El éxodo que redibuja a América Latina

Se multiplican las historias dramáticas de la diáspora venezolana, repartida por la región y el planeta
Gaspar Ramírez
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23 de diciembre de 2018  

SANTIAGO, Chile.- José González, un ingeniero industrial de 28 años, llegó a Chile el 11 de marzo pasado desde Maracaibo, noroeste de Venezuela . Nueve meses con días buenos -la mayoría- en que agradece la seguridad, la estabilidad, la posibilidad de enviar dinero a sus padres; y con días malos. Otros días en que extraña a sus padres, a sus amigos y su barrio. Días de rabia en que se pregunta por qué tiene que trabajar como conserje, para qué estudió tanto, por qué tuvo que irse. Él conoce las respuestas.

Las mismas preguntas que se hacen los más de tres millones de venezolanos repartidos por el mundo. Un éxodo que se aceleró en 2013, cuando Nicolás Maduro llegó al poder, y junto con él, el aumento de los asaltos, de los muertos, de los secuestros y de la escasez de la comida, de las medicinas y de las oportunidades. La mayor crisis humanitaria que vive la región en décadas y que golpea especialmente a los jóvenes.

Sentado detrás de un mesón en el lobby de un edificio en Santiago, José González cuenta que su hermano mayor, también ingeniero industrial, vive desde 2012 en Francia junto a su esposa, ingeniera en petróleo; que su hermana, comunicadora, vive en Chile desde hace cuatro años, y que él partió porque en Maracaibo ya no había trabajo y porque su mamá necesitaba medicinas para el corazón.

Partió el 5 de marzo junto a cuatro amigas. Cruzaron en auto hacia Colombia, luego en ómnibus hacia Ecuador y Perú. Sus ahorros, 302 dólares, le alcanzaban para llegar hasta Arica (en el norte de Chile), donde consiguió los 6000 pesos chilenos (unos 8,6 dólares) que necesitaba para seguir hasta Santiago. González pudo viajar en auto y en ómnibus; algunos pocos lo hacen en avión, y otros huyen de Venezuela a pie.

Miguel Arrieta Zinguer es abogado, tiene dos especializaciones, dos doctorados y una maestría. Es profesor de la Universidad Católica del Táchira desde hace 20 años. Nunca pensó irse de Venezuela, su plan era jubilarse junto al mar, en la isla Margarita. Pero los cortes de agua, de luz, y el futuro de sus dos hijos adolescentes lo hicieron cambiar de opinión. Arrieta es judío, tiene derecho a la nacionalidad israelí, y se acogió a un plan que lo llevará a él y a parte de su familia a iniciar una vida nueva en Jerusalén.

Oriana Mendoza viajó más cerca, pero tardó más en llegar. Estudiante de economía de 25 años, salió el 1º de agosto desde Maturín (nordeste). En Colombia se le terminó el dinero y continuó como mochilera hacia Ecuador y Perú. Tardó 14 días en llegar a Lima. Ahora trabaja en el distrito de Cercado de Lima mientras aguarda el Permiso Temporal de Permanencia, un documento oficial que regulariza la situación del migrante durante un año.

Como Perú, la mayoría de los países de la región implementaron medidas para ordenar y ayudar a la diáspora. David Smolansky, jefe del grupo de trabajo de la Organización de los Estados Americanos (OEA) para monitorear la crisis migratoria venezolana, destaca las políticas de algunos países: el Permiso Especial de Permanencia (PEP) de Colombia, la visa de responsabilidad democrática de Chile, la homologación de títulos profesionales en la Argentina; el proceso del gobierno de Brasil, que traslada migrantes hacinados en la frontera hacia ciudades donde tienen más probabilidades de hallar trabajo.

El propio Smolansky conoce el exilio. En los años 20, un bisabuelo paterno fue encarcelado por los bolcheviques en la Unión Soviética. La familia huyó a Cuba, donde su abuela conoció a su abuelo, y nació su papá; en 1962, el régimen de Fidel Castro expropió la fábrica textil familiar; en 1970 migraron a Venezuela, y en 1985 nació David. El 9 de agosto de 2017 le tocó a él: el gobierno de Maduro emitió una orden de captura contra el entonces alcalde del municipio caraqueño de El Hatillo por "no impedir" las protestas violentas de ese año. Ahora vive en Washington.

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