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Débil y golpeado por escándalos, el rey Juan Carlos rinde examen a cada paso

Acciones rutinarias, como leer un discurso ante embajadores extranjeros o desplazarse por un salón, se convirtieron en un desafío; pasado mañana declara la infanta
Martín Rodríguez Yebra
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6 de febrero de 2014  

MADRID.- Se abren las puertas y el murmullo se apaga de golpe en el Salón del Trono. El rey Juan Carlos -jacquet negro, corbata anaranjada- entra del brazo de un militar y se ayuda con una muleta en el lado derecho. Mira al frente como si contara los pasos. La reina Sofía le sigue el ritmo, con una sonrisa desprovista de convicción, profesional.

Unos 110 embajadores contienen el aliento -de pie, firmes- mientras el rey marcha sobre el grueso alfombrado del Palacio Real y se acerca a los cuatro leones dorados que adornan el trono, símbolos de la España imperial, que hace cuatro siglos encargó Velázquez en Roma.

Aún convaleciente de sus operaciones de cadera y en la semana en que su hija Cristina debe declarar en la justicia por un caso de corrupción, a Juan Carlos de Borbón le espera una prueba delicada: debe leer un discurso. Un simple discurso que entra en tres carillas, la rutina de 38 años de reinado. Pero ahora hasta las más repetitivas funciones protocolares significan un examen.

¿Tiene fuerzas para seguir reinando a los 76 años, afectado en su salud y desprestigiado por los escándalos? Quiere mostrar que sí, que puede cumplir con su papel y además revertir la crisis de la monarquía.

La última vez que lo intentó, hace un mes, en la Pascua Militar, pasó los 15 minutos más incómodos que recuerden quienes están a su lado. Titubeó, confundió las palabras y terminó el acto con señales de cansancio y fastidiado. Lo que debía ser un regreso triunfal no hizo más que amplificar la voz de quienes creen que debe abdicar en su hijo Felipe.

Ahora el rey tiene adelante a todo el cuerpo diplomático acreditado en España. Otro papelón sería letal. Antes de la indagatoria de su hija, el jefe de Estado quiso pasar a la acción. El lunes dio una señal de transparencia y publicó por primera vez el detalle completo del presupuesto a su cargo. Dos días después toca mostrarse entero. ¿Podrá?

"Su salud está bien, ya no sufre los dolores que lo martirizaban el año pasado -cuenta una persona de su máxima confianza-. No está recuperado de la cadera, pero se toma muy en serio la rehabilitación. En abril se lo verá al cien por cien."

Sufre sí el "calvario" de la investigación a su hija. "Claro que lo afecta, como a cualquiera. Pero él siempre supo diferenciar lo que es ser padre y lo que es ser rey", dicen a su lado.

La mano izquierda de Juan Carlos aprieta fuerte el brazo de su asistente mientras se acerca al trono, debajo de los majestuosos frescos de Tiépolo. Los príncipes de Asturias van detrás.

Al pie del trono hay cuatro sillas. La del rey tiene una plataforma de madera que la eleva 15 centímetros para evitar el riesgo de una luxación de cadera. Él llega y se sienta. Su asistente se esfuma con la muleta bajo el brazo. Felipe, la princesa Letizia y la reina miran alrededor y al cabo de cinco segundos se sientan también. Su fragilidad obliga a adaptar el protocolo: la realeza sentada; los embajadores agasajados de pie.

El acto lo abre el nuncio Renzo Fratini, decano de los diplomáticos. El rey mira un punto fijo. Parece el tenista que espera el game decisivo. Asiente ante las frases de Fratini, que elogia su "liderazgo indispensable". Y, ¿casualidad o no?, rememora un mensaje del papa Francisco: "La salud moral de una sociedad se define por el comportamiento ético de sus ciudadanos".

Cuando termina, dos ayudantes le acercan al rey un atril forrado en terciopelo morado. Instrumento maldito: según explicó la Casa del Rey, su mala iluminación y altura habían desencadenado los problemas de lectura del monarca el mes pasado. Le añadieron una lámpara más potente y unos centímetros.

Se apoya. Lee. El texto es un repaso formal de la agenda exterior elaborado por el gobierno, igual que todos los discursos del rey salvo el de cada Nochebuena.

Tres metros a la izquierda está el presidente Mariano Rajoy, que lo mira balanceándose. El príncipe aprieta las muelas. Corre el reloj. El rey pasa páginas con letras enormes sin trabarse. No se salta ni una coma del texto, repartido de antemano. Tarda sólo tres segundos menos que lo que estaba previsto que durara: 10 minutos. No hay aplausos.

El asistente militar corre de nuevo a poner el brazo. Rajoy cruza una mirada de alivio con su mano derecha, Jorge Moragas, engalanado como un general del siglo XVIII.

Y ahí sale el rey por donde entró. Sofía de nuevo traza su sonrisa. Lo mismo hacen Letizia y Felipe. Miran a los embajadores y cabecean sin enfocar en nadie. Cuando el ujier cierra la puerta del salón, el personal de palacio se relaja al fin. Les cuesta creer que deban celebrar batallas tan módicas.

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