Del fanatismo al sincretismo

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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23 de marzo de 2000  

Inmediatamente después de haber pedido perdón por dos mil años de discriminación de los cristianos contra los judíos y por las Cruzadas contra los musulmanes, Juan Pablo II viajó a Israel y Palestina.

En el pedido de perdón del Papa a judíos y musulmanes hubo algo más que la intención práctica de suavizar el clima de su histórica visita a Israel y Palestina. Hubo nada menos que un giro decisivo en la concepción de la verdad.

"Mi" verdad

Hay cierta concepción de la verdad que excluye el diálogo entre cristianos, judíos y musulmanes. Esta es la concepción que prevaleció durante siglos, dando lugar a episodios como las Cruzadas en los dos primeros siglos del segundo milenio, las guerras religiosas que ensangrentaron a católicos y protestantes durante los siglos XVI y XVII y la "guerra santa" que todavía promueven los fundamentalistas islámicos.

Es, diríamos, la concepción absoluta de la verdad. Si yo poseo "toda" la verdad porque Dios me la ha confiado en custodia, el otro, el que no adhiere a ella, posee todo el error y representa, en último análisis, el "anti-Dios", ya se llame Ahriman, el Dios malvado del dualismo persa Ormuz-Ahriman que dio lugar a la herejía maniquea, ya se trate simplemente del Demonio.

En tal caso la historia del mundo deviene una lucha milenaria entre el Bien y el Mal que habilita a los hijos de la luz a librar la guerra santa.

Esta concepción absoluta de la verdad desemboca en fanatismo. La palabra "fanático" proviene del latín fanum , "templo". El fanático es alguien que, en lugar de guardar dentro del templo la adoración sin reservas que Dios demanda, la proyecta hacia afuera, al vasto mundo, comportándose en él como si fuera un templo.

En 1967, durante la guerra de los seis días, judíos y jordanos se acuchillaron en Jerusalén casa por casa para evitar que las bombas y cañones que hubieran abreviado la contienda destruyeran los muros de la Ciudad Santa o ciudad-templo. Esta lucha mística en que las piedras eran más importantes que las vidas, fue la que, desbordando los límites políticos de las contiendas "normales", hizo tan difícil el acercamiento que israelíes y palestinos ensayan trabajosamente ahora.

"Nuestra" verdad

Al pedir perdón a protestantes, judíos y musulmanes porque los católicos procuraron difundir la verdad en la cual creen por métodos violentos, el Papa expresó un criterio menos absoluto de la verdad. En efecto, si el vehículo para difundir la verdad ya no es la espada sino el diálogo, quien empieza a dialogar con su antiguo contrincante ya no se siente en posesión exclusiva de la verdad porque el diálogo ( logos o "razón" entre dos o más) supone que, quienes participan de él se ayudan unos a otros en la búsqueda de la verdad.

Este es el sentido "ecuménico" del diálogo religioso que hoy impulsan el Papa y los referentes de las demás religiones monoteístas. "Ecuménico" proviene del griego oikos , que quiere decir "casa". La Tierra ha pasado a ser la casa de todos.

Esta nueva actitud sirve a la paz, pero supone un riesgo. Si nadie posee exclusivamente la verdad, ¿dónde hallarla? ¿En el sincretismo, que es la tendencia a unificar las variedades de la verdad en una sola?

Mientras adhirieron a la concepción absoluta de la verdad, cristianos, judíos y musulmanes se abrieron al horror de las guerras religiosas. Ahora que ya no batallan, ahora que dialogan, ¿cómo evitarán el abandono de sus viejas verdades absolutas para convertirlas en afluentes de una suerte de sincretismo universal?

La pregunta sería inquietante si no cayéramos en la cuenta de que, a la inversa de la ideología, la religión hunde su raíz en el misterio. El ideólogo cree saberlo todo. El fundamentalista, ese ideólogo de la religión, cree que Dios le habló sólo a él. Una necesaria dosis de humildad lleva a pensar en cambio que, cuando Dios nos habla, no podemos entenderlo enteramente porque nuestras pequeñas mentes son, como decía Aristóteles, iguales a la del topo que se enceguece al salir a la luz. El problema no está en Dios. Está en la dimensión del ser humano en cuanto ser imperfecto, que ve y no ve la luz radiante y que por eso necesita hablar con otros "topos" para que lo ayuden y para ayudarlos en el viaje a lo insondable.

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