El ocaso de una potencia: una Francia golpeada pierde la fe en su futuro

Las perspectivas para los próximos dos años alimentan el pesimismo; según un centro de estudio, va camino a ser una "economía periférica"
Luisa Corradini
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24 de noviembre de 2013  

La depresión que aqueja desde hace meses a Francia es tan profunda que el martes pasado, cuando la selección nacional se clasificó para ir al Mundial, el país se lanzó a las calles a festejar como si hubiera ganado la Copa del Mundo y los medios se preguntaron si ese acontecimiento no serviría para devolver la fe en el futuro.

La respuesta fue un rotundo no (68%), según una encuesta realizada por la cadena de televisión France 3. Aunque lo contrario hubiera sido desconcertante en el país más pesimista del mundo, según otro reciente sondeo internacional.

Lo cierto es que algunas cifras de la quinta potencia económica del mundo dan escalofríos: crecimiento para 2013 de 0,2% y con escasas perspectivas positivas para los próximos dos años, un desempleo cercano al 11%, una competitividad estable desde 2011, que tampoco consigue despegar, un número de quiebras que nunca antes se había registrado en el país: en los últimos 12 meses, 62.431 empresas fueron colocadas en trámite de salvaguarda, bajo control judicial o simplemente liquidadas. Todo ello, con la consecuente destrucción de puestos de trabajo que suma desesperanza al pesimismo.

A los 53 años, sola y con tres hijos, Marie-Christine Blot es el ejemplo de ese desaliento. La empresa Fagor-Brandt, líder del mercado de electrodomésticos en Francia, para la que trabaja desde hacía 21 años, acaba de anunciar su quiebra, que pone en peligro el porvenir de más de 1800 personas.

"Se terminó. ¿Dónde podré encontrar trabajo a mi edad? ¿Cómo hacer para pagar los estudios de mis hijos y las cuotas de la compra de mi casa?", se lamenta.

El viernes fue la empresa de logística Mory Ducros la que pidió convocatoria de acreedores y podría dejar en la calle a 7000 personas. Con una pérdida de casi 80 millones de euros en los últimos 16 meses, Mory Ducros podría ser la quiebra más importante desde que el presidente François Hollande asumió el poder, en mayo de 2013.

Es verdad que, contrariamente a los trabajadores de países emergentes, cada europeo puede beneficiarse con un seguro de desempleo que lo acompaña durante meses, y a veces años. "Sin embargo, el desempleo es vergonzante. El que no trabaja desaparece de la sociedad y está convencido de que ha perdido su puesto por su culpa", señala el sociólogo Martin Fistch.

La situación social se degradó tanto que uno de cada seis chicos de 6 a 18 años (17%) padece de alguna forma de exclusión social, según un estudio publicado la semana pasada por Unicef Francia.

Y como corolario de esa retahíla de malas noticias, el presidente de la república que, con apenas 20% de opiniones favorables –el nivel más bajo de todos los jefes de Estado desde 1958–, seguirá al frente del país hasta 2017.

Hoy, François Hollande se encuentra solo frente a un país nervioso por el rigor de las ofensivas impositivas que le cayeron encima sin aviso previo. Pero lo peor es que esa ola de impuestos aún no sirvió para nada: la nota de Francia fue reducida por la agencia de calificación Standard & Poor’s, y la Comisión Europea persiste en exigir ajustes.

Para que el déficit baje, Bruselas reclama reformas estructurales y recortes de gastos. En otras palabras, más rigor. Y, si por casualidad Hollande fuera presa del antojo de enviarlos a pasear, tampoco podría. Porque la deuda pública, que se elevará al 95% del PBI el año próximo, prohíbe toda fantasía.

Pero ¿cómo reformar? "Así como es imposible prohibir las armas en Estados Unidos, es impensable dejar a los franceses sin subsidios", señaló el economista Philippe Dessertine.

Jacques y Emilie Frechon son el ejemplo típico. Dueños de un pequeño almacén en el barrio parisino de la République, ambos dependen de los 350 euros de "subsidio familiar" que les paga el Estado para ayudarlos a mantener a sus tres hijos. La pareja, que trabaja seis días por semana, tiene un ingreso de 1800 euros mensuales. Sin esa ayuda oficial, se verían obligados a "decir adiós hasta a los más ínfimos placeres", afirman.

El ingreso medio mensual de una familia en Francia se eleva a 2300 euros. Pero esa cifra no refleja la cantidad de subsidios que provienen del Estado. En este país, la educación primaria, secundaria y universitaria es gratuita, lo mismo que la salud. El sistema de jubilación, similar al de la Argentina, es público.

El costo de la salud, la jubilación y la solidaridad social son solventados con los impuestos que pagan trabajadores y empleadores. Los asalariados contribuyen con el 22% de sus ingresos. Un empresario debe pagar 48% de impuestos sobre el salario de sus empleados.

Visto desde el exterior, el país es víctima de su apego visceral al consenso y al statu quo. Una actitud que lo está transformando en una "economía periférica", según un reciente estudio del think tank Peterson Institute. El documento no sólo insiste en "la incapacidad francesa de reformarse", sino en su "evidente pérdida de influencia desde que comenzó la crisis". "La Alemania de Angela Merkel se beneficia hoy con las reformas realizadas por su antecesor Gerhard Schröder", señala.

Ni Jacques Chirac ni Nicolas Sarkozy ni François Hollande hicieron nada para poner fin al ocaso desde la adopción del Tratado de Maastricht, en 1992, afirmó el danés Jacob Kirkegaard, autor del estudio.

"Derecha e izquierda favorecen el statu quo y temen las manifestaciones populares, que terminan por bloquear toda tentativa seria de reforma", resume.

Al llegar al poder, en mayo de 2012, Hollande prometió al país un futuro mejor. Ahora se encuentra ante un terrible dilema. Reconocer un error estratégico significaría debilitar todavía más su credibilidad. Pero seguir haciendo alarde de optimismo podría terminar por desvitalizar la función presidencial, pasablemente maltrecha durante el quinquenio de su antecesor, Nicolas Sarkozy.

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