Dejemos de jugar con fuego

Giovanni Sartori Corriere Della Sera
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8 de diciembre de 2009  

ROMA.- Los médicos dicen que el paciente tiene pulmonía. Los familiares responden: aunque sea cierto, no tenemos dinero para curarlo y ni siquiera estamos de acuerdo en el tratamiento a seguir. ¿Entonces lo dejamos morir? Respuesta: quizá se le pase; mientras tanto, esperemos.

El paciente en cuestión es la Tierra, y los familiares que rodean su lecho de enfermo son los así llamados "grandes" del mundo, que están reunidos en Copenhague para una cumbre sobre cambio climático que si bien alentó muchas esperanzas, ya nació medio muerta.

Estados Unidos tiene finalmente un presidente consciente del inminente colapso del medio ambiente, pero Barack Obama estuvo de visita en China, un país que interfiere con sus intenciones.

Poco después, la India ha hecho saber que no está dispuesta, en absoluto, a portarse bien. Imagínense entonces el resto de los países en "desarrollo demorado". Si antes de preocuparse de otras minucias, como el destino de los monzones, la India todavía debe crecer, imagínense los demás.

¿Por qué no logramos encontrar una salida? No encontramos la salida porque más que empantanados en un mar de viscosos intereses estamos empantanados en un mar de pretextos que no tienen principio ni fin. Como por ejemplo la teoría de que los países subdesarrollados deben ser resarcidos por la contaminación causada en el pasado por los países desarrollados. Eso es imposible. ¿Cómo pretender que una persona sea responsable de haber transmitido el sida antes de que el virus fuese descubierto?

Del mismo modo, cuando la sociedad industrial alentó la proliferación de chimeneas alimentadas con carbón, nadie sabía que esas chimeneas eran una amenaza para el clima.

En 1968, Paul Ehrlich denunciaba, y con razón, la explosión demográfica, pero al menos él ya sabía de la bomba de tiempo ecológica. Lo mismo vale para Aurelio Peccei y el Club de Roma, que, a mitad de la década de 1970, concentraron su atención en los recursos limitados del planeta y no en un colapso ecológico que la ciencia todavía no había advertido. Por lo tanto, no puede responsabilizarse a nadie por un evento involuntario e imprevisto.

Hoy, sin embargo, asistimos al espectáculo de un Occidente llorón que se siente "culpable" y promete resarcimientos indebidos que, además, ni siquiera puede pagar.

Contaminación global

Pero vayamos al punto crucial: la contabilidad. Cómo se cuenta cada cosa. Actualmente, los países que más contaminan son, en ese orden, China, Estados Unidos y la India. Pero China y la India objetan, en su defensa, que quienes más ensucian y contaminan per cápita, individuo por individuo, son los norteamericanos. Eso es verdad, pero es irrelevante. La contaminación es global y afecta al planeta en su conjunto.

Por lo tanto, lo que cuenta es el total y sólo el total de las emisiones contaminantes. China -y muy pronto la India la seguirá- genera mayor cantidad que todos, porque tiene 1300 millones de habitantes. Y el hecho de que tomados individualmente sean más frugales que los norteamericanos no modifica ni un ápice el problema.

Y si en los últimos 50 años las emisiones de dióxido de carbono de los países ricos se han duplicado, las de la India se han multiplicado por diez. Pero no es tiempo ya de recriminaciones ni de regateos. Quien llegue a Copenhague con estas intenciones sólo busca el mal de todos y también el suyo propio.

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