El legado de Yalta se diluye en la creciente rivalidad entre Pekín y Washington

Churchill, Roosevelt y Stalin, en Yalta
Churchill, Roosevelt y Stalin, en Yalta Fuente: Archivo
La ONU, la única sobreviviente del mundo pensado por Churchill, Roosevelt y Stalin en 1945
Luisa Corradini
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10 de febrero de 2020  

PARÍS.- El mundo vivió 75 años creyendo que los equilibrios que dominaban las relaciones internacionales eran una herencia de los "acuerdos secretos" pactados entre el 4 y el 11 de febrero de 1945 en Yalta, a orillas del Mar Negro, por Winston Churchill, Franklin Roosevelt y José Stalin. ¿Qué queda ahora, 75 años después de esa conferencia histórica, del universo codificado por los aliados? Para muchos, solo "un gran desorden mundial".

"Del orden mundial codificado en Yalta no queda prácticamente nada salvo la Organización de las Naciones Unidas", señaló Thomas Gomart, director del Instituto Francés de Relaciones Internacionales. "La estructuración política del planeta no tiene mucho más que ver con los equilibrios que resultaron de esa reunión. No solo porque las potencias de aquella época son apenas la sombra de ellas mismas, sino también porque asistieron a la emergencia de rivales, sobre todo en Asia, que ahora representan un tercio del PBI mundial y 60% de su población", precisó.

El Reino Unido -único país que combatió a Hitler desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial- perdió desde entonces lo esencial de sus colonias. Los satélites europeos de la Unión Soviética (URSS) se incorporaron en estos últimos 20 años a la Unión Europea (UE), nacida 12 años después de Yalta, mientras que la URSS se desmoronaba en 1991. Y aun cuando ese gigante con pies de barro siga pesando en Ucrania o en Siria, Rusia perdió su capacidad ideológica, militar o financiera de fomentar guerras y revoluciones en todo el planeta como inmediatamente después de Yalta.

Estados Unidos sigue siendo la primera potencia del planeta, gracias a su soft power y a sus capacidades militares (con un 40% del gasto mundial). Pero el monopolio nuclear del que disponía en 1945 ahora está repartido en nueve países que reúnen el 40% de la humanidad. Y su economía, que pesaba casi la mitad del PBI mundial en épocas de Yalta, hoy representa el 25%.

La gran mayoría de los Estados actuales no existía entonces: después de los procesos de descolonización y de numerosas secesiones, la ONU tiene ahora 193 miembros, contra los 51 con los que contaba cuando fue creada, poco después de la conferencia.

Para muchos historiadores, Yalta fue, en realidad, una repartición del mundo entre poderosos. Para otros, se trata de un mito francés, amplificado por el general Charles de Gaulle, ofendido por no haber sido invitado a la cumbre.

"La ofensa fue reparada en la conferencia de San Francisco, donde se creó la ONU y donde Francia se convirtió en miembro permanente, con derecho de veto. Ante la expansión de la URSS y el derrumbe de Alemania, Churchill había comprendido que necesitaba a Francia", sostuvo el historiador Jean-Baptiste Duroselle.

Yalta fue, en todo caso, escenario del tránsito de un sistema dominado por potencias coloniales -simbolizado por una Gran Bretaña vencedora, aunque en decadencia, y una Francia derrotada- a un poderoso binomio Estados Unidos-URSS, al que más tarde se incorporó una China independiente. Fue también la transición del sistema de seguridad colectiva de la Sociedad de las Naciones (SDN), que había demostrado su incapacidad para prevenir conflictos, al de la ONU, que tomó en cuenta los equilibrios de poder.

"El sistema onusiano considera que todos sus miembros son iguales, aunque algunos son más iguales que otros: hay cinco miembros del Consejo de Seguridad que tienen derecho de veto. Ese privilegio refleja las relaciones de poder, sobre todo con los Estados dotados del arma nuclear", explicó el excanciller Roland Dumas.

El mundo es otro 75 años después de aquella conferencia. El planeta está ampliamente estructurado por la rivalidad sino-norteamericana.

"Esa competencia global es un hecho estratégico probado, que estructura de aquí en más el conjunto de las relaciones internacionales", reconoció el viernes pasado Emmanuel Macron en la Escuela de Guerra de Francia.

Durante un discurso en el cual definió la doctrina de disuasión nuclear de su país, el presidente francés lamentó que "cuando los desafíos globales que enfrenta nuestro planeta exigen un aumento de cooperación y solidaridad, hacemos frente a un derrumbe acelerado del orden jurídico internacional y de las instituciones que organizan las relaciones pacíficas entre Estados".

Macron evocó tres rupturas que caracterizan a ese mundo actual: la primera es "una nueva jerarquía de potencias que, al precio de una competencia estratégica global desinhibida, es portadora de riesgos de incidentes y escalada militar no controlada"; la segunda es "la crisis del multilateralismo y el retroceso del derecho frente a la relación de fuerzas", y la última ruptura es tecnológica: "La emergencia de nuevas tecnologías es portadora de oportunidades, pero también fuente de futuras inestabilidades", diagnosticó el presidente.

Único "sobreviviente" de ese desaparecido mundo, la ONU ha dejado de encarnar justamente el triunfo de ese multilateralismo. Hoy, la Organización de las Naciones Unidas parece incapaz de resolver conflictos regionales como los que azotan a Yemen, Libia, Siria. Elefante de burocracia, rehén de los intereses de las grandes potencias, víctima de la gesticulación, desde Yalta, el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó 2499 resoluciones y la Asamblea General, cerca de 9000.

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