El odio que envenena a una sociedad

Pierluigi Battista Corriere Della Sera
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15 de diciembre de 2009  

ROMA.- El odio político es un monstruo que, desenfrenado, resulta muy difícil de domar. Aunque no esté armado de una ideología sistemática (como ocurre en el caso del terrorismo propiamente dicho), aunque haya incendiado una mente aislada (y, por lo que parece, enferma), como ocurrió con la agresión contra Berlusconi anteayer en el Duomo de Milán, el odio político se deposita como un veneno que intoxica la discusión pública. Reduce al adversario a un simple blanco que debe ser aniquilado. Que debe ser destruido: simbólicamente, pero también físicamente.

No se trata tan sólo de tonos exasperados. Es la idea de que la lucha política no dispone de límites ni contrapesos para la agresividad verbal. Es la degradación del adversario a la categoría del enemigo que debe ser eliminado. No la lucha política que, aunque encendida, asume la forma de una competencia leal entre filas que reconocen recíprocamente su legitimidad. Esto es la versión primitiva de la política como simulacro de una guerra civil.

Esta versión domina hoy la política italiana con un aumento de la hostilidad que roza la guerra antropológica entre dos Italias que se odian y son incapaces de dialogar.

La cruenta agresión de anteayer contra el primer ministro es fruto de esta degeneración. Todos deberíamos entenderlo, también los que han desdeñado los llamados contra la militarización de la política al considerarlos un acto de esnobismo, de etiqueta verbal. O directamente como una deserción. No: cualquiera podría ver adónde iría a parar la política si fuera un choque total que equipara toda moderación a un derrumbe inmoral o a una concesión. Sólo es necesario razonar un poco.

Las palabras con las que el jefe de Estado, Giorgio Napolitano, comentó la agresión contra el primer ministro Berlusconi se dirigieron contra los que pretendieron adoptar una actitud de justificación. Pero también se manifestaron en contra de la minimización del ataque contra Berlusconi, considerada la expresión patológica de un desequilibrado solitario, "al estilo estadounidense", más que un resultado de la tradición italiana de violencia organizada.

En parte, por supuesto, también es eso. Quien, como el que escribe, estaba anteayer en la reunión de la plaza en el momento de la agresión, advirtió de inmediato que no existía un vínculo explícito entre el hombre que golpeó la cara de Berlusconi con un objeto contundente y el grupo que abucheó todo el tiempo al premier.

Pero todos los presentes tuvieron la clarísima sensación de que el abucheo estaba instigado por una hostilidad irreductible contra un enemigo a quien ni siquiera se le reconocía el derecho de expresión. Arremetían contra la personificación del mal más que contra el jefe de un gobierno adversario. Se sentían abanderados de una causa justa como puede serlo el derrocamiento de un tirano, no de un ganador de elecciones libres y democráticas. Y ése es el vínculo, psicológico y político, que une la violencia verbal con la violencia material. Ambas compartían la misma atmósfera.

Y por eso no es una locura que anteayer Internet se convirtiera en un campo de batalla y que, en Facebook, "el club de fans de Massimo Tartaglia" consiguiera en pocas horas millares de adhesiones.

Es desalentador que, en un país en el que la violencia política ha provocado las situaciones por demás trágicas, no se imponga la conciencia de que un lenguaje público colmado de odio, un ataque contra la persona y no contra las ideas, puede desembocar en gestos terribles que, al no estar desprovistos de contextos, provocan un clima que alimenta la locura agresiva y convierte la agresión física en un desafío sin frenos ético-políticos.

Ahora este clima, que llegó a su punto más alto con los hechos de Milán, debe ser frenado y superado. No para abolir la lucha política, sino para detener la degeneración belicosa, violenta, brutal y profundamente antidemocrática. Y eso exige el esfuerzo conjunto de todos: de todos, sin exclusiones.

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