El comienzo del fin de prácticas autoritarias

Ariel Torres
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26 de agosto de 2001  

Dos repúblicas bálticas, Finlandia y Estonia, son conocidas en el mundo de Internet por haber mantenido durante años lo que se conoce como "servidores anónimos de correo electrónico" ( anonymous remailers ). Estos sistemas permiten a la gente enviar mensajes imposibles de rastrear. No es casual. Ambas naciones habían sufrido el yugo de la Unión Soviética y rápidamente desarrollaron herramientas para sortear los controles y proteger la identidad de quienes se resistían al régimen.

La informática personal e Internet marcan el comienzo del fin de las prácticas autoritarias. Falta un largo camino, pero es el comienzo.

Excepto en los casos en que un gobierno prohíbe a sus ciudadanos cualquier acceso a la Red (Corea del Norte, por ejemplo), hasta la más tenue, lenta y precaria de las conexiones es suficiente para ver y decir lo que se supone que no hay que ver o decir. Un gobierno autoritario puede intentar leer los e-mails de sus habitantes. Pero cualquier persona puede usar un programa como el Pretty Good Privacy , que es gratuito, para encriptar sus mensajes de una manera segura con claves asimétricas.

Se puede también censurar páginas web, pero es posible recibirlas por e-mail y encriptadas. Otro tanto ocurre con los grupos de noticias.

Da más trabajo y hay que volverse experto, casi un hacker, para burlar las barreras impuestas por un Estado antidemocrático. La buena noticia es que se puede. Es la primera vez en la historia que ocurre algo así, pero es también la primera vez en la historia que un individuo puede poseer igual (a veces mayor) capacidad de contrainteligencia que la mayoría de los gobiernos.

Basta pensar que hasta la más modesta PC posee más capacidad de cálculo que el centro de cómputos de la Facultad de Medicina en la década del setenta. Súmese a esto la existencia de un clon gratuito del más potente de los sistemas operativos (el Linux) y, por supuesto, las posibilidades de comunicación de la Red.

Lamentablemente, el mismo sistema despótico que puede amordazar a la prensa sirve también para amedrentar a las personas que hacen posible Internet. Hoy en día, bloquear la Red comienza por bloquear a la gente. En este sentido, se trata de una figurita escalofriante, pero repetida.

¿Se puede bloquear para siempre el acceso a Internet? Para la tecnología, esta idea no tiene sentido. Más tarde o más temprano, y a un costo cada día más bajo, las conexiones inalámbricas se volverán cada vez más comunes y más ubicuas. Llegará el momento en que la idea de reprimir la libertad de expresión se convertirá en un mal recuerdo.

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