Empate social y político en Alemania

La sociedad duda, los liderazgos son escasos y los ideales de la democracia social están en peligro
La sociedad duda, los liderazgos son escasos y los ideales de la democracia social están en peligro
Natalio Botana
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25 de septiembre de 2005  

No se vaya a creer que las elecciones que tuvieron lugar en Alemania, el domingo último, son para nosotros un espejo lejano. En realidad, están mucho más cerca de nuestra circunstancia por el significado que esos comicios tienen acerca del porvenir de una concepción de la democracia, tan abarcadora por sus promesas como eficaz en los países de Europa occidental durante la segunda mitad del siglo XX.

Tal democracia se forjó en la República Federal de Alemania (para diferenciarla de la República Democrática, de obediencia comunista) entre los escombros aún humeantes de la Segunda Guerra Mundial. Resultó de un pacto histórico entre partidos y sucesivas generaciones de derechos. El acuerdo político -en el marco de esa Alemania dividida- lo hicieron tres grandes partidos: socialdemócratas, demócrata cristianos y liberales. La amalgama entre derechos fue consecuencia del impacto valorativo de los derechos sociales que se incorporaban al acervo público para coronar el patrimonio de los derechos civiles y políticos.

Así se gestó el Estado de bienestar (o, en un plano normativo, constitucionalismo social de derecho) que tuvo la característica inicial de disponer, para su plena vigencia, de tres resortes fundamentales: una economía en crecimiento, dinámica e innovadora; una sociedad joven, capaz de insuflar energía a una población económicamente activa más numerosa que la población pasiva de los jubilados, y, por fin, una ciudadanía con sentido de la obligación política, que pagaba impuestos directos y progresivos y que, como contrapartida, recibía bienes públicos gratuitos de calidad (seguridad pública y seguridad social, infraestructura, escuelas, hospitales, universidades, etcétera).

Lo notable del caso es que Alemania cumplió con estos presupuestos propios de un orden equitativo durante mucho tiempo. Lo hizo sobre la base de mandatos electorales claros y coaliciones estables (habitualmente el Partido Liberal, minoritario, se aliaba, según los resultados, con los socialdemócratas o con los demócrata cristianos), hasta alcanzar, con la caída del Muro de Berlín, el irrenunciable objetivo histórico de la reunificación. Con este audaz salto hacia adelante, obra del canciller democristiano Helmut Kohl, Alemania -se afirmaba con énfasis- había completado exitosamente el periplo que la llevó desde la derrota hasta la recuperación de su identidad territorial.

Claro está que identidad territorial -lo saben los historiadores- no es lo mismo que identidad social. Cuando se creía que el lado occidental de Alemania mejoraría la vida a los compatriotas del Este, condenados en el curso de la Guerra Fría a vegetar bajo la férula de un sistema de partido único con economía colectivista, comenzaron las dudas, críticas y reacciones. Pese al excepcional esfuerzo presupuestario, había malestar en los antiguos länder (provincias), ahora incorporados al régimen de la constitución federal sancionada en Bonn en 1949.

Esa curiosa sensación de agotamiento, o de que las cosas no eran las esperables, coincidió, además, con la puesta en escena de los grandes problemas que hoy aquejan al Estado de bienestar: el envejecimiento general de la población; el aumento vertiginoso del sector pasivo, correlativo con una declinación de la población activa que no tiene hijos suficientes para revertir esa tendencia negativa, y -sin pretender cerrar la lista- las enormes dificultades culturales de los alemanes (en general de los europeos, por algo no son americanos) para abrir sus brazos a la inmigración y renovar así, con el calor de habitantes jóvenes, una sociedad que se enfría desde el punto de vista demográfico. Desilusiones del progreso, diría Raymond Aron.

Lo que ocurrió el domingo último levanta el telón sobre ese escenario. Todo indica, en efecto, que Alemania debería cambiar para preservar lo mejor del Estado de bienestar. Si esto es así, el problema estriba en que la sociedad no sabe cómo cambiar o, al menos, en que el electorado ha permanecido en una impasse con respecto a las diversas ofertas de cambio. De ello resulta un empate social que se desdobla en empate político. No hay ganadores, con la complicación adicional de que han entrado en la liza dos nuevos partidos: los verdes, primeros en hacerlo, que gobernaron en coalición con los socialdemócratas de Schröder, y los antiguos comunistas, cuya fortaleza electoral en los länder del Este trae a la memoria la melancólica reflexión de Tocqueville cuando columbraba que, ante una rígida opción entre igualdad y libertad, las sociedades modernas elegirían la primera.

Felizmente no se ha llegado a este morboso desenlace. En Alemania las libertades públicas gozan de buena salud, pero la suma de signos negativos da qué pensar. El Estado de bienestar fue una idea-fuerza extraordinariamente atractiva que, por lo demás, no se va a esfumar fácilmente del horizonte. En Gran Bretaña, por ejemplo, la política liberal de Margaret Thatcher logró inyectar dinamismo a la economía y al empleo (más alto que en Alemania) desmantelando privilegios sindicales y disminuyendo el sector público de la economía, pero no tocó, en lo esencial, los fundamentos sociales del Estado de bienestar.

Esta es una imagen impresionista de las tendencias profundas que hoy agitan a Alemania. Por encima de ellas circulan las maniobras y movimientos tácticos de los partidos. Es probable que, más allá de los estrepitosos errores de las encuestas, que provocaron que Angela Merkel se durmiera antes de tiempo en los laureles, hayan intervenido en los resultados electorales la confrontación de personalidades y el estilo de los liderazgos. ¿Acertaron los demócrata cristianos con la designación de Merkel como candidata? ¿Cometieron acaso el error de no tomar en cuenta la capacidad de reacción de un líder dispuesto a no abandonar fácilmente el poder como Schröder? Como siempre acontece en los trances políticos, éstas son preguntas que se pueden responder con más facilidad una vez abiertas las urnas; el desafío consiste en saberlas responder antes, en plena campaña, y en especial en los últimos días.

Ahora, los dados está echados, hasta el punto de que una elección complementaria-en Dresde, el 2 de octubre- podría llegar a modificar esos márgenes de diferencia tan estrechos (Merkel, 35,2%; Schröder, 34,2%). Para colmo, los aliados afines, en uno y otro bando, no alcanzan a formar mayoría. Ni los liberales aportan suficientes parlamentarios a los democristianos ni los verdes a los socialdemócratas. Con semejante tablero ya no hay manera de jugar en Alemania con coaliciones bipartidistas. De aquí en más, serían necesarios tres partidos salvo que se forme una gran coalición democristiana y social-demócrata.

No sería esta la primera vez que en Alemania se recurre a ese expediente. En los años sesenta, sirvió para legitimar a los socialdemócratas como un responsable partido de gobierno, pero la incógnita reside en saber quién pagará el precio de una necesaria reestructuración de los recursos fiscales y del gasto del Estado. Con este reto a la vista, la sociedad duda, los liderazgos son escasos, y los ideales de la democracia social están en peligro de apagarse a través de una lenta declinación. Es pues un difícil tránsito al cual, sin embargo, apuntala una economía que, pese al débil crecimiento, no ha perdido aún el élan de no hace muchos años.

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