El horror de Siria, con ojos argentinos

El fotógrafo argentino Rodrigo Abd estuvo casi tres semanas reportando desde territorio controlado por la oposición, de donde escapó en medio del fuego enemigo; el relato de su travesía
Rodrigo Abd
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15 de marzo de 2012  

El fotógrafo argentino Rodrigo Abd estuvo casi tres semanas reportando desde territorio controlado por la oposición en Siria, de donde escapó en medio del fuego enemigo. Abd, de 36 años, trabajó para LA NACION y ahora se desempeña en la agencia AP. El siguiente es el relato de su travesía.

ANTAKYA, Turquía.- Las explosiones iluminaban la noche mientras corríamos con la esperanza de salir de Siria después de haber pasado casi tres semanas cubriendo un conflicto que el gobierno de Bashar al-Assad parece determinado a impedir que el mundo vea.

El fuego de los tanques estremecía las calles de la ciudad detrás de nosotros; las balas de los francotiradores pasaban silbando cerca de nuestras cabezas y los rebeldes que nos escoltaban casi habían agotado sus municiones. Parecía un buen momento para escapar de Siria.

Mientras las fuerzas del régimen cercaban la ciudad norteña de Idlib, hasta entonces bajo control de los insurgentes, el videoperiodista de Associated Press Ahmed Bahaddou y yo nos preparamos para partir el domingo hacia la vecina Turquía, en un viaje que nos llevaría por un pasaje oscuro como una boca de lobo y kilómetros de enmarañados bosques de olivo en un clima gélido.

Encontramos obstáculos y peligros a cada paso que dábamos, desde choques entre combatientes rebeldes y fuerzas gubernamentales hasta el extravío de nuestro guía.

Coordinamos nuestro escape con el Ejército Libre de Siria, la fuerza insurgente que luchaba para mantener el control de Idlib, pero la situación se deterioraba rápidamente. Los francotiradores, el fuego de artillería y las explosiones se acercaban más y más.

"Nos van a matar a todos'', me dijo un aterrado activista sirio que estalló en lágrimas. Un combatiente rebelde dijo que las tropas del gobierno sin duda capturarían la ciudad, porque los insurgentes se estaban quedando sin municiones. Eso finalmente sucedió ayer.

Un comandante de los sublevados dijo que comprendería si sus combatientes deseaban huir y ponerse a salvo. "El que quiera irse y ya no luchar, deje aquí su kalashnikov'', dijo. Nadie lo hizo.

La semana pasada, las tropas habían rodeado Idlib y los tanques comenzaron a cañonear la ciudad desde que amanecía hasta el anochecer. Los rebeldes salían corriendo a las calles, cubriéndose en las esquinas de los edificios mientras combatían a las tropas.

Los heridos eran subidos en camiones que los llevaban a cualquier lado donde pudieran ser atendidos. Vi a un hombre cargar a un chico, con el chaleco ensangrentado. Supe después que el joven murió.

El régimen afirma que lucha contra terroristas extranjeros y pandilleros armados y niega que el levantamiento que comenzó hace un año sea una revuelta popular. Pero lo que vimos en Idlib no era nada de lo que el gobierno ha descripto. Los pobladores apoyaban el levantamiento. Todas las familias parecían tener un combatiente en las calles o conocían a alguien que había tomado las armas.

Los rebeldes del Ejército Libre de Siria eran sirios, de Idlib. No vimos extranjeros luchando.

El desafío más grande de los rebeldes no era su fervor para luchar. Todos parecían dispuestos a morir en los combates para derrocar al presidente Bashar al-Assad. Estaban armados con poco más que granadas propulsadas por cohetes, fusiles kalashnikov y granadas de mano.

El clamor de los opositores en los últimos días ha sido para solicitar armas. Contar con misiles antitanque y otras armas pesadas podría marcar un punto de inflexión en el conflicto.

Pero cuando se acercaban las fuerzas armadas del régimen la semana pasada, lo único en que podíamos pensar era en Baba Amro, el barrio de la ciudad de Homs que resistió casi cuatro semanas de cañoneo del ejército sirio.

Cientos de personas murieron en el asedio, y la situación humanitaria era catastrófica. Entre los muertos estaban dos periodistas: Marie Colvin y Remi Ochlik.

Se intuía que Idlib podría ser el siguiente objetivo del ejército sirio luego de haber recapturado Baba Amro. Mientras los rebeldes se reunían en las esquinas, las familias empacaban unas cuantas posesiones y se apresuraban a dejar la ciudad. Mujeres y chicos se escondían en los sótanos para escapar del fuego.

"Claro que tengo miedo'', gritó una mujer siria en uno de los refugios donde se ocultaba el sábado una decena de mujeres y chicos. "Hasta los hombres tienen miedo.''

Para el fin de semana, muchas personas habían huido de Idlib para buscar refugio en poblados cercanos. No hubo electricidad en casi todo el día.

Todos se estaban preparando para un ataque, lo que complicó nuestro escape. Decidimos pasar la noche entre los heridos en Idlib, atrasando nuestra partida, porque estábamos demasiado asustados para movernos. Mientras recorríamos en auto las calles oscuras, el conductor apagó las luces para que nadie pudiera vernos, aunque eso significara que nosotros tampoco podíamos ver nada.

El estruendo de los disparos de los tanques era implacable.

Cuando despertamos a la mañana siguiente, el saldo de la violencia era evidente: personas heridas, incluso mujeres y chicos, que se abarrotaban alrededor con la ropa ensangrentada. Muchos habían sido baleados por francotiradores en las piernas y los brazos. Algunos tenían heridas abiertas causadas por esquirlas y murieron en sus camas.

No había espacio en la morgue para más cadáveres, así que las familias dispusieron el entierro inmediato de los muertos. Los funerales quedaban fuera de discusión por el peligro de estar al aire libre.

Pasadizos

Al caer la noche, decidimos abandonar la ciudad. La idea era correr por una zona despejada vigilada por francotiradores y tanques, pero nuestros guías sugirieron atravesarla por debajo, por un pasadizo.

Tuvimos que llegar al túnel caminando, llevados por un combatiente del Ejército Libre de Siria que nos hizo esperar media hora mientras se libraban batallas en las calles. Nos movimos con cuidado por una ciudad privada de cualquier sonido normal, sin bocinazos de los autos y sin gente en las calles. Sólo había silencio, interrumpido por explosiones y balazos.

El corredor era estrecho y tan oscuro que no podíamos ver nuestras manos puestas frente a la cara. Agachados para poder entrar, avanzamos unos 40 metros hasta que llegamos al otro extremo, el cual misericordiosamente estaba fuera del cordón militar del régimen.

Sólo cuando salimos nos percatamos de que nuestro escolta llevaba granadas caseras en su chaleco, explosivos inestables que fácilmente nos podían haber despedazado mientras estábamos en el pasillo.

El siguiente tramo de nuestro viaje nos llevó hasta una ciénaga enorme y profunda. No había manera de cruzar a pie o en auto, pero nuestro contacto del lado turco de la frontera había dispuesto el medio perfecto para transportarnos: un tractor de color rojo.

Nos subimos a él y avanzamos por el lodazal durante media hora antes de cruzar una frontera sin marcar y sin vigilancia. Nadie nos detuvo ni notó nuestra presencia.

A lo largo del último año, Siria ha restringido enormemente el número de visas que emite a periodistas, y quienes las obtienen deben viajar con escoltas del gobierno.

El Ministerio de Información emitió una advertencia que decía que periodistas como Ahmed y yo, que entramos al país de manera ilegal, "están acompañando a terroristas, promoviendo sus delitos e inventando noticias infundadas''.

Sin embargo, para nosotros el viaje fue una oportunidad de presentar una descripción franca de un conflicto que en gran medida sigue oculto para el mundo.

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