El indefinido perfil de los nuevos kamikazes

La falta de un patrón alarma a Israel
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24 de junio de 2002  

JERUSALEN (The New York Times).- Su rostro no adorna ningún cartel de mártir, pero Arien Ahmed, de 20 años, estudiante palestina de administración, tiene uno de los perfiles que encajan con la nueva clase de atacante suicida. Ella no pasó ni por meses ni por semanas de adoctrinamiento. No tiene nexos con grupos islámicos como Hamas o Jihad y recibió poca preparación sobre cómo hacer funcionar las bombas.

Su caso se ha vuelto típico. La sociedad palestina en sí, bajo la presión del pulverizante conflicto con Israel, proporciona hoy el único adoctrinamiento, según afirman los expertos. De hecho, un sondeo del servicio nacional de seguridad de Israel sobre atacantes suicidas inquieta a oficiales israelíes precisamente porque no identifica ningún patrón en particular de kamikaze.

Hasta ahora, todos los suicidas eran musulmanes y solteros, pero sus edades y niveles de educación varían. Desde que la primera mujer suicida hizo estallar una bomba aquí el 17 de enero, grupos vinculados con Al-Fatah, de Yasser Arafat, enviaron a otras siete mujeres como kamikazes, entre ellas, una madre de un niño de 3 años.

En el caso de Ahmed, razones tan personales como el amor perdido y tan políticas como el conflicto saturado de odio, la impulsaron a actuar. El mes pasado, se descubrió a sí misma caminando a través de un poblado israelí, cargando una mochila demasiado pesada, repleta de clavos y una bomba.

Sólo cinco días antes había ofrecido sus servicios y su vida a un integrante de un violento grupo palestino en Belén vinculado a las milicias Tanzim, de Al-Fatah. Fue apenas el día anterior que su oferta había sido aceptada. Ahmed había salido a vengar la muerte de su prometido, un líder de ese grupo.

No obstante, Ahmed ahora se estaba comenzando a preguntar, mientras caminaba por la calle de Rishon Letzion, si estaba haciendo lo correcto. "Miré al cielo -recordó Ahmed durante una entrevista en prisión-. Miré a la gente." Y luego, dijo, recordó una creencia infantil: "Nadie tiene el derecho de detener la vida de nadie".

Ahmed, inusual excepción entre los atacantes suicidas, dio media vuelta. Su acompañante, Issa Badir, siguió: mató a dos israelíes y a sí mismo. A los 16 años, fue uno de los atacantes suicidas más jóvenes.

La cultura de la muerte

Antes se necesitaban meses de entrenamiento para preparar a un terrorista suicida. Los atacantes eran estrictamente fundamentalistas de Hamas y Jihad. No obstante, el perfil ha cambiado, y los cambios alarman no solamente a los israelíes, sino también a palestinos, consternados por el impacto sobre su propia sociedad. Militantes palestinos y expertos israelíes advierten que los cambios podrían repercutir en el extranjero, si la lista de objetivos del conflicto aumenta.

Desde principios de año, la mayoría de los ataques ha sido perpetrada por grupos más seculares, que tienen nexos con Al-Fatah, como el que envió a Ahmed. El número de voluntarios para misiones suicidas sigue creciendo de manera desconcertante. Según Iyad Sarraj, un psiquiatra de Gaza, al crecer con la idea de ataques suicidas los niños palestinos equiparan muerte con poder. "Están creando una nueva clase de cultura", afirmó. Agregó que así compensan, en parte, la impotencia de sus padres frente a las humillaciones de la ocupación israelí.

Desde 1993 hasta el inicio de la intifada, en septiembre de 2000, se registraron 61 atentados, frustrados o no; desde esa fecha hasta principios de este mes hubo el doble: 116. En palabras de un funcionario israelí: "Del lado palestino, el cuello de botella no es el kamikaze, sino la bomba".

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