El drama de argentinos sin papeles en EE.UU.

Sueñan con la regularización, pero es muy difícil lograrla
Hugo Alconada Mon
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26 de agosto de 2007  

MIAMI.– Esta es la historia real de cuatro argentinos sin papeles en esta ciudad: Mónica Franco, Daniel Cachela, Sergio Escobar y Roberto, quien pidió resguardar su apellido.

Encarnan la vida cotidiana de otros cientos de miles que emigraron con lo puesto durante el colapso de 2001 y volvieron a empezar en Estados Unidos. En sus casos, ese nuevo comienzo fue en Florida, con sacrificios cotidianos para ellos.

Y años después se encuentran ante otra disyuntiva decisiva ante el fin de la ilusión de regularizar su situación legal en este país. ¿Es hora de volver a la Argentina? ¿De renovar la esperanza acá, confiando en que la "amnistía" se apruebe en un par de años más? ¿O es hora de marcharse a Europa?

LA NACION reunió a los cuatro en el restaurante Manolo de la avenida Collins y la 71, de Miami Beach. Y entrevistó a otros ocho a lo largo de las últimas dos semanas. Muchos de ellos cedieron, gentilmente, fotografías para ilustrar esta nota. Este es un atisbo de su realidad, con sus nombres y, en muchos casos, sus apellidos, a pesar de la creencia de que deben permanecer "escondidos", en la "clandestinidad", para evitar que los deporten.

"No tenemos problemas en decir nuestros nombres. Ya lo hicimos en el pasado y no tuvimos inconvenientes", dice Daniel Cachela, maestro mayor de obras en Mar del Plata, que vino solo en abril de 2001 y trajo a su familia dos meses después. Ahora es el fundador de una pequeña empresa de pintores, en la que trabajan su hijo Diego y un uruguayo.

Cachela encarna, sin quererlo, una metáfora del cónsul general en esta ciudad, Gregorio Dupont.

"En los últimos cinco años se separó la paja del trigo, si quiere decirlo así. El que anda derechito ya se destacó en su trabajo y lo retienen y promueven", dice.

En su jurisdicción viven cerca de 120.000 argentinos sin papeles, a los que se suman 40.000 más con papeles, según el consulado, aunque otros cálculos elevan el número de ilegales hasta el doble o más de ese número. En todo caso, el panorama se les complicó en estos dos años, a medida que aumentaron los controles migratorios.

"Si te para la policía y tenés la licencia de conducir vencida, te ponés más nerviosa", dice Mónica Franco, que junto con Cachela es una referente de los argentinos sin papeles en Florida. Llegó en septiembre de 1999, con su mamá, Rosa Francesquini (70), y no se marchó más.

"Depende de cada policía y de tu presencia. Pero sólo la minoría se pone a averiguar tu estatus migratorio. Al contrario, cuando tuvimos problemas, por ejemplo, en nuestro edificio, llamamos a la policía", explica.

Norberto (sin apellido) es un ejemplo. Vivía con otro chico sin papeles que le robó 1500 dólares y le dejó una carta en la que le pedía disculpas y le daba su dirección de e-mail "para que lo insulte tranquilo". No sabía si llamar a la policía.

Llamó. "Mire, estoy desesperado, pero no sé qué hacer", le explicó, tanteando las aguas. Del otro lado percibieron lo que pasaba y la respuesta fue llana. "Mire, a mí no me importa su situación. Dígame qué le pasó", y así fue.

A la hora de ir a un hospital es similar, pero a la vez distinto. Ellos pueden sacar un seguro médico privado. Pero depende de cada prepaga, que puede ser sancionada por no explicitar que son ilegales, y su costo mensual es demasiado alto para lo que ganan, como le ocurre a la mayoría de los norteamericanos.

Por tal motivo, sólo van a un médico cuando es algo serio. En ese caso, los facultativos tienen la obligación de atenderlos. Si no lo hacen, pueden ser demandados. Pero luego se abre una negociación durísima.

"El parto de mi mujer en el [hospital] Mount Sinai fue por cesárea. Salió 9500 dólares", recuerda Roberto (34), bajo, fornido y arito en ambas orejas, oriundo de Berazategui.

"Entonces tuve que ir al Departamento de Financiación del hospital. Te sentás y el tipo empieza: «¿Cuánto podés pagarme? ¿En cuántos meses? No. ¡Eso es muy poco!». Es un tira y afloja, y pagás lo que podés."

Por ley, el sistema Medicare cubre los primeros tres meses del embarazo y cuando llega el parto. El bebe, en este caso Kyle, que ahora tiene tres años, adquiere cobertura médica inmediata por ser ciudadano norteamericano.

El problema es para ellos, los "ilegales", como les dicen sus críticos; los "indocumentados", como les dicen otros, o los "infractores de las leyes migratorias", como los definen las autoridades estadounidenses.

Rodolfo, otro llegado con la crisis argentina, tuvo un infarto y la cuenta trepó a 50.000 dólares. Cachela se accidentó la pierna con una sierra y debieron darle 14 puntos de sutura a cambio de 3300 dólares, también en el Mount Sinai.

"La ambulancia me cobró 700 dólares por un recorrido de 20 cuadras", detalla. Y hay que pagar mientras se pueda la cuenta del hospital, "porque, si no, te inscriben en el Veraz de acá y quedás más fuera del sistema", explica.

El aterrizaje

Todos ellos llegaron con lo puesto y poco más. "Un vecino de Berazategui me la pintó tan bien, tan surrealista que me vine", rememora Roberto, el joven de Berazategui. Allá "hubo días en los que no comíamos", reconoció.

Roberto llegó a Miami en julio de 2000. Su cara da cuenta de que acá tampoco le fue tan fácil como se la pintaron.

"A los 15 días empecé a trabajar en un delivery de comida tres horas por día. Iba en bici al laburo y hacía el reparto en esa misma bici, cuando los demás iban en moto. Terminaba muerto. Después entré en una fábrica de pantalones, a 5,25 dólares la hora. Estuve un mes y medio. Pero lo que da más dinero es la construcción, con 9 dólares la hora como mínimo", dice.

El trabaja en ese rubro y para la misma compañía desde hace 4 años. Ahora gana 15 dólares por hora, pero el dueño, un norteamericano blanco, "les paga a 6 o 7 empleados legales en blanco y al resto, en negro".

Trabajar como mesera puede reportar unos 6,95 dólares por hora, más propinas.

Y quien trabaja limpiando habitaciones de hotel puede ganar 7 dólares por hora si está a cargo de 20 habitaciones en uno de tres estrellas, como el Best Western Atlantic Beach Resort, en Miami Beach.

O hasta 10 dólares, pero por menos habitaciones y por tanto menor carga horaria, en los hoteles más nuevos y caros, como uno de los Marriott de la ciudad. Un soldador, en cambio, puede llegar a los 30 dólares por hora, entre 4000 y 5000 dólares por mes.

La mujer de Roberto, Ana, y su hija, Jael, ahora de 13, llegaron cuatro meses después, en noviembre de 2000. "Cada vez que se traía a una familia se hacía una vaquita [recolección de dinero] para juntar 1200 dólares, con lo que esa familia demostraba que tenía plata en el momento de pasar aquí por los controles del aeropuerto. Devolvías la vaquita y volvíamos a empezar para otra familia. Pero ya no se hace más", cuenta.

El desembarco, que menguó desde que se eliminó la exención de visas para los argentinos y repuntó la economía argentina, se hacía individualmente, casi siempre por varones.

Sergio Escobar (43), llegó en mayo de 2000, también de Mar del Plata, aunque decidió regresar a la Argentina. "Vine porque las oportunidades allá se me terminaron. Me habían bajado el sueldo y ya no tenía chances de estudiar. Llegué y no conocía a nadie. Empecé a averiguar y terminé en un hotel por 14 dólares la noche", explica.

"Ahí filmaron un capítulo de la serie División Miami , en Española Way y la Collins, así que imaginate lo que era", interviene Roberto, y todos ríen. "Cuando pagué los 14 dólares -sigue Sergio-, el conserje me dio una sábana y una almohada y me hizo un mapa de cómo llegar a la habitación. Cuando entré había seis personas dentro: dos suecos, dos israelíes, un uruguayo y un japonés, que sólo hablaba japonés.

"«¿Argentino? ¿Maradona?», me dijo. Sacó una pelotita y empezó a hacer jueguitos. ¡Me seguía a todos lados y yo no le entendía nada!"

Mito y realidad

Todos ríen a carcajadas y repasan otros hoteles, como el Banana Bungalow, que ya no existe más, o el Adams Hotel, que se incendió y donde por doce dólares la noche se podía dormir con otros once en una habitación.

"Hay gente en la Argentina que cree que los dólares crecen en las ramas de los árboles. Que con llegar acá ya estás salvado. Todos recibimos llamadas cada tanto para pedirnos dinero, y si no les enviás, se enojan", afirma Franco, que ahora se encuentra sin trabajo porque renunció al que tenía, hastiada del maltrato continuo que le prodigaba su jefe.

"Creen que la estamos amarrocando. Pero acá hay una disciplina que no se imaginan", agrega. "Creen que si no podés, no pagás el alquiler o te colgás de la luz. Acá eso es imposible", cuenta.

Ella conoció a su marido, Marcelo, ya en Miami. Ahora trabaja en lo que puede, mientras completa un curso de manicura.

"Lo importante es obtener una licencia que me permita trabajar por mi cuenta. Aunque sea de algo que no me guste, pero sola", concluye.

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