El delfín que no pudo salir de las sombras

Juan Landaburu
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5 de marzo de 2012  

Cuando asumió la presidencia de Rusia, hace cuatro años, Dimitri Medvedev encendió una luz de esperanza en millones de rusos. En el joven protegido de Vladimir Putin veían a un reformista más amigable hacia Occidente, con un discurso que apuntaba a modernizar y democratizar a un país atrapado en el legado autoritario de los zares y los jerarcas soviéticos.

El tiempo echó por tierra las ilusiones. Medvedev no sólo no estuvo a la altura de las expectativas, sino que tampoco puso demasiados obstáculos para evitar el regreso al Kremlin del hombre más querido y odiado de Rusia, aun cuando podía aspirar a la reelección. Así, pareció dar la razón a los críticos que lo acusaban de ser una simple marioneta de Putin. Ahora que el titiritero recuperó su lugar, una de las mayores incógnitas es qué le deparará el futuro al presidente que se despide en medio de una ola de reclamos comparable a la de los tiempos de la Perestroika.

En septiembre pasado, cuando Putin anunció su candidatura, el destino de Medvedev parecía claro: ambos líderes intercambiarían cargos y la alianza se extendería por otros seis años. Sin embargo, muchos creen que a Medvedev le espera poco tiempo de vida como primer ministro.

Algunos analistas dicen que una de las primeras concesiones que Putin les haría a los manifestantes sería reemplazar en el corto plazo al desgastado Medvedev por un político más liberal, que podría ser el ex ministro de Economía Alexei Kudrin, un hombre con buena imagen en Occidente.

En las últimas semanas incluso se especuló con la posibilidad de que Medvedev ni siquiera acepte el cargo. La semana pasada, uno de sus principales asesores, Igor Yurgens, reforzó esta versión, al afirmar a la agencia Bloomberg que los aliados de Putin en el gabinete "lo destrozarían".

La sociedad política que gobierna Rusia ya venía resquebrajándose desde fines de 2010. Los primeros indicios fueron las discrepancias públicas tras el apoyo de Medvedev a la intervención en Libia, que para Putin fue "una cruzada intolerable".

Pero el distanciamiento se debió fundamentalmente al consenso que fue ganando Medvedev entre las elites políticas, algo que, unido a su perfil de político moderno que se pasea con su iPad y usa Twitter, podría haberlo convertido en un candidato más tentador que su mentor político.

"Putin tuvo la sensación de que Medvedev estaba erosionando su popularidad y que era tiempo de volver a la escena", explicó al diario The Guardian Gleb Pavlovsky, un asesor del Kremlin que fue despedido por Putin por haber sugerido la reelección de Medvedev. Pavlovsky reveló que Putin y Medvedev llegaron al punto de ni siquiera hablar sobre el tema de la sucesión presidencial.

La puja, ahora se sabe, la terminó ganando Putin. Y al aceptar el intercambio de cargos y renunciar a su propia candidatura, Medvedev selló su derrumbe político. Este contexto explica por qué fue el gran ausente de la campaña. Nunca desde 1991 un mandatario había tenido un papel tan pasivo. El jefe de campaña de Putin, Stanislav Govorukhin, llegó al punto de quejarse en público: "Podría haberle dado un mayor apoyo al candidato que nombró", dijo.

Medvedev no sólo no participó en la campaña sino que en las últimas semanas se reunió con todas las fuerzas de la oposición para impulsar una reforma política, y no descartó una candidatura por fuera del oficialismo en 2018, según el diario Izvestia.

Fuera o dentro del Kremlin, a Medvedev lo espera el mismo desafío que no pudo superar durante su presidencia: deshacerse de la larga sombra de Putin.

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