El héroe que se fue transformando en un personaje anacrónico

Jorge Edwards
Jorge Edwards PARA LA NACION
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28 de noviembre de 2016  

Desde su entrada a La Habana en los primeros días de 1959, Fidel Castro, para bien o para mal, marcó la historia contemporánea. Su llegada al poder, previsible, pero a la vez sorprendente, dio comienzo a un proceso universal de toma de conciencia de lo latinoamericano.

Antes de eso, América latina, portuguesa, francesa, era para Europa un continente remoto, de imitación, de caricatura, poblado de gobernantes más bien pomposos y ridículos. Pío Baroja, con su acostumbrada acidez, había dicho que era el continente tonto, y la verdad es que razones no le faltaban. Pero a partir de la entrada en escena de Fidel, el continente rezagado empezó a provocar cataclismos políticos. Y se notó, de paso, que no sólo era el territorio de la revolución social más avanzada, sino también el espacio de una imaginación creadora diferente.

Después se descubriría que la imaginación y la revolución, como siempre ocurre, entraban en un choque frontal, un conflicto sin salida, pero los primeros tiempos fueron de inspiración, de fe colectiva, de entusiasmo contagioso. La prolongada permanencia de Fidel en el poder, fenómeno revolucionario en sus comienzos, anomalía hispánica de la historia moderna, se convirtió al cabo de los años, en virtud de una extraña paradoja, en tiempo detenido, en expresión atrasada de realismo mágico. En su prolongado otoño, el patriarca apelaba a la magia caribeña, basada siempre, en último término, en el dominio del lenguaje. Era una afirmación del verbo enfrentado a los desacatos de la realidad: una proeza retórica, un discurso que se prolongaba más allá de la cuenta.

En la temporada universitaria de 1958 y 1959, en los meses de la campaña de la Sierra Maestra y del triunfo de la guerrilla, me encontraba en la universidad norteamericana de Princeton. Había ingresado hacía poco a la diplomacia chilena de carrera y seguía cursos en la conocida Escuela Woodrow Wilson de Asuntos Internacionales. En abril de 1959, Fidel fue invitado a Estados Unidos por la Asociación Nacional de la Prensa y aceptó incluir en su programa una charla en esa universidad. En mi calidad de alumno de posgrado, me encontraba en las primeras filas cuando el entonces joven Fidel Castro, seguido por una docena de guerrilleros masculinos y femeninos en uniforme verde oliva, hizo su espectacular ingreso. Fue todo un signo de los tiempos, de las fuerzas volcánicas que se agitaban debajo de la superficie en América latina: en lugar de los habituales gobernantes de trajes grises, de bigotes recortados, una fila de guerrilleros de boinas y largas melenas que ingresaban al claustro.

En Princeton, utilizando un inglés elemental, Fidel se propuso hacer un discurso apaciguador. Es imposible saber ahora si sólo pretendía ganar tiempo o si consideraba en serio, en esos primeros meses en el poder, una alternativa reformista. Dijo que la reforma agraria crearía una multitud de propietarios, en un país donde la propiedad pequeña apenas existía, y que en esta forma surgiría un mercado interno próspero para las exportaciones norteamericanas.

Más tarde, en 1971, cuando discutí con Fidel en momentos en que el poeta Heberto Padilla acababa de ser encarcelado, acusado, entre otros graves delitos, de presentarme a mí, representante diplomático de Chile, una imagen negativa de la revolución, le recordé las palabras moderadas, conciliadoras, que había empleado en ese ya lejano discurso de Princeton.

Nunca estuve en Princeton, contestó de inmediato Fidel, impertérrito, y después se dirigió al ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Roa, la otra persona que estaba presente. “¿Dónde estuve?” –preguntó–. ¿No fue en Yale?” “No, primer ministro –tuvo que rectificar Roa–. Fue en Princeton.” Ahí, en ese instante, cambió todo el tono de la discusión. Fidel abrió mucho los ojos, pasó del usted autoritario a un tuteo de confianza, y exclamó: “¡Tú estabas allí!”.

Era complicado ser un testigo incómodo frente a Fidel. Lo era para Raúl Roa, para mí, para cualquiera. Pero él, por su parte, era un maestro consumado de los rápidos cambios de tono.

El final de la Guerra Fría fue el comienzo del fin del castrismo, aunque fuera un final retardado. Una vez más, la condición de isla del país protegió a su jefe y a su régimen. Pero había un destino ya escrito. El tiempo iba a dictar su sentencia inapelable. El héroe de mi generación se transformó en un personaje anacrónico, pasado de moda, patético. Y los entonces apasionados del castrismo no derivaron al anticastrismo: evolucionaron, más bien, desde una pasión poco reflexiva hacia la más completa indiferencia. La muerte anticipada del régimen cubano anunciaba la muerte inevitable, para muchos inverosímil, de su símbolo y su leyenda: el comandante en jefe.

El autor es escritor y diplomático chileno

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