El viejo debate de la soberanía vuelve a escena

Peter Baker
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10 de marzo de 2014  

WASHINGTON-. Se quisieron separar de un país al que consideran hostil. El gobierno central protestó y denunció una violación al derecho internacional. Pero con la ayuda de una poderosa milicia extranjera, lograron cortar lazos.

La secesión kosovar de Serbia en 1999 abrió una grieta profunda entre Estados Unidos y Rusia, que agrió las relaciones durante años. Washington apoyó la apuesta independentista de Kosovo, que culminó en 2008, mientras que Moscú lo veía como una violación a la soberanía de Serbia.

Ahora, 15 años después, los ex adversarios de la Guerra Fría se encuentran nuevamente enemistados, pero esta vez han intercambiado lugares: Rusia proclama a viva voz el derecho de Crimea de separarse de Ucrania, mientras que Estados Unidos dice que la pretensión es ilegítima. El enfrentamiento en Ucrania revivió un debate que lleva siglos: el derecho de autodeterminación versus la integridad territorial del Estado-nación.

El choque en Crimea no es un reflejo exacto de los eventos de Kosovo, especialmente cuando las tropas rusas ahora ocupan la península y se ha llamado a un referéndum para el 16 de marzo sobre la desvinculación de Ucrania y la anexión a Rusia. Si bien Estados Unidos intervino militarmente en Kosovo, no lo hizo para ocupar el territorio. Pero el caso actual resalta nuevamente que más allá de la declamación de grandes principios, que una región decida separarse suele ser aceptable dependiendo de las circunstancias.

Consideremos las distintas posturas de Estados Unidos en las últimas aventuras secesionistas.

Chechenia: no.

Timor Oriental: sí.

Abkhazia: no.

Sudán del Sur: sí.

Palestina: es más complicado.

Para Occidente, es un tema sumamente delicado, porque Gran Bretaña quiere quedarse con Escocia y España quiere quedarse con Cataluña. Estados Unidos, al fin y al cabo, nació de una revolución, separándose de Londres sin el consentimiento del gobierno nacional, que es lo que el gobierno de Barack Obama insiste que debe tener Crimea.

"Ningún país ha sido coherente en este tema", dijo Samuel Charap, especialista en temas rusos del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos. Charap dice que durante su viaje de la semana pasada a Moscú, comprobó que el precedente más citado por los rusos para defender la intervención en Crimea era justamente Kosovo.

Los funcionarios rusos también mencionan como ejemplo el caso de Escocia, que muy pronto votará si quiere o no permanecer en el Reino Unido. Pero los funcionarios norteamericanos señalan que ninguna potencia extranjera envió tropas a Edinburgo para reemplazar a sus autoridades locales y montar una votación a los dos días sentados sobre un barril de pólvora. El Kremlin, argumentan, está intentando legitimar su invasión y apropiarse del territorio con falsas comparaciones con la situación de Kosovo.

"Es comparar peras con manzanas", dijo Benjamin Rodes, subasesor en seguridad nacional de Obama. "No se puede ignorar el contexto: esto ocurre pocos días después de una violación a la soberanía de Ucrania y a su integridad territorial."

Si bien el concepto de Estado soberano puede rastrearse hasta el Tratado de Westfalia de 1648, el tema ha sido especialmente espinoso para los presidentes norteamericanos durante el cuarto de siglo que nos separa del final de la Guerra Fría. Ucrania misma es fruto de una ruptura: la de la Unión Soviética, de cuyos despojos emergieron 15 países separados. Varias de esas nuevas naciones debieron entonces enfrentar sus propios procesos secesionistas.

Aunque Woodrow Wilson fue un gran impulsor de la autodeterminación tras la Primera Guerra Mundial, Estados Unidos, al igual que la mayoría de las potencias, prefiere la estabilidad y el statu quo, así que mayormente ha apoyado la preservación de las fronteras tal como están.

Desde la década de 1990, Rusia se embarcó en dos grandes guerras en Chechenia para frustrar ese mismo impulso secesionista que hoy alienta en Crimea. Para apoyar al presidente sirio, Bashar al-Assad, en su guerra contra los rebeldes, Rusia argumenta que la soberanía de los Estados no debe ser violada, un argumento que dio vuelta en el caso de Ucrania.

Pero el caso que divide profundamente a Europa es el de Kosovo. Tras la desintegración de Yugoslavia, el Ejército de Liberación kosovar, un grupo rebelde que representaba a la minoría albanesa, tuvo problemas con el gobierno serbio, que respondió con el castigo de la fuerza hasta que Bill Clinton intervino, en 1999, con una campaña de bombardeos de 78 días de la OTAN.

Kosovo se declaró independiente en 2008. Los Estados Unidos de la era Bush reconocieron su independencia, al igual que Gran Bretaña, Francia y Alemania, pero Rusia se negó tajantemente, al igual que España. La Corte Internacional de Justicia luego dictaminó que la independencia de Kosovo era legal.

"Nunca lo vimos como estar dejando sentado un precedente, pero algunas naciones lo vieron así y lo siguen haciendo", dijo James Pardew, representante especial de Clinton para los Balcanes.

Ésa no es la opinión del Kremlin. "Kosovo es un muy buen y legítimo precedente", dijo Dimitri Simes, presidente del Centro para el Interés Nacional, una organización de investigaciones de Washington, que concuerda con el argumento de Moscú. "La independencia se logró a pesar de una fuerte oposición de parte del gobierno democrático, legítimo y básicamente prooccidental de Serbia." Por el contrario, dijo Simes, el nuevo gobierno prooccidental de Kiev "carece de legitimidad", ya que llegó al poder derrocando a un presidente elegido democráticamente.

El gobierno de Obama sostiene que los casos no son comparables. Serbia, dicen los funcionarios de la Casa Blanca, perdió su legitimidad y su derecho a gobernar Kosovo por la violenta represión contra los kosovares. "No hay represión o crímenes contra la humanidad que el gobierno de Kiev haya cometido contra el pueblo de Crimea", dijo Rhodes. "No hay pérdida de legitimidad."

Traducción de Jaime Arrambide

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