El negocio de la droga se expande en silencio

Los cultivos ilegales y la violencia narco están en auge, con los carteles mexicanos como actores
Ramiro Pellet Lastra
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17 de junio de 2018  

Los presidentes pasan, los narcos quedan. Habrá una nueva etapa política luego del ballottage de hoy entre Iván Duque y Gustavo Petro, con un nuevo presidente. Pero los colombianos temen que el negocio de la droga y las muertes asociadas al narcotráfico seguirán entre ellos, incluso con más energía y capacidad de daño.

Así lo marcan las estadísticas, que revelan que los cultivos ilegales y la violencia criminal viven en Colombia un peligroso boom, que crece a pesar de las cambiantes -y a menudo decepcionantes- estrategias oficiales.

"El país está inundado de coca, sobre todo en las zonas fronterizas", advirtió días atrás el procurador general, Fernando Carrillo. Colombia es el primer productor mundial de hojas de coca y el mayor productor de cocaína. Los cultivos alcanzaron las 180.000 hectáreas en 2017, la cifra más alta en dos décadas.

¿Pero quiénes son estos narcos que prosperan como nunca? Son grupos que se disputan las distintas etapas del negocio, desde el cultivo a la exportación, en las alturas marginales y las zonas fronterizas. Bandoleros asociados a los carteles mexicanos, llegados con toda su experiencia de traficar a Estados Unidos y convertidos enseguida en los amos del juego.

"El gran cambio de los últimos 15 años ha sido la irrupción de los mexicanos, que pasaron a controlar el negocio y mostraron un nivel de crueldad, violencia y desestabilización mayor que los colombianos", dijo a LA NACION Francisco Miranda, director de la consultora política EmeTres. Y destacó que ahora Colombia es además un país de consumo, una novedad, con la consiguiente violencia urbana que se desató por la captura de los nuevos mercados.

Queda claro que el negocio de la droga es innovador como Silicon Valley: los narcos cambian de nacionalidad, territorios y objetivos, pero también de estilo, tamaño y estructura. Y se abren camino con facilidad entre las trampas y tretas tendidas más o menos a ciegas por las autoridades.

La fundación InSight Crime, dedicada a investigar el crimen organizado, señaló en un informe que los señores de la droga se sacaron las botas de cocodrilo y que es probable que "conduzcan una Toyota en vez de una Ferrari, y que vivan en un departamento de clase media alta en lugar de habitar una mansión".

Entre estos tiempos violentos y los también criminales años 80, cuando la marca registrada de los bajos fondos era el capo del cartel de Medellín Pablo Escobar y su zoológico privado, los narcos se volvieron más discretos. A la hora de matar -como marca el dicho mafioso- mejor que parezca un accidente.

Escobar, por su rústica presencia y su exotismo hollywoodense, desató desde entonces una industria de biografías, novelas y series que labraron en el imaginario la estampa del perfecto narco colombiano, por no decir latinoamericano. Quizás sea la hora de ajustar la lente y enfocar con más precisión.

"Afuera se quedaron con el estereotipo de Escobar, pero ya no es así. Los grandes carteles se disgregaron en pequeñas organizaciones más especializadas", señala Miranda.

En los últimos años, los gobiernos demostraron cierta capacidad en la lucha contra los carteles y la erradicación de cultivos, según los especialistas. Pero no avanzaron hacia un Estado presente. Muchos campesinos optan por cultivar coca para el mercado internacional.

El vacío lo llenan las bandas armadas: residuos de las FARC, la guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN) y milicias que buscan su botín, en una mezcla de ataques y contraataques, ajustes de cuentas y persecuciones, de comandos del ejército.

Mientras tanto, sube la cifra de muertos. Solo entre enero y abril pasados hubo 3500 asesinatos en 12 regiones. La fiscalía general indicó que los asesinatos aumentaron en esos cuatro meses hasta 200% respecto al mismo período del año anterior.

El gobierno colombiano de Juan Manuel Santos espera erradicar por la fuerza 65.000 hectáreas este año, que deben sumarse a las 52.000 presuntamente erradicadas en 2017. "Partimos de la base de que tenemos 180.000 hectáreas y la meta para 2023 son 90.000", informó el ministro de Defensa colombiano, Luis Carlos Villegas.

Pero yerba mala nunca muere. Los cultivos vuelven a crecer tan pronto como los soldados se alejan silbando una marcha o cuando pasó el avión rociando los pesticidas que, según las denuncias, hacen peligrar la salud de los campesinos.

¿Alcanzará con escarbar los cultivos y rociar el campo? ¿Pondrá en marcha el nuevo gobierno que asumirá en agosto la promesa de ofrecer alternativas a los campesinos? Como escribió Juan Carlos Garzón, analista de la Fundación Ideas para la Paz, Colombia hasta ahora ha supuesto, de manera equivocada, "que el problema son las matas de coca y no la necesidad de un Estado que funcione".

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