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El enigma no es Rusia, es Putin

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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30 de marzo de 2000  

Corría 1962. El frente que estaban formando frondizistas y peronistas para enfrentar al radicalismo corría peligro porque Oscar Alende, el poderoso líder frondizista, empezaba a "cortarse solo". Entonces tuvo lugar el siguiente diálogo entre dos protagonistas de la época: Protagonista I : "Me preocupa la actitud de Alende"; Protagonista II : "No se preocupe. Las leyes inexorables de la historia dicen que el frente se va a formar y va a triunfar"; Protagonista I : "Sí, pero el problema es que Alende ignora las leyes inexorables de la historia". Al fin, Alende "se cortó solo", el frente se frustró y el radical Arturo Illia ganó la Presidencia en 1963.

Rusia y la historia

Desde el punto de vista de "las leyes inexorables de la historia", es bastante claro hacia dónde debería dirigirse Rusia a partir de la victoria de Vladimir Putin en las elecciones presidenciales del domingo.

Cuando el vasto experimento comunista desfalleció, Rusia y China bajaron bruscamente de categoría. Durante décadas, el mundo se había dividido en tres clases de países: los capitalistas desarrollados, los comunistas y los subdesarrollados que se aglomeraban en el Tercer Mundo. Cuando el comunismo desapareció en China a partir de la muerte de Mao Tse-tung en 1976 y en la Unión Soviética con su desmembramiento en 1991, China y Rusia quedaron brutalmente alojados entre los países subdesarrollados, sin pretender ya una vía alternativa a la triunfante democracia capitalista.

Cuando un país subdesarrollado quiere emprender la marcha hacia el desarrollo democrático-capitalista, empero, no puede empezar al mismo tiempo por el desarrollo económico y por la democracia. Tiene que empezar por aquél o por ésta. En esta opción desgarradora consiste, justamente, el subdesarrollo.

A partir de Deng Xiao-ping, China dejó de ser un país comunista y pasó a ser un país políticamente autoritario que evolucionaba en lo económico hacia el capitalismo, lo mismo que el Chile de Pinochet. Como era previsible, su economía ha crecido a grandes pasos desde entonces, pero aún tiene el problema de cómo incorporar la democracia. La feroz represión de los estudiantes en la plaza Tiananmen en 1989 muestra que todavía no sabe cómo hacerlo.

De 1991 en adelante, bajo Boris Yeltsin, Rusia optó por la prioridad inversa. Instaló, primero, la democracia. A resultas de ello afianzó sus instituciones políticas, pero vivió en un caos económico del que aún no ha salido. Así como el problema de China es cómo democratizarse a partir de un capitalismo exitoso, el problema de Rusia es cómo hacer funcionar económicamente su democracia. Esto es lo que está diciéndole la historia a Vladimir Putin.

Del "no" al "sí"

La Argentina y Rusia tienen historias contemporáneas paralelas. Con Alfonsín y con Yeltsin, ambas empezaron a salir del subdesarrollo por la vía democrática. Ninguna ha conseguido todavía la maduración capitalista.

Ambas parten de un trauma: el colapso del estatismo económico bajo el cual habían vivido por décadas. De esta experiencia aprendieron a no mirar atrás. En la campaña de 1999, ningún candidato presidencial argentino de importancia insinuó siquiera el regreso al estatismo inflacionario que el país abandonó, con la convertibilidad, en 1991. En la campaña rusa del año 2000, el candidato comunista Guennadi Zhyuganov sólo reunió el 29 por ciento de los votos contra el 52 por ciento de Putin.

Pero aprender que el camino del estatismo no lleva al progreso económico no equivale a aprender cómo es el camino capitalista que ha triunfado en los países de punta. En este aprendizaje duro y trabajoso se encuentran hoy tanto Rusia como la Argentina.

¿Reconocerá Putin que éste es su destino? ¿Responderá a "las leyes inexorables de la historia? De un lado, es un líder firme y realista. Del otro, está ligado a la tradición nacionalista de un país imperial que aún muerde el polvo de su derrota en la Guerra Fría. No se olvide que Putin no ganó el domingo como reformador "capitalista", sino por su feroz y exitosa campaña en la guerra de Chechenia. Como The New York Times ironizó en su editorial del lunes último: "Putin es un demócrata de la KGB". ¿Cómo resolverá esta contradicción? El enigma no es Rusia. El enigma es Putin.

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