El magnetismo de EI, una atracción para jóvenes sumergidos en una realidad asfixiante

Andrés Criscaut
Andrés Criscaut PARA LA NACION
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17 de noviembre de 2015  

PARÍS.- ¿Por qué los verdugos de Estado Islámico (EI) se parecen con sus trajes y capuchas negras a maestros ninjas? ¿Por qué sus víctimas están vestidas con enteritos naranjas iguales a los de los presos de la base norteamericana de Guantánamo?

Porque uno de los principales elementos que llevaron a los atentados del viernes pasado en París está menos ligado a las problemáticas reales de Medio Oriente que a un mundo fantasmagórico de Occidente; más próximo a la Guerra de las Galaxias o El Señor de los Anillos que a la ocupación israelí de los territorios palestinos o a la invasión de Estados Unidos de Irak.

Como ejemplo de esto, entre quienes perpetraron el primer ataque de EI en Europa y el primero en suelo francés realizado por atacantes suicidas se encuentran por lo menos cuatro jóvenes de nacionalidad francesa. Nos los imaginamos creyendo estar en un juego de video donde son cowboys y sus objetivos no son indios, sino otros franceses de carne y hueso.

"Disparaban como si fueran actores. Se los veía muy seguros de sus gestos", contó en France24 una testigo de la masacre de la sala Bataclan.

El magnetismo de EI es una mezcla de componentes hasta ahora inauditos, que van desde factores generacionales, psicológicos y mediáticos hasta por elementos sociales, demográficos y geopolíticos.

Pero lo interesante es cómo ellos funcionan sobre el particularismo de los europeos. Según el Ministerio del Interior francés, habría unos 1000 franceses entre los 3000 europeos que componen las "brigadas internacionales" de EI. Lo sorprendente es que un cuarto de ellos serían convertidos (no provienen de familias de origen musulmán, de ese universo que abarcaría casi 5 millones de franceses, un 9% de la población del país), y de esos 1000 un 20% serían mujeres.

En una entrevista reciente en la revista L'Opinion, el especialista del mundo musulmán Oliver Roy explicó que "esa feminización (y europeización) del jihadismo de EI muestra un fenómeno completamente novedoso, ya que ofrece un formidable terreno de juego, de aventura y de romanticismo a una juventud que se imagina que ya no tiene lugar en el mundo".

Sumergidos en una realidad asfixiante de anomia social, frustración y rechazo, muchos de estos jóvenes (tampoco necesariamente pertenecientes a un ámbito social de marginación y pobreza) comienzan a "ver la luz" en la misma soledad de la pantalla de sus computadoras al conectarse con redes sociales radicales.

Pertenencia

La poderosa campaña mediática de EI les propone si no una nueva vida más digna de ser vivida, por lo menos un lugar de pertenencia (la utópica "nebulosa" islamista de Al-Qaeda, pero con un anclaje territorial concreto entre Siria e Irak) por el cual vale la pena morir.

Si a fines de los años 80 se produjo una politización del sentimiento religioso (el islam de Khomeini, el judaísmo de Menahem Begin o el cristianismo de Ronald Reagan), ahora la ecuación se invierte: el fracaso del islam político es llenado por un neofundamentalismo, pero vacío de su contenido y de militancia social.

Es un retorno a una religiosidad fast food, o prêt-à-porter en el caso francés, que contiene un alto grado de visión apocalíptica y que es ejercida de manera individual, a la vez que rechaza el ambiente y las culturas familiares de origen, o incluso las instituciones religiosas.

Un pensamiento épico que tiene su atractivo en conceptos abstractos como la lucha armada contra "el sistema", o por los "valores" puros de una cierta interpretación del islam. "La jihad reemplazó el mito de la revolución socialista", aclara Roy.

Ante el discurso del "problema del islam" de la extrema derecha luego de los atentados de enero en París comenzaron a aparecer muchos debates en los medios franceses que muestran que las estructuras sociales que se generan en torno de las mezquitas a veces incluso pueden crear un ambiente que desincentiva la influencia de los discursos neofundamentalistas.

Por eso este proceso, que muestra una cara hasta caricaturesca en el auge que tienen desde no hace muchos años la preocupación de la comida kosher o hallal, encuentra su argumento y su campo de batalla no en Medio Oriente o en sus problemáticas locales, sino en Occidente y en la periferia del mundo musulmán, que son también las calles de París.

El autor es periodista especializado en Medio Oriente

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