El sorpresivo bajón de Obama desconcierta a todos en EE.UU.

Aunque el presidente minimizó su pasividad en el debate con Romney y su baja en los sondeos, la alicaída imagen que mostró en los últimos días generó incertidumbre entre los demócratas e impulsó a los republicanos, que hasta se plantearon si en realidad quiere otro mandato
Silvia Pisani
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14 de octubre de 2012  

WASHINGTON - Él dijo que fue nada más que "una mala noche, una de esas que tiene cualquiera" , y que ya pasó. Tanto minimizó la cosa que llegó al extremo de pedir a sus simpatizantes que "levanten el ánimo", como si la depresión hubiese sido de ellos, y no de él.

En el otro extremo, los republicanos, conscientes de estar ante lo que, tal vez, sea su última chance de torcer una campaña en la que vienen pedaleando cuesta arriba, se aferraron a la oportunidad e impulsaron la idea de que, quizá, se esté ante algo más serio. Por ejemplo: ante la impensada hipótesis de un Barack Obama cansado y sin deseo real de ganar un nuevo mandato.

"Para tenerlo hay que desearlo. Obama parece haber olvidado esa máxima básica. Y me pregunto si Obama realmente lo desea", sintetizó, por caso, el ex legislador republicano Joe Scarborough, en una columna en el sitio de Internet Politico que dio mucho que hablar.

Pero no sólo él. La verdad es que no hubo medio norteamericano –ni, posiblemente, despacho político en esta ciudad– en los que no reinara el desconcierto ante la sorprendente pasividad que mostró Obama en su primer debate con el republicano Mitt Romney. Por momentos, como un boxeador sin oxígeno, ausente .

Si mostrarse alicaído y desganado, no parece la mejor receta para ganar una campaña presidencial, que eso ocurra en el contexto de una carrera ajustada, plagada de problemas y entrando en el tramo final, puede parecerse a jugar con fuego.

"Fue tan serio lo que pasó que produjo un cambio total en el ánimo demócrata. Durante días, la pregunta dejó de ser qué hacemos ahora, para ser reemplazada por un desconcertante qué es lo que ocurrió", sintetizó Eugene Dionne, de la Brookings Institution, en un ensayo titulado "El ánimo sí cuenta".

Los republicanos celebraron el cambio de viento. Pero no duró mucho: la doble sangría demócrata –en la moral y en las encuestas– pareció detenerse el jueves pasado.

Ese día, el vicepresidente Joe Biden consiguió lo que se esperaba de él: levantó el temple de la base partidaria a fuerza de sacudir a su contrincante Paul Ryan en el único debate televisivo que les tocó en suerte. Unos 50 millones de personas los vieron cruzarse dardos verbales. Pero la joven promesa republicana no lo hizo nada mal y las cosas quedaron parejas.

"Asistimos a un cambio de juego. Lo que resta saber ahora es si se trata de una alteración parcial o si se trata de algo más de fondo", dijo el estratega republicano Wes Anderson. Con más de dos décadas de experiencia en encuestas políticas, aseguró que ambas opciones están aún abiertas.

Los últimos indicios mostraban una carrera aún estrecha, pero con un margen que tendía a abrirse a favor de los demócratas. Por caso, anteanoche, el sondeo telefónico de Reuters/Ipsos mantenía al republicano con un punto porcentual por encima de Obama: 46% frente a 45 por ciento.

Sin embargo, el día anterior, esa diferencia era mucho mayor y llegaba a los tres puntos. Eso confirma la impresión de que los consultados reaccionaron al intenso debate entre los "número dos" de cada fórmula.

"Ya se sabe que los debates de los vicepresidentes no cambian resultados electorales, pero es probable que éste haya sumado para cambiar la marea", dijo la encuestadora de Ipsos Julia Clark.

Pasado mañana llegará el segundo debate entre Obama y Romney y, con él, nuevas complicaciones para el presidente, ante la trama que empieza a aflorar tras el ataque al consulado norteamericano en Benghazi. La agresión costó la vida al embajador de Washington en Libia y a tres estadounidenses más.

Romney está dispuesto a morder a fondo en eso que algunos republicanos ya definen como un "escándalo". Días pasados, un funcionario del Departamento de Estado y un oficial de la Guardia Nacional, encargados de la seguridad en Libia, confirmaron ante el Congreso que habían pedido refuerzo de la seguridad, pero que Washington rechazó el requerimiento.

Los otros ejes de la disputa para esta recta final rondan en torno de la economía. La actividad no termina de recuperarse y el desempleo sigue inquietando a los norteamericanos, pese a haber bajado de la barrera del 8% después de tres años.

La deuda fiscal –y la responsabilidad de cada uno de los partidos en ella– es otra parte del debate, así como el temor de una suba de impuestos para solventar gastos.

Para el futuro –y para quienes estudian los debates presidenciales– quedará el misterio de lo que le ocurrió a Obama en la noche del 3 de octubre, cuando, a la hora de enfrentar cara a cara a su adversario, pareció desconectado y ausente.

No todos aceptaron de buenas a primeras el "una mala noche la tiene cualquiera" que ensayó como respuesta. Por detrás, hubo conjeturas de todo tipo. Desde la "altura" de Denver, donde transcurrió el cruce –a 1609 metros sobre el nivel del mar–, hasta la eventualidad de algún malestar físico o algún calmante de dolor que haya adormecido al presidente.

Visto con humor, la mejor síntesis la tuvo el senador demócrata Dick Durbin. "No sé qué le ocurrió al presidente –dijo–. Pero si me permite un consejo, le sugeriría que, antes del debate, coma lo mismo que Biden antes de cruzarse con Ryan. No tengo idea de qué fue, pero le sentó de maravilla."

Del editor: cómo sigue.

En una campaña tan pareja, Obama no puede permitirse ceder más terreno, por lo que deberá pasar a la ofensiva en el duelo del martes con Romney.

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