El alocado mundo que le espera al próximo presidente argentino

Inés Capdevila
Inés Capdevila LA NACION

Inés Capdevila, por LN+

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25 de octubre de 2019  • 20:32

Treinta años pasaron desde que, en los primeros días de noviembre de 1989, se derrumbaba la muralla que había dividido al mundo física y simbólicamente durante buena parte del siglo XX. Caído el muro del Berlín y con la Unión Soviética en plena agonía, el mundo parecía encaminarse a una era de estabilidad, integración y acuerdo. Hoy, bien entrando el siglo XXI, esa ambición suena a una broma ingenua.

Los muros, más simbólicos que físicos, vuelven a levantarse y el mundo se fragmenta al punto de hacer cada vez más difíciles los acuerdos para encontrar soluciones a sus problemas estructurales, desde las migraciones y la desigualdad hasta el cambio climático y las guerras.

Desacuerdos, atomización y problemas crecientes y autogenerados definen al alocado mundo que a partir del lunes llenará de desafíos al próximo presidente argentino. Estos son solo algunos de ellos.

El torbellino regional

Los conflictos se repiten desde Chile, Bolivia y Ecuador hasta México, Haití, pasando -claro- por los dos países latinoamericanos jaqueados por crisis propias de las guerras, Nicaragua y Venezuela. Alcanzan los dedos de una mano para contar las naciones que conviven con la estabilidad, Panamá, Costa Rica, entre otras.

Las crisis no son solo políticas; son económicas, sociales, de seguridad y están atravesadas por temas muy familiares a los argentinos: desigualdad, pobreza, corrupción, decadencia económica, violencia.

La Argentina tiene su propios y peligrosísimos problemas, pero el próximo presidente tendrá que estar atento a los conflictos regionales por, al menos, dos razones: primero, varias de esas situaciones resuenan directamente en el país, dominan la política y ahondan las grietas (Venezuela, Bolivia, Chile); segundo, todas y cada una de esas crisis dejan en evidencia que la paciencia social está al límite ante liderazgos que no escuchan ni responden a las necesidades de los ciudadanos, sean institucionales sociales o económicas.

Bolsonaro, en pie de guerra

El presidente brasileño Jair Bolsonaro será un factor decisivo para la política exterior y económica cualquiera sea el candidato que gane las elecciones locales. Acaba de pedirle a su gabinete que ponga ya en marcha planes de contingencia para abandonar el Mercosur en caso de que gane Alberto Fernández. Tal vez esa medida sea solo una amenaza para forzar a un gobierno peronista a bajar los aranceles del bloque y abrir la economía brasileña. O tal vez sea una decisión ya tomada y basada en su aversión ideológica al kirchnerismo y a cualquier partido que haya tenido cercanía con la izquierda brasileña.

Este mandatario seguramente estará contento si Mauricio Macri retiene el poder; eso no quiere decir que no continúe con su amenaza sobre el Mercosur, como hacen él y su ministro de Economía, Paulo Guedes, desde el momento mismo en el que llegaron al gobierno. Para Bolsonaro no sería fácil sacar a Brasil del Mercosur. La partición sería catastrófica para el sector manufacturero brasileño y otras áreas de la economía que, juntas, generan 2,4 millones de empleos. Pero quizá sería mucho más dañina para la Argentina, que depende más de Brasil que a la inversa.

El caótico EE.UU. de Trump

El próximo presidente necesitará sí o sí de Donald Trump y de su respaldo ante el FMI; después de todo la renegociación con el Fondo será uno de los desafíos más urgentes de los meses que vienen. Como Bolsonaro, Trump probablemente tenga poca sintonía con Alberto Fernández la relación, por lo tanto, sufriría considerablemente. Salvo que Fernández se aísle de las presiones bolivarianas del sector más radical del kirchnerismo y acuerde con la Casa Blanca quedarse en el Grupo de Lima, uno de los principales adversarios diplomáticos de Venezuela.

Macri es, por su parte, uno de los líderes del mundo preferidos del mandatario norteamericano y ese favoritismo fue clave en la relación que tuvo su administración con el Fondo en los últimos dos años. Pero el problema para el actual jefe de Estado argentino -y también para un eventual presidente Fernández- es que Trump tiene demasiados conflictos dentro de su país y en rincones estratégicos para Washington más allá de América latina. El magnate está cada vez más cooptado por la batalla por su inminente juicio político y le quedará poco tiempo para otra cosa que no sea defenderse.

La guerra comercial se agiganta

Entre esos problemas estratégicos que Trump no logra resolver, aunque la economía norteamericana y la incipiente campaña electoral se lo demanden, está la guerra comercial. La disputa arancelaria con China tiene permanentes vaivenes pero ya lleva más de dos años y poco parece ceder. Es además -según más de un organismo internacional- la piedra, o más bien la roca, en el zapato de la economía global. El mundo crecerá este año 3%, su menor ritmo desde la gran recesión de 2008-2009; esa no es una buena noticia ni para el país ni para ninguno de sus posibles presidentes, no importa si apuntan a una economía más cerrada (Fernández) o una economía más abierta (Macri).

La Argentina sí podría salir beneficiada ante tal escenario con una baja de tasas que le permitan sufrir un poco menos con la refinanciación de sus deudas. Pero, sin dudas, no contará con el viento de cola que ayudó a sacarla en 2003 de una crisis más catastrófica pero con problemas similares.

China, a la conquista

Los dos grandes protagonistas de esa guerra son también los actores centrales de la economía y de la geopolítica global. Con sus picos y bajones, Estados Unidos es un socio comercial histórico de la Argentina mientras que China es hoy algo así como una "tierra prometida" económica: un mercado exuberante para los productos argentinos, en especial los commodities, y un inversor de arcas repletas. Sin embargo, esa promesa china nunca termina de concretarse en su mayor potencial.

El próximo presidente, como todos sus antecesores, seguro que apostará a hacer realidad todo ese potencial pero tendrá dos desafíos: aceptar las condiciones de una China cada vez más convencida de su las ventajas y privilegios que le da su poder y, por otro lado, aceptar esos requisitos sin alienar al socio de siempre, Estados Unidos, de influencia política y económica decreciente pero aún necesario.

Una Europa fragmentada

El Viejo Continente es vista como un salvavidas entre tanto desorden global por los dos candidatos. Macri depositó sus esperanzas económicas y la necesidad de éxitos visibles en el acuerdo Mercosur-UE. Fernández, por su lado, buscó en campaña el favor del gobierno de Pedro Sánchez para asegurarse el respaldo de alguna potencia mundial.

Sin embargo, Europa -como Trump- también está inmiscuida en sus propios problemas y mira hacia adentro. El primero y mayor de esos conflictos es la fragmentación, una atomización que tiene varios nombres: Brexit, independentismo catalán, populismos euroescépticos como los de Le Pen, Salvini, Orban, entre otros.

Esas particiones en ciernes no solo amenazan la mayor historia de integración política sino también que le restan a la Unión Europea tiempo y recursos para poner a sus miembros de acuerdo y le quitan influencia para ser el vehículo de los consensos en un mundo dominado por un peligrosísimo vacío de poder.

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