El Papa puso fin a su viaje más trascendente

Bendijo el Muro de los Lamentos y ofició una misa en el Santo Sepulcro
Bendijo el Muro de los Lamentos y ofició una misa en el Santo Sepulcro
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27 de marzo de 2000  

JERUSALEN.- Con un gesto extraordinario, que sorprendió al mundo entero, el Papa no sólo rezó ayer en el Muro de los Lamentos, el lugar más sagrado del judaísmo, sino que también, en otro gesto de enorme trascendencia tanto política como religiosa, lo bendijo con la señal de la cruz.

Como suelen hacer los hebreos, colocó entre sus milenarios bloques de piedra un "fituch", es decir el papelito que, según la tradición, contiene pedidos, meditaciones, y oraciones, a Dios. En la carta, escrita en inglés, que con mano temblorosa dejó entre las piedras, un humilde y pensativo Juan Pablo II volvió a pedir el perdón divino por los sufrimientos ocasionados "en el curso de la historia" al pueblo judío.

Fue sin duda el momento más significativo de su histórico peregrinaje de reconciliación a Tierra Santa, que culminó ayer con una misa también simbólica en la Iglesia del Santo Sepulcro, el sitio más sagrado del cristianismo: allí se cree que Jesús vivió la pasión, fue sepultado, y resucitó.

Ver al Papa en el Muro de los Lamentos -parte de lo que quedó del Segundo Templo de los judíos tras ser destruido por los romanos en el año 70, fue seguramente lo más emocionante e inesperado de su viaje tras las huellas de Jesús a dos mil años de su nacimiento. Este comenzó el lunes último en Jordania y concluyó ayer apoteóticamente en Jerusalén, ciudad santa para las tres religiones monoteístas.

En una Ciudad Vieja bajo impresionantes medidas de seguridad -sus accesos bloqueados, centenares de agentes con radios y helicópteros sobrevolando la explanada del Muro-, luego de ser recibido muy cálidamente por un rabino que le obsequió una Torá, Juan Pablo II avanzó lentamente hacia el denominado kotel con una carta en la mano. Concentrado, bajo un cielo azul límpido y un sol como no se había visto en toda la semana reflejándose en su cruz pectoral, el Papa levantó su brazo y, en otro esfuerzo, dejó su papel con el escudo papal entre las piedras amarillentas. Luego, muy pensativo, apoyó su mano temblorosa sobre un bloque del muro y, finalmente, lo bendijo, haciendo la señal de la cruz: un momento solemne.

"La bendición del Muro fue un gesto de amor del Santo Padre", explicó a La Nación el padre Bernardo Cervellara, periodista italiano de la agencia católica Fides.

"La actitud del Papa me pareció muy bien, muy correcta", dijo Kati Kaplan, una judía argentina, de San Juan, que vive aquí desde hace 16 años. "Creo que es un símbolo muy lindo y trascendente hacia Israel por parte de la persona más importante del mundo", opinó Noa Thimanlis, una joven estudiante judía de esta ciudad.

"De palabra"

Los israelíes "han descubierto, para bien", al Papa, que es una persona "de palabra", afirmaron, por su parte, fuentes del gobierno hebreo.

El texto de la carta que el Papa dejó, con su firma, en el sitio más sagrado para los judíos fue el mismo que pronunció hace dos semanas con respecto a las conflictivas relaciones entre cristianos y hebreos en la basílica de San Pedro, cuando pidió públicamente perdón por los errores presentes y pasados de los hijos de la Iglesia.

"Dios Padre, que elegiste a Abraham y sus descendientes para llevar tu nombre a las naciones, estamos profundamente dolidos por aquellos que, en el curso de la historia, provocaron sufrimiento a estos hijos tuyos. Al pedirte perdón nos comprometemos a una genuina hermandad con el pueblo de la Alianza", decía el texto.

Juan Pablo II, el papa que más hizo para impulsar y mejorar las turbulentas relaciones entre el cristianismo y el judaísmo, volvió a demostrar de esta forma su firme voluntad de reconciliación y paz, su gran objetivo en el tercer milenio.

Justamente con el mismo espíritu fue que, poco antes, visitó la explanada de las mezquitas, que queda al lado del Muro de los Lamentos y que es el tercer lugar más sagrado del islam, luego de La Meca y Medina, en Arabia Saudita.

En el marco de las imponentes mezquitas de Al-Aqsa y de la Roca, con su reluciente cúpula de oro, el Papa fue recibido por el gran muftí de Jerusalén, Ekrima Said Sabri, máxima autoridad del islam palestino, y por los exponentes más importantes de la custodia de los lugares santos musulmanes. A su llegada fueron soltadas varias palomas blancas, así como una gran bandera palestina, sujetada por decenas de globos, que comenzó a volar por el cielo, muy cerca del Muro. Se evitó así, de forma elegante, la provocación de izar allí, en la parte árabe pero bajo ocupación israelí, el estandarte verde, rojo, blanco y negro de los palestinos, que habría profundizado las peleas sobre el status de Jerusalén.

"La ciudad santa de Jerusalén ha estado eternamente ligada al islam", le dijo el muftí al Pontífice. "Le pedimos que nos apoye para que termine la ocupación israelí de Jerusalén. Usted es un gran sostenedor de la paz, y si no hay justicia no habrá paz", agregó, tal como se esperaba.

La respuesta del Papa, casi octogenario, consciente de la sensibilidad que despierta la cuestión, fue cauta y diplomática: definió Jerusalén como "parte del patrimonio común de nuestras religiones y de toda la humanidad". "Jerusalén siempre ha sido venerada por judíos, cristianos y musulmanes -le dijo-. Jerusalén es la ciudad santa por excelencia."

"Jerusalén es nuestra"

Mientras tanto, cientos de palestinos aprovecharon la ocasión para gritar consignas pro árabes, agitar sus estandartes y entonar "Jerusalén es nuestra", una popular canción árabe que reivindica la parte oriental de la ciudad, conquistada en 1967 por el Estado judío y que los palestinos quieren que sea la futura capital de su Estado.

La candente cuestión de Jerusalén también fue puesta en el tapete más tarde, cuando el Papa llegó al muy cercano Muro de los Lamentos. Allí lo esperaba una plataforma, rodeada por decenas de banderas israelíes, donde el Pontífice pudo sentarse unos minutos para escuchar el discurso del rabino Michael Melchior, que también es miembro del gabinete israelí.

A diferencia del premier Ehud Barak y del presidente Ezer Weizman, Melchior no dijo tajantemente que Jerusalén era la "capital única e indivisible" del Estado judío, sino que fue más suave. Afirmó que el lugar demostraba "los lazos eternos entre el Creador del mundo y el pueblo judío".

En su discurso, que fue muy emotivo, Melchior leyó un salmo, le dio una cálida bienvenida al Papa -que se convirtió en el primer pontífice en rezar en el Muro- y aludió a los dramáticos tiempos de la Inquisición, de la persecución y del exterminio nazi sufridos por su pueblo. Además, habló del comienzo de "una nueva era" que lleve la paz a todas las religiones -judía, musulmana y cristiana- para que "nunca más puedan pervertirse los sublimes valores de la religión para justificar una guerra".

"Nunca más -dijo varias veces-, porque hoy nos comprometemos a poner fin a las manipulaciones de la santidad de Jerusalén por juegos políticos. Jerusalén debe rechazar el odio, las luchas y los baños de sangre, y ser nuevamente la "ciudad de la paz" y fuente de santidad."

A su turno, el Papa leyó en latín el salmo 122, que alude a la peregrinación de Jerusalén y que fue el mismo utilizado poco antes por el rabino.

Mientras esto se decía, un par de religiosos ultraortodoxos que intentaban protestar por la visita del Santo Padre al Muro de los Lamentos fueron arrestados, así como algunos integrantes del grupo extremista Kach.

Episodios menores que no enturbiaron en absoluto el histórico viaje jubilar del Papa a las raíces del cristianismo. Un peregrinaje de reconciliación, que para el frágil pero determinado sucesor de Pedro significó el cumplimiento de un sueño: enviar un mensaje de amor, paz y justicia a una de las regiones más calientes del planeta. Un sueño que pudo verse concretado ayer en su mirada cansada, pero feliz, cuando a las 19.30, hora local (14.30 en la Argentina), desde la puerta del avión de El Al que lo llevó de regreso a Roma, saludó a la Tierra Santa.

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