El ex presidente que, a pesar de sus promesas, nunca se fue

Martín Rodríguez Yebra
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23 de mayo de 2013  

Madrid.-Hace años que a José María Aznar se lo preguntan adonde vaya: ¿de verdad nunca más intentará ser presidente?

En público respondía que su retiro iba en serio. Quienes lo tratan a menudo cuentan que en privado ponía siempre un asterisco: "Sólo buscaría volver ante una situación de catástrofe institucional".

La descripción de España que hizo, anteanoche, en su reaparición en el debate político, se parece bastante a eso: un país en riesgo de perder la cohesión territorial (por el desafío nacionalista de Cataluña), con un nivel de desempleo "inaceptable" y con un gobierno resignado, que castiga a las clases medias y que no tiene coraje para enfrentar una crisis económica monumental.

Aznar terminó por admitir en un estudio de televisión que sí, que volver es una posibilidad. Hizo todo para convertir una entrevista en un lanzamiento político. Pero ¿es realmente el inicio de una campaña para suceder a Mariano Rajoy, el hombre al que él le cedió el liderazgo del Partido Popular (PP)?

En el Congreso, caja de resonancia del revuelo que se armó ayer, las opiniones se dividían en dos vertientes. Un sector del oficialismo ve efectivamente un intento de Aznar de aglutinar a la derecha desencantada con las políticas de Rajoy y mostrarse "disponible" ante un eventual desborde de la crisis que requiriera pensar en un gobierno de emergencia.

Otros sospechan que retomar el protagonismo fue una jugada defensiva. Aznar está bajo fuego por las sospechas de haber participado en las supuestas maniobras irregulares para financiar al PP y desde La Moncloa sólo percibe señales de hostilidad.

Rajoy formó su gobierno rodeado de figuras leales y dejó a los aznaristas lejos de los puestos de poder en el gabinete, en el partido y en el Congreso. El principal vínculo del ex presidente con la política es su esposa, Ana Botella, alcaldesa de Madrid. Ella atraviesa un momento de bajísima consideración en las encuestas; en el PP ya se desató una batalla por su puesto, uno de los más cotizados en la política.

Aznar tiene 60 años (sólo dos más que Rajoy) y pasó los últimos nueve en segundos planos. Su gobierno, aunque exitoso en lo económico, terminó en 2004 marcado por el drama y la polémica por los atentados de Atocha y el intento oficial de acusar a ETA para tapar la responsabilidad de Al-Qaeda. La derrota ante el socialista José Luis Rodríguez Zapatero cristalizó su idea del retiro.

Pero nunca se fue. Conduce la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), principal laboratorio de ideas de su partido, del que todavía es presidente honorario. Y se dedicó a muy redituables negocios privados: fue nombrado en el directorio de News Corporation (el emporio de Rupert Murdoch) y asesora a multinacionales españolas en América latina.

Es un interlocutor habitual del rey Juan Carlos y mantiene lazos con los grandes empresarios del país. Hasta anteayer había evitado hacer cualquier referencia a la gestión de Rajoy; prefería la distancia de España que le imponen sus trabajos. Según él, pasa dos de cada tres días en el exterior.

"Las últimas mediciones sobre su imagen son de hace tiempo y la opinión pública lo castigaba como uno de los responsables de la crisis", señaló a LA NACION José Juan Toharia, presidente de la consultora Metroscopia. Pero añadió que resta saber si el descontento del votante de derecha con Rajoy puede alentar un cambio de tendencia.

En su regreso, Aznar expuso las recetas del sector más liberal del PP: rebaja de impuestos ya, ayuda a las empresas, mano dura con los desafíos nacionalistas, fomento de nuevos pactos de Estado y recorte del gasto político.

A Rajoy sus detractores lo acusan de "quietismo", pero esta vez actuó sin dudar un segundo. Ordenó a la cúpula del partido abroquelarse para rechazar el desafío de Aznar y él mismo ratificó "el rumbo y las políticas".

Corre con las ventajas de estar en el gobierno y de administrar una mayoría absoluta en el Congreso. Pero su antiguo jefe es un rival temible: juega con la nostalgia del "milagro español", contracara de la cruel recesión de hoy, y demostró que mantiene una voz capaz de despertar tempestades.

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