Dos líderes acorralados

Por Inés Capdevila De la Redacción de LA NACION
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28 de agosto de 2001  

Vida por vida. Diente por Diente. Ojo por Ojo. Atentado terrorista por "eliminación selectiva". "Eliminación selectiva" por atentado terrorista. No, en Medio Oriente no impera la ley del Talión. La regla milenaria fue ideada para castigar, pero también para disuadir de futuras acciones similares.

En Israel, en Gaza, en Cisjordania, ¿qué ley podría disuadir a Ariel Sharon y Yasser Arafat, a Hamas, a Jihad Islámica y a las fuerzas israelíes que deben aplacar la violencia y la desconfianza mutua, que con cada ataque se escapa más la posibilidad de un Israel sin la amenaza eterna del terror o de un Estado Palestino sólido?

Muchos buscaron esa ley en forma de acuerdo. Ni Bill Clinton, ni la elites diplomáticas reunidas en Oslo en 1993, ni los enviados de la Unión Europea, Rusia, ni la Liga Arabe pudieron. Hoy, a once meses del inicio de la intifada, la búsqueda de ese tesoro no existe porque sus dos principales jugadores parecen estar acorralados por las reglas de sus propios juegos.

Ariel Sharon fue elegido premier hace seis meses porque iba a garantizar la seguridad de todos los israelíes. Su promesa electoral fue absorbida por el humo de las explosiones de hombres bomba en Jerusalén o Tel Aviv.

Sharon no garantizó la seguridad; ahora, a cambio, sí da a los israelíes la seguridad de que al menos los ataques no saldrán impunes. Lo dijo él mismo al describir el "delicado juego" de su política de defensa activa y eliminación selectiva. "Operaremos contra el terror hasta que provoquemos su fin, y al mismo tiempo no perderemos apoyo político", afirmó la semana pasada.

Apoyo político, tal vez la más inflexible de las once varas de la camisa en la que parece haberse metido el premier. Si desiste de su defensa activa y ofrece, a cambio de una tregua, concesiones territoriales o cierre de asentamientos, se aleja de sus votantes del Likud.

El juego en el corral

Si continúa con su política contra los palestinos, podría cansar a sus aliados moderados y las palomas del Laborismo, que ayer ya mostraron signos de fastidio por la muerte de Mustafá. Ese fastidio se exacerbaría si el premier aceptara la opción de algunos sectores militares de "aplastar la ANP", Arafat incluido. En ese caso, adiós a la coalición de gobierno.

Sharon eligió mantener su defensa activa y advertir que no habrá tregua hasta que la ANP no arreste a los terroristas. Es decir, así todo depende de Arafat. Pero, con su silencio, el líder palestino responde de la misma forma. Todo depende de Sharon. Detrás de actitudes similares hay situaciones similares. El juego en el corral.

Cada vez que un atentado suicida mata israelíes, Arafat lo condena y se limita a llamar a la llegada de observadores internaciones. Como si los 150 observadores de la UE que están en Gaza y Cisjordania desde hace algunos años hubieran podido vigilar que Hamas y Jihad se comportasen.

Israel y Estados Unidos exigen a Arafat que arreste a activistas como condición para comenzar a negociar. Hamas, Jihad Islámica y Fatah -su propia organización- le exigen que libere a todos los activistas como condición para mantener su liderazgo interno.

Arafat enfrenta una intifada interna si se atreve a ofrecer a Israel la cabeza de alguno de los terroristas o a negociar por algo que no sea menos del 100% de Gaza y Cisjordania. Lo amenazan el desencanto de la mayoría de los palestinos con la ANP, el avance popular de los grupos islámicos extremistas, la ruina económica y la animosidad como nunca hacia Israel.

¿Qué queda además que pedir observadores a gobernantes de todo el continente? Probablemente esperar que los atentados dobleguen al gobierno de Sharon y que el premier ofrezca lo que Arafat proponga.

De esa forma, en el corral de sus propios juegos, ambos líderes parecen esperar que la violencia se autodetenga.

Pero el conflicto no espera. Ya no es la ley de atentado por un ataque; es una guerra. No lo es por su intensidad bélica. Lo es por el temor que impide que un israelí se siente en un bar de Jerusalén sin pensar que de postre haya un atentado, o que un palestino consiga trabajo o, más aún, comida. Lo es por el temor que lleva a cientos de israelíes a presentarse en las embajadas de Gran Bretaña y Canadá para pedir visas o a palestinos a buscar refugio en países árabes. Quieren partir y no saben cuándo podrán volver.

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