El cambio de mando en España, un desafío para el populismo de la región

José Claudio Escribano
Si Mariano Rajoy llega al gobierno, buscará estimular la "occidentalidad" de América latina
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2 de noviembre de 2011  

MADRID.– A mediados de los años 70, el célebre informe del Club de Roma advirtió que era ilusoria la vieja confianza del positivismo sobre el progreso indefinido de la civilización contemporánea: que en algún momento la idea del progreso sine díe se estrellaría contra la finitud insalvable de muchos de los recursos naturales del planeta.

En medio de la escalada sin precedente de los precios del petróleo a raíz de la guerra de Yom Kippur, en la que Israel apaleó a Egipto y a Siria, fue aquélla una voz resonante, que contribuyó, además, a elevar, hasta las actuales alturas protagónicas, el vuelo de los movimientos ambientalistas en todo el mundo.

Treinta y tantos años después, otro vuelco de magnitud extraordinaria en el precio de materias primas, y en particular de las commodities agrícolas, ha revertido un largo ciclo de deterioro de los términos de intercambio para no pocas de las economías periféricas.

También ha abierto paso, en algunos de los países beneficiarios, a lo que el ex presidente chileno Ricardo Lagos ha identificado como los "populismos con chequera".

Como es natural, cuando se habla de estos temas se piensa de ordinario en América latina. Así ha ocurrido en tres jornadas de reflexión de dirigentes del Partido Popular (PP), que se preparan para una resuelta victoria electoral que los llevará el domingo 20 de nuevo al poder.

Allí se examinaron, con la participación de políticos, empresarios e intelectuales latinoamericanos, las relaciones próximas de España con los países del otro lado del Atlántico.

Se ha dicho que la política exterior es inseparable de la política interior, pero la lupa crítica del partido del señor Mariano Rajoy registra casi con más volumen los errores del gobierno socialista del señor José Luis Rodríguez Zapatero en el plano internacional que los desaguisados en la cocina de los asuntos domésticos. Esa crítica es un anticipo de lo que debe esperarse de la Moncloa en temas de política exterior, aun con un jefe político con fama de mayor elasticidad en las definiciones del PP que su antecesor, José María Aznar.

Para empezar sino por detalles protocolares, pero comprometedores de sensibilidades que no pueden pasarse por alto, lo natural sería que en adelante la modesta oposición en la isla al régimen de los hermanos Castro volviera a ser tenida en cuenta por España. Pareciera que el jefe del gobierno y, en particular, su ex ministro de Asuntos Exteriores Miguel Angel Moratinos han estado pendientes en exceso de cualquier turbación que erizara las barbas del viejo revolucionario.

Cuando la tasa de desocupación laboral es del 20 por ciento, el reventón de la burbuja inmobiliaria produce caídas en el valor de las propiedades de hasta el 40 por ciento, el déficit fiscal trepa a más del 6 por ciento y Europa coloca a los principales bancos españoles en la incómoda situación de blindar sus capitales con otros 46.000 millones de euros, el triunfo del PP que se avecina lo será en la peor de las situaciones imaginables. El tema central de los nuevos gobernantes será, pues, según confesión de parte, cómo gestionar los shocks que vendrán sin el temor de frustrar las demandas de las clases emergentes.

Es como decir que España tiene asegurado por largo rato un espacio visible en esa agenda de la actualidad de la que se dijo aquí, sin reservas, que el gran tema mundial concierne al reparto mejor de los ingresos. Algunos se atreven a afirmar que el ciclo 2003-2007 ha sido el de mayor crecimiento económico de la historia, pero "el promedio diría muy poco si no se marcaran las diferencias". Eso es insoslayable en cuanto a América latina: el 20 por ciento más empobrecido de la población participa de sólo el 3,6 por ciento de los ingresos, de acuerdo con los últimos datos de la Cepal.

Giro

Siempre se ha sostenido que España es, por todas las razones que fundamenta la historia común y por inversiones que ha hecho en la modernidad, el país que define la política europea para América latina. Con los populares en el gobierno, se procurará afirmar la visión de la "occidentalidad" de la región y estimular la perspectiva de que América latina lleva consigo, desde las guerras de la independencia y de la coincidente Constitución liberal de Cádiz, de 1812, un sistema de valores integrado por las nociones de concordia, tolerancia y democracia representativa.

El aniversario constituye, por lo tanto, el prenuncio de que habrá llegado el año próximo el bicentenario oportuno para reafirmar un relato histórico de confrontación conceptual con el relato del populismo y los intentos de instaurar democracias participativas opuestas, por definición, a la idea republicana de la representatividad.

Ana Palacios, intelectual respetada en los dos grandes partidos y ministra de Asuntos Exteriores durante el gobierno de Aznar, toca un punto interesante, en circunstancias en que en la Argentina el Gobierno promueve una ley de tierras limitante de la propiedad extranjera. La izquierda argentina de oposición mira ese proyecto con buenos ojos, y lo miraría con mejores ojos si fuera más restrictivo aún. Pero Palacios tiene para decir que China, nada menos que China comunista, ansiosa por asegurarse alimentos que no consigue extraer de su geografía imperial pero yerma, se ha convertido en uno de los principales propietarios de tierras en el mundo. Palacios no lo dice como una crítica. Lo dice como una verificación de la sustitución de protagonismos, desde la Alianza Atlántica en dirección al Pacífico. Y sobre esto es ineludible pensar, como ante todo giro copernicano.

El PP estará abierto a las mejores relaciones posibles con todos los países de América latina. Seguramente el Palacio San Martín ha de saber que los cancilleres de Perú, Rafael Roncagliolo, y de Ecuador, Ricardo Patiño, han obrado ya de forma que Rajoy tome nota anticipada de que los respectivos gobiernos están interesados por igual en la ejercitación de buenos vínculos con el inminente gobierno liberal-conservador de España.

Si eso ha de verse como una comprobación más de que se difumina la estrella continental de Chávez, lo dirá el tiempo. Por ahora, es un indicio.

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