El hombre de los mil rostros

El ex espía es un verdadero enigma para sus compatriotas
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27 de marzo de 2000  

MOSCU (De un enviado especial).- Desde la recepción, el hombre lo miró con sorna y le dijo que no, que un adolescente de 16 años no podía entrar como voluntario en la KGB y que, en todo caso, estudiase leyes, y que entonces a lo mejor la central de espías podía interesarse en él. El adolescente, que había acudido a la KGB después de emocionarse hasta las lágrimas con una película, "La espada y el escudo", en la cual el protagonista es un oficial del espionaje soviético en la Alemania nazi, escuchó el mensaje, estudió, se recibió y siete años después cumplió su sueño cuando fue reclutado por la KGB.

La historia seguramente sería sólo una más sobre la persistencia de un joven soviético cualquiera si no fuese porque aquel chico de 16 años hoy tiene 47 y acaba de ganar las elecciones en Rusia.

Es que desde siempre Vladimir Putin tuvo en claro que, para conseguir las cosas, había que trabajar duro, ya sea para convertirse en espía, como su héroe de la pantalla, como para recuperar la grandeza del país, su meta desde siempre y que se afianzó cuando Boris Yeltsin lo nombró primer ministro.

Nacido en San Petersburgo el 7 de octubre de 1952, estudió en una escuela de elite, reservada para estudiantes que sólo tuviesen puntajes previos casi perfectos. Sus maestros, con la memoria seguramente mejorada por la posición de su ex alumno, lo recuerdan como el hijo que todos querríamos tener: estudioso, trabajador, siempre dispuesto a ayudar a los demás y el único que se animó a bailar con chicas en una competencia interescolar sólo para que el honor de su colegio no quedase por el piso.

Putin aún parece conservar los rasgos de aquel adolescente intrépido, aunque su real personalidad sigue siendo un enorme interrogante.

Acusado por los demócratas de ser un fascista, recibe el apoyo de otros liberales que lo consideran un reformador, y mientras que para los comunistas sólo es un títere de Occidente para hacer de Rusia un país capitalista, no pocos reformistas temen que sus llamados a la grandeza del Estado escondan a un "nuevo soviético".

Pero, en definitiva, como en el juego de los espejos, Putin, admirador de Charles De Gaulle, ha dado argumentos a todos los sectores. Desde siempre su imagen ha sido elusiva para muchos, aunque quienes más lo conocen dicen que sigue la línea de su modelo: Yuri Andropov, el líder soviético y maestro de espías que, durante años, rigió los destinos de este país, en público y tras las sombras.

Pero, ¿quien es el hombre real que se esconde detrás de las mil apariencias? No es mucho lo que se sabe de él, aunque sus gustos personales pueden ayudar a definirlo: absolutamente disciplinado y draconiano, hay quienes dicen que parece un monje, sobre todo cuando se lo compara con sus conciudadanos. No fuma, prácticamente no toma (en un país donde el consumo de vodka alcanza niveles estratosféricos ), almuerza sólo una fruta o un yogur, no sonríe demasiado, trabaja entre 16 y 17 horas por día, todos los días práctica natación y hace media hora de ejercicios físicos y es cinturón negro de judo.

Moscú, en silencio

Cuando en 1985 la KGB lo destinó a Alemania Oriental, Putin sufrió su primer golpe: "Llegamos de Rusia, donde había que hacer cola para todo mientras en Alemania todo abundaba. ¿El resultado? Engordé 12 kilos y tuve que usar ropa seis talles más grandes", relata en su autobiografía.

Claro que si su llegada a Alemania fue shockeante, su salida lo fue aún más, ya que no era poca cosa ser agente especial de la KGB en Dresden en 1989, cuando millones de alemanes salieron a las calles para derribar el Muro de Berlín y terminar con la ignominiosa ocupación soviética. "Una multitud rodeó la casa en la que trabajaba nuestro grupo de inteligencia. Teníamos documentos muy sensibles y nadie movió un dedo para defendernos." Gracias a su manejo del alemán, pudo salir de la casa y llamar a un cuartel soviético de las cercanías para que fueran en su ayuda. "No podemos hacer nada sin órdenes de Moscú", le respondieron, según contó en una entrevista reciente. "Y Moscú estaba en silencio, y Moscú estaba en silencio", repite, y agrega: "Tuve la sensación en ese momento de que mi país había dejado de existir".

Con las dos experiencias marcadas a fuego, retornó a Rusia, donde renunció, o lo echaron, lo que no está claro, de la KGB. Allí comenzó a trabajar en política en la alcaidía de San Petersburgo en lo que sería una marca que lo distinguió: siempre tuvo como jefe a un hombre poderoso e influyente, como el reformista Alexander Sobchak en su ciudad natal, o Yeltsin cuando se mudó a Moscú en 1996.

Tras una carrera meteórica en distintos puestos burocráticos, apareció a la luz pública en agosto del año último cuando Yeltsin lo convirtió en primer ministro . Después de tres meses en el poder pasó a ser presidente en ejercicio por la renuncia de su mentor, a quien hoy prefiere tener lejos y a quien usa para, sin decirlo, mostrar que su vigor y su fortaleza son los que ahora necesita Rusia.

Con la guerra de Chechenia como principal motor de su candidatura, sus promesas de recuperar la grandeza de Rusia y sus dobles juegos entre el reformismo democrático y la mano dura, Putin sabe que el juego de los espejos que tan bien juega hoy se terminó. A partir de ahora, todas las luces están sobre él y sólo falta saber cuál es el verdadero hombre que se esconde detrás de las máscaras, si el dictador agazapado al que temen sus enemigos o el hombre capaz de sacar al país de su declinación y cumplir el sueño que sueña desde que era un adolescente que se emocionaba con las películas: hacer que Rusia se ponga nuevamente de pie.

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