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El Papa abogó por una patria palestina

En Belén, frente a Yasser Arafat, Juan Pablo II defendió las "legítimas aspiraciones" a que tengan un Estado
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23 de marzo de 2000  

BELEN.- Ayer fue un día triunfal para Yasser Arafat. El Papa, en su anhelada visita a este misterioso sitio donde hace 2000 años nació Jesús, no sólo volvió a hacer un urgente llamado a la paz y a la justicia, sino que también respaldó con fuerza las "legítimas aspiraciones palestinas" a tener un Estado, aunque evitó mencionar esta palabra.

"Paz para el pueblo palestino. Paz para todos los pueblos de esta región. Nadie puede ignorar todo lo que ha sufrido el pueblo palestino en los últimos decenios. Vuestro tormento está ante los ojos del mundo, y ha durado demasiado tiempo", exhortó un cansado pero contento Karol Wojtyla tras arribar a esta ciudad bajo control de la Autoridad Nacional Palestina, ante un Yasser Arafat emocionado hasta las lágrimas.

"La Santa Sede siempre ha reconocido el derecho natural de los palestinos a una patria -recordó-, y el derecho a poder vivir en paz y tranquilidad con los otros pueblos de esta área".

Pese a que evitó mencionar la existencia de un Estado, su posicionamiento a favor de una "patria" para los palestinos a una "patria" para los palestinos fue interpretado por sus anfitriones como un apoyo implícito a la creación de un Estado, que prevén proclamar este año.

"Mis predecesores y yo repetidamente hemos proclamado en foros internacionales que no se puede poner fin al triste conflicto en Tierra Santa sin fuertes garantías para los derechos de todos los pueblos implicados, sobre la base de la ley internacional y las resoluciones de la ONU", agregó.

Interrumpido entonces por un largo aplauso, el Pontífice añadió que hay que continuar trabajando y rezando para llevar paz a esta tierra: "Sólo con una paz justa y duradera, no impuesta, sino garantizada mediante negociaciones, las legítimas aspiraciones del pueblo palestino serán satisfechas". "Sólo entonces la Tierra Santa tendrá la posibilidad de un futuro más luminoso, no derrochado en rivalidades y conflictos, sino fuertemente basado en la comprensión y cooperación en el bien de todos."

El significativo discurso del Papa -que demostró así la simpatía y empatía que lo vinculan desde hace tiempo a la causa palestina-, fue recibido en Israel con frialdad, pero sin críticas.

"Fue políticamente correcto", dijo anoche Shlomo Ben Ami, ministro de seguridad interna israelí. "El Papa reconoció una tragedia humana, y es comprensible. Estoy absolutamente de acuerdo con las declaraciones que reconocen el sufrimiento del pueblo palestino", agregó.

Juan Pablo II habló en el palacio presidencial de Belén -que queda unos 10 kilómetros al sur de Jerusalén-, tras llegar en el papamóvil desde el helipuerto, donde aterrizó muy temprano en la mañana. Antes, como tenía previsto, visitó Qasr al-Yahoud, uno de los dos sitios cercanos al río Jordán en los que se cree que fue bautizado Jesús, que se encuentra en una zona militar bajo control israelí, cerca de Jericó.

No bien bajó del helicóptero, fue recibido por Arafat -vestido con su tradicional traje militar y kefíeh a cuadros negros y blancos-, que estaba con su esposa Suha. Como suele hacer, el Papa enseguida besó la tierra en la que nació Jesús, en otro gesto simbólico porque los palestinos aún no tienen un Estado. "Lo extraño hubiera sido que no lo hiciese", dijo más tarde su vocero, Joaquín Navarro Valls.

La cuestión de Jerusalén

En su discurso de bienvenida, Arafat, que no se despegó durante todo el día del Papa, e incluso asistió a la emotiva misa que celebró más tarde en la Plaza del Pesebre, agradeció calurosamente la presencia de Su Santidad, así como su "posición en apoyo a la causa" palestina. Y, además, dijo unas palabras destinadas a abrir otro conflicto con Israel, al proclamar sin medias tintas que Jerusalén, una "ciudad ocupada", es "la capital eterna de Palestina".

Anteayer, al recibir al Papa en Tel Aviv, el presidente israelí, Ezer Weizman, había pronunciado exactamente las mismas palabras al hablar de la ciudad santa como "la capital del Estado judío".

Tras este encuentro, el Papa ofició misa ante a unas emocionadísimas 6000 personas en la Plaza del Pesebre, decorada como el resto de la ciudad -de unos 35.000 habitantes- como para una verdadera fiesta. El grito "¡viva el Papa!" fue el que más se oyó durante la celebración, a la que asistieron fieles de todos los rincones del mundo: no sólo cristianos palestinos (que aquí son una minoría), sino también peregrinos venidos de todo el mundo. Pese al día frío y gris, estos llegaron a la plaza muy temprano por la mañana, armados de sillas plegables, banderas, pancartas, pañuelos amarillos y blancos, y remeras con una vieja foto del Papa junto a Arafat.

Un hecho curioso fue que en un momento la misa fue interrumpida unos minutos, para permitir que el almuédano de la mezquita llamara a los fieles musulmanes para el rezo del mediodía. Fue justo cuando el Papa terminó su homilía. Y entonces un extraño silencio se entremezcló con el canto en árabe. Más tarde, Navarro Valls explicó que la extraña interrupción había sido planeada de antemano para demostrar el respeto mutuo que se tienen las dos religiones monoteístas.

Sin temor

El Papa, que habló en un altar adornado por una enorme estrella cometa, como la que guió a los Reyes Magos para llegar al sitio del nacimiento del Salvador, habló del significado de la Navidad y recordó que Jesús nació de noche, en la oscuridad, en el silencio y en la pobreza. Acto seguido afirmó, en otro reconocimiento a los sufrimientos del pueblo palestino, que "éste es el lugar que ha conocido el yugo y el bastón de la opresión".

Además, pidió no "tener miedo a la paz", así como, a los cristianos en especial, que "no teman" preservar su presencia y herencia "en el mismo lugar en el que el Salvador nació". Aludió así al temor de la Iglesia Católica a que cada día que pasa son menos los cristianos que viven aquí.

Más tarde visitó la imponente Iglesia de la Natividad, en cuyo interior se encuentra la Gruta de la Natividad, donde, según la tradición, nació Jesús. Luego de rezar allí, el anciano pero incansable pontífice fue protagonista de otro gesto de alto voltaje político, al visitar el campo de refugiados de Deheisha, muy cercano a esta ciudad. Recibido como un héroe, el Papa pronunció un discurso en el que destacó "las degradantes condiciones en las que los refugiados y desplazados muy a menudo viven". Situaciones que, definió, son "difícilmente soportables" y que necesitan de urgentes medidas para una "justa solución". "Sólo un esfuerzo verdadero por parte de los líderes en Medio Oriente y toda la comunidad internacional puede resolver las causas de vuestra situación", dijo.

El Papa concluyó así su tercer y agotador día en Tierra Santa. Un día en el que vivió un intenso momento religioso y, también, político. Un día que en la memoria de Arafat quedará marcado como el del gran triunfo, al obtener un gran espaldarazo por parte del papa peregrino, mensajero de la paz.

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