El fin del idilio que nació tras los atentados

Elisabetta Piqué
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28 de junio de 2002  

ROMA.- Aunque las reglas del protocolo diplomático indican que en las fotos hay que sonreír y que las cosas no deben decirse con todas las letras, sino insinuarse, sugerirse, en la cumbre del G-8 en Canadá quedó claro que se ha roto definitivamente el idilio entre Estados Unidos y Europa, nacido bajo la conmoción de los terribles atentados del 11 de septiembre.

Salvo excepciones, como por ejemplo las declaraciones del filo-norteamericano premier italiano, Silvio Berlusconi, que ayer dijo "si yo fuera Arafat, daría un paso al costado", en efecto, casi todos los líderes de la Unión Europea dejaron en claro su firme rechazo al plan de paz de George W. Bush para Medio Oriente, que prevé la virtual muerte política del líder palestino, Yasser Arafat.

Al margen de que primero fue Tony Blair, el aliado número uno de los Estados Unidos, quien anteayer no ocultó que no le gustaba en lo más mínimo la idea de Bush de sustituir a Yasser Arafat al frente del gobierno palestino, ayer el canciller alemán Gerhard Schršder siguió sus pasos, al definirlo como "nuestro interlocutor mientras sea el presidente de la Autoridad Nacional Palestina".

Amén de que también el presidente francés, Jacques Chirac, vetó el criticado plan norteamericano, al afirmar que "corresponde al pueblo palestino, y sólo a él, elegir a sus representantes", la sensación es que Kananaskis quedará en la historia como la cumbre en que se ha roto definitivamente el idilio entre Estados Unidos y la Unión Europea, que discrepan abiertamente no sólo en cuanto al cada vez más sangriento conflicto en Medio Oriente, sino en varios temas más de política internacional.

Aunque Europa nunca ocultó su perplejidad cuando fue electo al frente de la única superpotencia del mundo, George W. Bush -un personaje famoso por sus "gaffes" en historia y geografía-, es un hecho que los terribles atentados del 11 de septiembre cambiaron drásticamente las cosas.

Conmocionada por el peor acto terrorista de todos los tiempos, Europa le declaró entonces a Estados Unidos su solidaridad incondicional y apoyó sin medias tintas su declarada guerra contra el terrorismo, integrando una coalición internacional.

Con el correr de los meses, sin embargo, la extensión de la lucha en contra de Al-Qaeda más allá de Afganistán, la definición del llamado "eje del mal", y la voluntad de intervenir en Irak expresadas reiteradamente por Bush, comenzaron a resquebrajar esa compacta alineación.

En febrero fue el canciller francés, Hubert Vedrine, quien resumió el sentimiento general de los Quince en cuanto a la política exterior norteamericana, al criticar su "simplismo" por "enmarcar todo en la lucha antiterrorista", y por su tendencia a actuar "unilateralmente, sin consultar a los demás".

En esa oportunidad, Vedrine subrayó que frente a la "hiperpotencia" norteamericana, Europa debía "seguir siendo sí misma", y manifestó abiertamente su desacuerdo con la línea de la Casa Blanca en Medio Oriente, "que apoya la política de pura represión que lidera Sharon, que tiende a aislar a Arafat".

Otras divergencias

Pero no es sólo Medio Oriente (y la validez o no de Arafat como líder), ni la peligrosa guerra sin cuartel al terrorismo, ni el creciente unilateralismo de la superpotencia norteamericana lo que aleja, separa y complica cada vez más las relaciones entre los Estados Unidos y el Viejo Contienente.

Al margen de las críticas en cuanto a los derechos humanos -la Unión Europea se opone a la pena de muerte-, al rechazo a las prisiones-jaula que se han construido en la base de Guantánamo para los detenidos de Al-Qaeda, también hay otras divergencias. Entre ellas, el escudo antimisiles, el protocolo de Kyoto para la reducción del efecto invernadero, el libre comercio de los productos genéticamente modificados y la institución de un Tribunal Penal Internacional, una instancia judicial superior a la que Washington no piensa someterse.

Pero esto no es todo. En los últimos meses también estalló entre la UE y Estados Unidos una "guerra comercial", tras la decisión unilateral de la administración Bush de imponer nuevos impuestos a las importaciones de acero: una medida proteccionista que incluso llevó a los Quince a evaluar la imposición de sanciones comerciales.

En medio de aguas crispadas, que alejan cada vez más las dos orillas del Atlántico, la "arrogante" idea de Washington de condicionar la creación de un Estado palestino a la supervivencia política de Yasser Arafat parece haberse convertido en la gota que rebasa el vaso. Aunque nadie lo dice con todas las letras, como corresponde en el mundo diplomático, resulta evidente que a Europa, que se distancia, le gusta cada vez menos la política exterior del gigante del Norte.

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