el exilio es el único escape a una represión despiadada

Un adolescente de 19 años relata las vejaciones que sufrió por salir a protestar
Ramiro Pellet Lastra
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29 de junio de 2014  

Trabajaba en un restaurante italiano y estudiaba para chef. Pero, cuatro meses después de recibir una paliza de la Guardia Nacional, y en medio de un acoso policial que no tiene fin, Moisés Guánchez, ganado por el temor, la indignación y el desaliento, sólo piensa en exiliarse.

Nadie mejor que Moisés para relatar, en diálogo telefónico con LA NACION, el efecto en carne propia de la ola represiva lanzada por el gobierno venezolano desde que, en febrero, miles de personas descontentas con la gestión de Maduro salieron a la calle a expresar su malestar.

Su caso está bien documentado por Human Rights Watch, que recopiló testimonios sobre este chico de 19 años que aún no se recupera de los golpes en las costillas ni de las balas de goma en el brazo, los glúteos y la ingle que le asestaron, a quemarropa, la mañana del 5 de marzo.

Era, por así decirlo, una jornada como tantas de la castigada Venezuela modelo 2014. Afuera del Centro Comercial El Carrizal, donde trabajaba Moisés, transcurría una batalla campal entre manifestantes radicalizados, escudados en barricadas, y efectivos de la Guardia Nacional. El cruce enfurecido de balas de goma, gases lacrimógenos y bombas molotov entre los dos bandos no tenía un claro vencedor.

"Los de la Guardia Nacional de pronto nos ven a nosotros, unas 40 personas que estábamos en el estacionamiento del centro comercial. Algunos se habían asomado para mirar lo que pasaba afuera, otros sacaban fotos, nada más, y ellos empezaron a dispararnos con gases y perdigones. Después entraron en cinco motos y dispararon contra todo lo que había, niños, ancianos, mujeres embarazadas, los trabajadores, los que iban de compras", dice Moisés.

El drama recién empezaba. Lo corrieron, lo tiraron al suelo, lo zamarrearon sin piedad. Le dispararon tres veces. Era siempre el mismo individuo, un guardia que no le daba tregua. Cada vez más brutal. "Dos guardias me sujetan los brazos y me golpean a la altura de las costillas. Después me llevan ante el guardia que me había herido dos veces y me dispara en la entrepierna, a medio metro de distancia", relata Moisés. Su hablar es pausado y minucioso. Elige sus palabras con cuidado, quiere echar luz a la barbarie.

Reguero de sangre

Moisés está sangrando a raudales y lo llevan al hospital en una camioneta negra, sin patente, donde le quitan sus pocas pertenencias: el dinero de la billetera, una pulsera, un anillo, el celular. No es una requisa, es un robo a mano armada. El trayecto endemoniado concluye entre amenazas, intimidaciones y maltratos en la entrada de urgencias.

"Cuando llegan los camilleros, los guardias los rechazan y me hacen ir al trote. Yo sentía que perdía el conocimiento y veía cómo iba quedando un rastro de sangre con la huella de mis zapatos", recuerda.

Los médicos de guardia lo estabilizan y lo trasladan a cirugía, donde es sometido una operación. Dos guardias lo vigilan toda la noche. Están armados con fusiles. Moisés no sabe si es para protegerlo o para evitar que se escape.

No entiende nada, ni antes ni ahora. Sabe que son cientos los casos, como el suyo, de abusos registrados en los operativos de seguridad contra manifestantes -y testigos involuntarios- en esos primeros meses del año, meses volcánicos surcados de disparos, gases y muertes.

"Al día siguiente me vienen a leer al hospital una lista de imputaciones. Me acusaban de desacato a la ley y hostigamiento al orden público. En la mochila tenía supuestamente 19 bombas molotov, dos miguelitos, 30 metros de alambre de púa, máscaras antigás. También me querían implicar en el robo de dos motos. ¿Cómo iba a manejar las dos motos? No sé", dice Moisés y por fin se lo oye reír.

Nadie le dice cómo es posible que semejante arsenal pudiera caber en su mochila, que a esa altura parece una galera de mago, de contenido inagotable. Con esos errores de cálculo de los agentes, sumados a las declaraciones de testigos presenciales, la denuncia se desbarata en un suspiro. El fiscal del caso lo deslinda de todos los cargos esa misma tarde y ordena en cambio una investigación sobre el maltrato.

La pesadilla terminó... o tal vez no. Moisés se sometió a nuevas cirugías y está haciendo fisioterapia en un lento proceso de recuperación que, espera, no le deje secuelas. Pero se enteró que agentes de la Guardia Nacional merodean sus lugares de trabajo, ocio y estudio. Preguntan por él, dejan citaciones sin validez judicial. ¿Será para que no los denuncie en la investigación interna? Sólo ellos tienen la respuesta.

La respuesta de Moisés va por otro lado: "Casi no estoy saliendo de casa, y cuando salgo voy con tres o cuatro amigos. Estoy buscando en embajadas y en organizaciones a ver si puedo salir del país. Eso sí, voy a seguir con el sueño de ser chef".

La ONU, inquieta por los abusos

El Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos hizo pública ayer su preocupación por las denuncias de violaciones de los derechos fundamentales en las recientes marchas de protesta en Venezuela. "Nos preocupan las denuncias sobre violaciones del debido proceso y la situación de los jóvenes detenidos de una reputada organización de derechos humanos en Venezuela, las que incluyen palizas", dijo la alta comisionada Navi Pillay.

El gobierno de Nicolás Maduro respondió con dureza a la ONU, al juzgar de "deplorables" las denuncias y afirmar que eran parte de "la campaña internacional de descrédito".

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