El paro en Chile terminó con una marcha histórica

Sindicatos y estudiantes coparon las principales ciudades; nuevos incidentes
Carlos Vergara
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26 de agosto de 2011  

SANTIAGO, Chile.- Una jornada histórica, descrita como una de las mayores marchas desde el regreso a la democracia en Chile, tuvo lugar ayer en Santiago y las principales ciudades del país, en el marco del segundo día del paro nacional convocado por los trabajadores en contra de la nerviosa administración del presidente Sebastián Piñera.

Como ya es común, la masividad informada por los trabajadores (más de 600.000 manifestantes en todo el país) fue desmentida por el gobierno, pero durante gran parte del día las ciudades se convirtieron en coloridos ríos humanos que se desplazaban pacíficamente con una ensordecedora banda sonora de cánticos, consignas y cacerolazos, con demandas de reformas laborales, políticas, tributarias, constitucionales, y de mejoras en la salud y la educación.

Junto con ello, también hubo barricadas, disparos, saqueos e incendios, que lograron paralizar el comercio y alteraron la calma habitual en diversos barrios del país. Anoche, se extendían los piquetes por Santiago y varias rutas del país.

La jornada empezó con graves hechos de violencia. A las 3, una turba destrozó la sede del Colegio de Profesores, al tiempo que un grupo de encapuchados asaltó una estación de servicio en pleno centro de Santiago. Los violentos luego dispararon contra carabineros. El primer balance, entregado por el gobierno a las 7, daba cuenta de enfrentamientos en Cerro Navia, Peñalolén, San Bernardo y La Florida.

"Los cobardes y los delincuentes no respetan las ideas e hicieron vivir una noche de terror a todos los vecinos de Santiago", se quejó la intendenta de la capital chilena, Cecilia Pérez, que autorizó las marchas por recorridos que no involucraran la Alameda, la principal vía de Santiago. El vocero de gobierno, Andrés Chadwick, fue claro y tajante: "Al gobierno no le temblará la mano si hay desmanes".

Con el correr de las horas, interminables marchas comenzaron a copar las calles de Valparaíso -donde se congregaron más de 25.000 personas-, Concepción, Talca y otras de las principales ciudades del país.

En la capital, el transporte público funcionaba correctamente, mientras el gobierno insistía en que la adhesión al paro era marginal: un 9,1% de los empleados públicos. Según el Ejecutivo, unas 175.000 personas marcharon ayer.

Tal como ocurrió en las marchas de los estudiantes, los sectores marginales fueron los promotores del desorden y fueron los propios manifestantes quienes -paradójicamente- defendieron a los carabineros.

Entre los manifestantes de Valparaíso, la originalidad y la ideología volvieron a imponerse, con consignas como una clásica cita de John F. Kennedy: "Los que hacen imposible una revolución pacífica harán inevitable una revolución violenta".

Las consignas reflejan los alcances del malestar. Algunos estudiantes se pasearon desnudos, con leyendas como "Patagonia sin represas, educación sin empresas, matrimonio con la misma presa", en referencia a tres de las principales demandas actuales de la sociedad: su rechazo a la instalación de la hidroeléctrica Hidroaysén en el sur del país, el fin del lucro en la educación y el matrimonio entre personas del mismo sexo.

El presidente de la Central Unitaria de Trabajadores (CUT), Arturo Martínez, refutó las críticas que lo acusaban de colgarse del movimiento estudiantil para hacer sentir sus demandas. Pero a la hora de los balances, volvió a asomar la voz de la líder estudiantil Camila Vallejo: "Quiero interpelar a las autoridades; si quieren dialogar, primero reconozcan la validez del movimiento".

El ministro de Economía, Pablo Longueira, fue uno de los pocos oficialistas que, pese a condenar el paro, hicieron una autocrítica política. "Quiero ser honesto: si yo tuviera esa realidad, yo marcho y esto es lo que debemos cambiar en Chile; esto debimos cambiarlo hace mucho tiempo. La primera señal social fueron los «pingüinos» y no fuimos capaces de entenderla", explicó, aludiendo al movimiento de estudiantes secundarios que provocó la primera gran crisis durante el gobierno de la ex presidenta Michelle Bachelet.

La misma generación compone hoy el movimiento universitario que tiene en jaque al gobierno de Piñera desde hace más de tres meses.

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