El precio de la guerra en Irak

El análisis de la noticia
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26 de mayo de 2003  

MADRID (De nuestra corresponsal).- Cualquiera que en los últimos meses haya tenido la suerte de auscultar las dos geografías que anoche fueron noticia internacional advierte hasta qué punto lo ocurrido ayer en España e Israel, tan distinto un hecho del otro, son hijos diferentes de una misma madre: la guerra de Irak.

Hablamos de dos hechos bien diferentes. Un resultado electoral en España y la anhelada aceptación del plan de paz en Medio Oriente por parte del gobierno israelí. A simple vista podría sonar a un intento por asociar peras con naranjas, pero ambos frutos nacieron regados por el mismo efecto: el bombardeo norteamericano en Bagdad.

El presidente José María Aznar comprendió anoche hasta qué punto la inédita movilización callejera que abrumadoramente le pidió que no apoyara la guerra fue capaz de castigar su decisión de seguir adelante con esa impopular y solitaria posición. Su partido dejó de ser el más votado por los españoles.

"Les pido que me comprendan, sé lo que hago", había rogado por la televisión estatal cuando ratificó su adhesión a George W. Bush y aseguró conocer detalles sobre la existencia de armas de destrucción masiva en el país invadido que aún hoy, con la guerra terminada hace meses, siguen sin aparecer.

Con el adverso resultado electoral, anoche el castellano se convirtió en quien más caro pagó el precio de su decisión en el triunvirato que junto con Bush y el premier británico Tony Blair impulsó el ataque. A él su gente no lo perdonó y son varias las razones que pesan en este castigo que lo diferencia de sus otros dos socios.

En la otra mano y con distinto signo, la misma guerra pesó sobre la decisión de Ariel Sharon, quien anoche tuvo que aceptar lo que resistía: compartir territorio con un Estado palestino de futuro nacimiento.

Sharon no tenía modo de negarse al pedido que en ese sentido le hizo la potencia que acaba de destronar a Saddam Hussein, su principal adversario en la región. Ni tampoco al clamor de buena parte del pueblo israelí, harto de una situación de guerra permanente.

Aznar se puso voluntariamente en la primera línea de respaldo y pagó un precio. Sharon rezó por el éxito de los bombardeos que, sin sangre de los suyos, derrocaron a su adversario. Y el precio fue otro. Finalmente, la guerra que ambos apoyaron por razones personales los estaba esperando, hasta que los encontró.

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