Economía: el real enemigo de Putin

La crisis agobia a los rusos y se convirtió en el talón de Aquiles del poderoso líder ruso
Luisa Corradini
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15 de marzo de 2015  

MOSCÚ.- El oso de peluche desarticulado, abandonado sobre montañas de flores depositadas donde fue asesinado el líder opositor Boris Nemtsov, a escasos pasos del Kremlin, es una acertada imagen de los problemas que aquejan a Rusia y al régimen de Vladimir Putin. El oso ruso, histórico símbolo de la potencia de este país, parece haber perdido el alma.

A la violencia prepotente en Ucrania, el aumento de las tensiones con Occidente, la insurgencia islamista en sus fronteras, se suma este crimen político inexplicado, que marca un corte abrupto entre las promesas del pasado y un futuro plagado de incertidumbre.

Sin embargo, otro problema podría eclipsar a todos los anteriores: los negros nubarrones que se ciernen sobre la economía de este gigantesco país de 144 millones de habitantes podrían arrastrar incluso los anhelos de restauración imperialista del actual líder del Kremlin.

Malina, un restaurante de moda en las afueras de Moscú, está vacío un domingo por la noche durante un largo feriado, que habitualmente incita a la gente a salir. "La crisis", explica escuetamente el gerente con actitud cautelosa.

Algunos platos característicos del establecimiento faltan del menú. En particular, los preparados con carne y con pescado. "Sanciones", agrega nerviosamente.

Oficialmente, la inflación actual es de 16,7% en ritmo anual. Pero esa cifra alcanza el 26% para los productos alimenticios y el 63% en el caso de los vegetales. En un mundo globalizado, esto se debe sin dudas a las sanciones occidentales adoptadas contra el régimen por su apoyo a los separatistas prorrusos en el este de Ucrania.

Los signos de un país en problemas también son visibles en el corazón de Moscú. Las empresas de turismo quiebran, cantidad de comercios y pequeñas boutiques están en venta y los carteles luminosos que relatan minuto a minuto la caída del rublo arrastran consigo el ánimo de los más optimistas.

Medio en broma y medio en serio, los moscovitas aseguran que la moneda rusa, que pasó de 36 a 63 rublos por euro en el último año, no podrá descender de 99: porque los carteles electrónicos de las casas de cambio sólo admiten dos dígitos para los rublos y cuatro cifras para los kopeks.

Quince años después de la llegada de Vladimir Putin al poder -alternativamente como primer ministro y presidente-, la economía rusa camina por el filo de la recesión. Según el Banco Central, esta situación se extenderá dos años. Al ritmo sostenido de la inflación, se agrega la caída del rublo, que hizo evaporar la fe de los inversores extranjeros.

Los bancos rusos perdieron el acceso al mercado occidental de capitales y el precio del petróleo -que representa dos tercios de las exportaciones del país- se derrumbó estrepitosamente en los últimos seis meses: el barril de Brent, que sirve de referencia en Europa, pasó de 110 dólares en la primera mitad de 2014 a apenas 58 dólares en la actualidad.

También se desmoronó el consumo, que en la década pasada fue el principal factor del crecimiento, junto con el petróleo. En pocas palabras, el dinero y la gente dejan el país masivamente.

"Mis amigos Irma y Alexei se fueron a Nuremberg. Él dejó su carrera de director de teatro y ella de decoradora de interiores. Valeri se fue a España. Acaba de vender su departamento de la calle Bolshoi Afansievskii y le regaló el auto a su hermano. Jenia y Angi partieron a Sitges. No soportaban más la discriminación por su orientación sexual. Mi amiga Marina emigró a Montenegro. Tiene la doble nacionalidad y ninguna intención de declararlo a las autoridades rusas, como lo exige la ley."

La lista de los amigos moscovitas exiliados de la cantante de rock Diana Arbenina es todavía mucho más larga. "En resumen, mientras mis mejores amigos se van como pueden, yo me quedo aquí, sola en Rusia, donde aparte de mis padres y mis dos hijos, no me queda nadie", se lamenta.

Ese camino acelerado hacia la recesión también golpea a la industria del turismo y del lujo. Ambas tuvieron que reducir costos en un intento de limitar los daños. En los últimos 14 meses, según la Organización Mundial del Turismo, los rusos viajaron al exterior 6% menos. Una caída vertiginosa, que afectó esencialmente a la incipiente clase media.

La constatación es la misma en todas las capitales europeas, habituadas al desparpajo con que los nuevos ricos rusos gastaban su dinero en artículos de lujo, diversiones y excentricidades.

En Moscú, la situación no es diferente. Un lunes feriado por la tarde, una multitud colmaba los tres pisos del célebre centro comercial GUM, a pocos pasos de la Plaza Roja, templo del magro consumismo soviético y, desde 1990, catedral del lujo importado de Occidente.

Pero las 200 boutiques de marcas europeas y norteamericanas estaban desesperadamente vacías. La gente sólo puede darse el lujo de mirar las vitrinas, que anuncian precios estratosféricos hasta para el más rico de los europeos.

"Si seguimos así, comenzaremos a cerrar unos tras otros. El objetivo de nuestra presencia en Rusia fue naturalmente el inmenso mercado interior que se abrió para nosotros después de la Perestroika. Ahora, los oligarcas han dejado de gastar, previendo épocas negras", confiesa el mánager de una marca francesa mundialmente conocida, que prefiere conservar el anonimato.

Los oligarcas, en realidad, envían cada vez con más persistencia sus fortunas al exterior: la fuga de capitales, que había sumado 418.000 millones de dólares entre 2008 y 2013, totalizó 151.000 millones sólo en 2014.

Pronósticos sombríos

Nada indica que la situación tienda a mejorar en el corto plazo. Oficialmente, Rusia espera para 2015 una recesión de 3%, aunque numerosos expertos estiman que el repliegue de la economía podría llegar a 7%.

Esos sombríos pronósticos inducen a muchos analistas a pensar que, junto con la economía, el poder absoluto que Vladimir Putin ejerce sobre el país caerá hecho trizas. Otros, por el contrario, consideran que el líder del Kremlin es lo suficientemente fuerte como para superar la crisis. Éstos señalan que la depreciación del rublo sirvió para dar mayor competitividad a ciertas industrias, por ejemplo, en el sector agrícola.

"Las exportaciones, combinadas con las contrasanciones tomadas por Putin en respuesta a Occidente permitieron al país obtener un relativo excedente comercial", señala el analista político y ex diputado Vladimir Ryzhkov.

A esto habría que agregar las reservas en divisas extranjeras, que ascienden a 360.000 millones de dólares, según el Banco Central. Y, sobre todo, la capacidad de resistencia de la población rusa, cuya mayoría está convencida de que sus privaciones son culpa exclusiva de los extranjeros y consideran a Vladimir Putin como una suerte de héroe nacional, único capaz de protegerlos contra el "invasor" norteamericano.

Simpatías aparte, en las actuales condiciones, la supervivencia de Putin dependerá de la profundización de la crisis y las defensas rusas son más débiles de lo que se podría pensar. Sólo bastaría una nueva caída en los precios del petróleo o sanciones occidentales más duras, para que todo se precipite.

Los expertos señalan, por ejemplo, que, si bien la deuda pública del país llega a unos escasos 50.000 millones de dólares, la deuda privada representa diez veces más y que, antes de fin de año, las empresas deberán hacer frente a vencimientos por valor de 130.000 millones de dólares.

El gigante del petróleo Rosneft, por ejemplo, solicitó recientemente al Kremlin 44.000 millones de dólares para hacer frente a sus obligaciones. Putin ha resistido hasta el momento, pero difícilmente pueda abandonar a esa compañía, cuyo 70% es propiedad del Estado, emplea 160.000 personas y es una de las múltiples cajas chicas que nutren la voracidad del establishment.

En esas condiciones, es fácil comprender por qué los rumores descontrolados que circularon desde el jueves pasado sobre una supuesta enfermedad del presidente ruso provocaron en la opinión pública el efecto de una descarga eléctrica.

La última aparición en público de Putin se produjo el 5 de marzo, cuando recibió al primer ministro italiano Matteo Renzi.

Desde entonces, el líder del Kremlin, de 62 años, anuló un viaje a Kazakhstán y la firma de un acuerdo con Osetia del Sur. Su propio vocero, Dimitri Peskov, anunció incluso que el jefe del Estado, un ex agente del KGB, no asistiría a la reunión anual de los servicios secretos rusos, rebautizados FSB, debido "a una agenda muy complicada".

Para despejar los rumores, el Kremlin se apresuró a difundir imágenes supuestamente recientes de Putin. La enfermedad, real o exagerada, permitió en todo caso comprobar la fragilidad de un sistema de poder que reposa in fine sobre un solo hombre.

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