El jefe de la Iglesia: un cardenal austero, un hombre común

Tan sencillo y cercano a los pobres como erudito y firme en sus convicciones, el sucesor de Benedicto XVI es consciente de los problemas que aquejan al Vaticano y de las disputas terrenales que anidan en el catolicismo
Elisabetta Piqué
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14 de marzo de 2013  

ROMA.- Puede compartir un locro o un mate con los más marginados de una villa miseria cualquiera del Gran Buenos Aires. También puede discutir de alta teología con Benedicto XVI, su antecesor y papa emérito, a quien irá a visitar en los próximos días a Castel Gandolfo y de quien fue el máximo antagonista en el cónclave de 2005.

Puede ir a lavarles los pies a los enfermos de sida en un hospital y puede cautivar a cualquier auditorio, incluso al de la Plaza San Pedro, con su forma de hablar sencilla, directa y humilde, que llega al corazón.

Jorge Bergoglio, padre Jorge para quienes lo han frecuentado, cardenal primado y arzobispo de Buenos Aires, dos veces presidente de la Conferencia Episcopal Argentina y ahora Su Santidad Francisco nunca quiso tener auto con chofer. Solía sorprender viajando en colectivo o en subte, mezclándose, confundiéndose y mimetizándose con la gente común, el pueblo, al que siempre supo y quiso servir de cerca, como pastor.

Los viajes a Roma -que hacía con poco entusiasmo, consciente de que en el Vaticano hay cosas que no funcionan, detestables juegos de poder y dinero, que ahora seguramente intentará limpiar- los hacía en clase turista. Sólo cuando algún tripulante reconocía a "su eminencia", título que nunca se jactó de tener, lo pasaban a business. Él accedía con evidente desgano.

En Roma tampoco le gustaba mostrarse con las vestimentas de cardenal. Se lo solía ver siempre yendo a pie, tratando de pasar inadvertido, con un modesto sobretodo negro, para no ostentar el llamativo atuendo de los purpurados.

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El domingo pasado, cuando muchos cardenales electores "papables" fueron a celebrar misa en las híper mediáticas iglesias de Roma de las que son titulares, él prefirió quedarse encerrado en su habitación de la Domus Pablo VI, donde suele alojarse cuando viaja a Roma. No fue a su iglesia de San Roberto Bellarmino. Quería evitar a toda costa los flashes, el protagonismo, el asedio de los medios. En cambio, prefirió almorzar con una anciana de 92 años, hermana de un arzobispo amigo suyo, ya fallecido.

Cuando fue hecho cardenal por Juan Pablo II, en 2001, hubo fieles que quisieron acompañarlo a recibir el birrete púrpura, para celebrar el evento. Pero él pidió que se quedaran en Buenos Aires y donaran ese dinero a los más pobres. Tampoco quiso comprarse una vestimenta nueva: ordenó arreglar la que usaba su antecesor Antonio Quarracino.

Podrían relatarse infinitas anécdotas de este tipo sobre la simplicidad, austeridad, nobleza, espiritualidad, cercanía con la gente común, actitud monástica, de Jorge Bergoglio. Un hombre que siempre detestó los lujos y el autorreferencialismo usado por ciertos miembros del clero. Un hombre que siempre se tuteó y dejó tutearse por el repartidor de diarios de la esquina, por el quiosquero, por esa mujer embarazada, madre soltera o separada que le pedía consejo, ayuda, una voz amiga. Con frecuencia, confiesa en la Catedral porteña como un sacerdote más. Y tras la masacre de Cromagnon recorrió hospitales para estar al lado de los heridos y familiares de las víctimas.

Bergoglio vivió hasta hoy solo, en un departamento sencillo, en el segundo piso del edificio de la curia, al lado de la Catedral. Desde la ventana de ese departamento, observó con profunda preocupación el estallido de la crisis de diciembre de 2001 en la Plaza de Mayo, que derivó en la renuncia de Fernando de la Rúa. Hasta su cuarto llegaban los gases lacrimógenos. Al ver con indignación cómo una señora era golpeada por agentes policiales, tomó el teléfono para hablar con el ministro del Interior y fue atendido por el entonces secretario de Seguridad, Enrique Mathov, a quien le pidió por favor que la policía no maltratara a los simples manifestantes.

Hijo de Mario, ex empleado ferroviario, y de Regina, ama de casa, ambos piamonteses, nació en el barrio de Flores, el 17 de diciembre de 1936, y tuvo cuatro hermanos. Egresó de la escuela secundaria industrial ENET Nº 27 (ahora ET Nº 27) Hipólito Yrigoyen con el título de técnico químico. Tuvo incluso una novia, pero a los 21 años (en 1957) decidió convertirse en sacerdote e ingresó en el seminario de Villa Devoto. El 11 de marzo de 1958 pasó al noviciado de la Compañía de Jesús, realizó estudios humanísticos en Chile y de regreso a Buenos Aires, en 1963, obtuvo la licenciatura en Filosofía en la Facultad de Filosofía del colegio máximo San José de San Miguel.

Entre 1964 y 1965 fue profesor de literatura y de psicología en el Colegio de la Inmaculada, en Santa Fe, y en 1966 enseñó esas mismas materias en el colegio de El Salvador, de Buenos Aires. Desde 1967 a 1970, estudió teología en la Facultad de Teología del colegio máximo San José, de San Miguel, donde también se licenció. A una edad algo tardía, a punto de cumplir 33 años, el 13 de diciembre de 1969, fue ordenado sacerdote.

Entre 1970 y 1971 cumplió su tercer probandato en Alcalá de Henares, España, y el 22 de abril de 1973 hizo su profesión perpetua. Fue maestro de novicios en Villa Barilari, San Miguel (1972-1973), profesor en la Facultad de Teología y rector del Colegio Máximo. El 31 de julio de 1973 fue electo provincial de los jesuitas de la Argentina, cargo que tuvo durante 6 años.

Entre 1980 y 1986 fue rector del Colegio Máximo y de las Facultades de Filosofía y Teología de la misma casa y párroco de la parroquia del Patriarca San José, en la diócesis de San Miguel. En marzo de 1986 viajó a Alemania -es sabido que habla alemán- para concluir su tesis doctoral. Más tarde, sus superiores lo destinaron al colegio de El Salvador, en Buenos Aires, desde donde pasó a la iglesia de la Compañía en la ciudad de Córdoba, como director espiritual y confesor.

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El 20 de mayo de 1992, Juan Pablo II lo nombró obispo auxiliar de Buenos Aires. El 27 de junio del mismo año recibió en la Catedral de Buenos Aires la ordenación episcopal de manos del cardenal Antonio Quarracino -que solía llamarlo "el santito"-, del nuncio Ubaldo Calabresi y del obispo de Mercedes-Luján, monseñor Emilio Ogñenovich. Fue designado arzobispo coadjutor de Buenos Aires y el 28 de febrero de 1998 arzobispo de Buenos Aires por sucesión, tras la muerte de Quarracino.

Su primer acto de gobierno al asumir en la arquidiócesis fue crear la Vicaría Episcopal de Educación, un virtual ministerio que tiene bajo su jurisdicción tantas escuelas y alumnos como los que atiende el gobierno porteño. Pero, a diferencia de los clásicos consejos de educación católica, su premisa fue dedicar los esfuerzos de la Iglesia a toda la educación, no a los intereses de los colegios católicos.

En sus homilías, el cardenal ha revalorizado en forma permanente el sentido de la patria y las instituciones. En la intimidad es un apasionado lector de Dostoievski, Borges y autores clásicos, pese a su formación técnica de ingeniero químico. Es habitual, además, su presencia en actos ecuménicos e interreligiosos.

Franciscum, el primer papa jesuita, tiene afinidades muy escondidas, pero significativas. Le gusta el fútbol y es simpatizante de San Lorenzo de Almagro. Una vez, cuando jugaba el goleador Alberto "Beto" Acosta, el plantel le regaló una camiseta autografiada por todos los jugadores que conserva cuidadosamente. También le gusta el tango y es autor de varios libros.

Al poco tiempo de ser ordenado sacerdote padeció problemas respiratorios y sufrió la pérdida de parte de un pulmón. Eso hizo pensar que no podría ser electo al trono de Pedro, pero es evidente que hoy goza de muy buena salud, fruto de la vida austera y rigurosa que siempre observó. De hecho, a sus 76 años, si se lo observaba en la procesión hacia la Capilla Sixtina, anteayer, lucía más joven que varios papables favoritos de menos edad. Se lo veía sereno, con la convicción de que esta vez el Espíritu Santo lo estaba llamando, con urgencia, a tomar el timón de esa Iglesia que, en 2005, quiso como papa a Joseph Ratzinger y no a él. Hubo que esperar 8 años para que llegara el papa argentino.

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