El desencanto de la clase media aumenta y abre fisuras en Europa

En Burdeos, cientos de manifestantes con "chalecos amarillos" montaron ayer barricadas
En Burdeos, cientos de manifestantes con "chalecos amarillos" montaron ayer barricadas Fuente: AFP - Crédito: GEORGES GOBET
El malestar por las aspiraciones sociales incumplidas agitó el tablero político; los populismos y la crisis en Francia, últimas expresiones del descontento
Luisa Corradini
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16 de diciembre de 2018  

PARÍS.- El "resentimiento" es el argumento usado con más frecuencia para negar el verdadero malestar que manifiestan desde hace algunos años -en particular en Europa occidental- las clases medias. Con ingresos de entre 20.000 y 40.000 euros anuales para una familia tipo, son obreros, empleados, pequeños autónomos y campesinos. Ellos son la sustancia del movimiento de los "chalecos amarillos", que mantiene semiparalizada a Francia desde el mes pasado. Son también la expresión de la tremenda frustración y el retroceso social que sufrió ese segmento. Pero lo mismo se podría decir de todas las clases medias que cada vez votan más al populismo en Europa o que optaron por el Brexit .

O, como en Alemania, deciden olvidar el caos y el horror del nazismo y apoyan con entusiasmo a la extrema derecha de Alternativa por Alemania (AfD).

Para quienes piensan en el postulado del "resentimiento", ese grupo social, que goza de un bienestar material sin comparación con las generaciones anteriores, debería ser capaz de reconocer la suerte que tiene. Señalan que esa gente suele partir dos veces por año de vacaciones, al mar y a la montaña, aunque -es verdad- en lugar de alojarse en los lujosos hoteles de Saint-Tropez paran en los campings periféricos. Sus supermercados están pletóricos de mercaderías abordables que habrían hecho la felicidad de sus abuelos. Comparativamente, sus autos representan muchas menos horas de trabajo, son más seguros y la posibilidad de morir al volante fue dividida por dos en 30 años. En el mismo periodo la esperanza de vida aumentó en casi siete años. Y así se podría seguir con una interminable lista de beneficios.

Parafraseando al escritor estadounidense Steven Pinker, estaríamos en una edad de oro que no somos capaces de ver pues espíritus tenebrosos nos ocultan la luz. ¿Por qué quejarse, entonces, si no es por ingratitud? ¿Por qué tanta desilusión del progreso en una sociedad de la abundancia?

La última expresión de ese fenómeno parecen ser los "chalecos amarillos", que se suman a otras expresiones de descontento en Europa.

El sociólogo Louis Chauvel llama a ese fenómeno "la paradoja de Aron", que explica por "la convergencia perfecta de tendencias que se oponen al progreso de las satisfacciones".

A su juicio, en primer lugar se encuentra la dinámica intergeneracional de la frustración relativa: "Es verdad, el poder adquisitivo aumentó y sigue aumentando. Pero las aspiraciones sociales fundadas en la socialización familiar y los diplomas, progresaron más rápido aun", explica.

En otras palabras, hace casi 70 años, la época denominada en Francia los "Treinta Gloriosos" benefició a una población de origen rural y proletaria, poco educada, mayoritariamente marcada por privaciones, crisis y guerras. Las generaciones contemporáneas, mucho más instruidas y con frecuencia nacidas en la clase media, tienen hoy "expectativas excesivas" que el escaso crecimiento no puede satisfacer.

Los "Treinta Gloriosos" - según la feliz definición del economista Jean Fourastié- fueron, en efecto, una revolución festiva que se produjo durante el gran periodo de crecimiento económico y modernización que conocieron Francia y Europa entre 1945 y 1975. Empezó con una fuerte emigración rural hacia los centros urbanos y los polos industriales que brotaban como hongos en las periferias de las grandes ciudades, y se tradujo en el acceso a la propiedad de una embrionaria clase media, que al mismo tiempo descubría la sociedad de consumo y una forma de bienestar que, hasta ese momento, había estado reservada a la élite dominante y a una reducida burguesía.

La segunda dimensión de la "paradoja de Aron" concierne los bienes capaces de dar satisfacción y la variación de sus precios desde hace 20 años. Porque, si bien el poder adquisitivo doméstico de la gente en los países desarrollados se multiplicó exponencialmente, los bienes que simbolizan las formas más elaboradas de la vida social, por el contrario, han conocido el camino inverso: el acceso a la educación superior de excelencia escapa hoy a los miembros de la clase media; el precio de los seguros y las mutuales prepagas se duplicó en una generación, y las mejores zonas residenciales excluyen a la gente de recursos medios, que se ve obligada a optar por barrios periurbanos.

Lo que tal vez sea peor es que probablemente haya llegado el tiempo de dejar de llamar "clase media" a ese sector de la sociedad, como si siguiera existiendo.

"Lo confirmo: estamos ante la muerte clínica del concepto de clase media. Y, si queremos evitar que el populismo tenga cada vez más fuerza, es hora de que los dirigentes acepten romper con un modelo que funciona únicamente en las metrópolis", insiste el geógrafo francés Christophe Guilluy.

"¡Seamos serios! Ese concepto funciona tan mal que hoy existen sociólogos que hablan de 'clases medias inferiores' e incluso de 'clases medias inferiores-inferiores'", agrega.

En esas nuevas categorías populares se ubican hoy los obreros, los empleados, los pequeños autónomos, los campesinos, pero también una parte de los jóvenes nacidos en esos sectores. En otras palabras, abarca la mayoría de la población de los países de Europa y de Estados Unidos.

El movimiento de los "chalecos amarillos" tiene esa composición y expresa una gran frustración. Con la desindustrialización del país y el surgimiento de "metrópolis globalizadas" -según la expresión popularizada por la socióloga holando-norteamericana Saskia Sassen-, donde los alquileres de viviendas llegan a niveles exorbitantes, las clases medias y populares francesas perdieron sus empleos y fueron progresivamente desplazadas hacia territorios periurbanos y rurales, alejadas de los servicios más elementales, como los grandes hospitales, las universidades, los polos de empleo y los centros administrativos.

En ese contexto, el uso del auto -y el precio del combustible- se convierten en un factor de supervivencia.

"Hay una Francia globalizada y otra marginada", reconoce Guilluy. Prueba de ello, solo 8% de los "chalecos amarillos" reside en ciudades con más de 50.000 habitantes.

Detrás de ese traumatismo, de la desorganización y de la ausencia de reivindicaciones estructuradas que caracterizan a los "chalecos amarillos", se agazapa la amenaza de un populismo similar a la protesta inorgánica que dio origen en Italia al Movimiento 5 Estrellas. Por el momento, sus miembros insisten en proclamarse apolíticos, se niegan a ser recuperados por los partidos o los sindicatos, y rehúsan organizarse, pero es evidente que -como cualquier expresión de protesta- no están libres de caer en las peores tentaciones.

De todo eso resulta que, si por milagro la crisis de los "chalecos amarillos" debiera evaporarse del mismo modo que llegó, otros movimientos similares florecerán aquí y allá, porque sus causas profundas siguen intactas.

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