En Afganistán, una gobernadora hace frente a todos los prejuicios

Masooma Muradi, al mando de la provincia de Daikundi, rompe un tabú en un país de arraigadas costumbres patriarcales
Anuj Chopra
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2 de agosto de 2016  

Rodeada de guardaespeladas, Muradi recorre un bazar en Nili
Rodeada de guardaespeladas, Muradi recorre un bazar en Nili Fuente: AFP - Crédito: Shah Marai

NILI, Afganistán.- Rodeada de consejeros hombres, galantes y condescendientes, Masooma Muradi se bate contra un sexismo apenas disimulado en una sociedad afgana poco acostumbrada a que las mujeres tengan autoridad.

Muradi ha sido la primera mujer -y la única hasta el día de hoy- en ocupar el puesto de gobernadora en la aislada provincia de Daikundi, en el centro de Afganistán, y rompió un tabú en un país de arraigadas costumbres patriarcales.

Pero menos de un año después de que el presidente Ashraf Ghani la nombrara, su trabajo ya se ha visto amenazado por los reclamos insistentes de mullahs y responsables religiosos para echarla del puesto, algo que ilustra lo difícil que es ser mujer en un mundo dominado por hombres.

"La gente dice que es abierta, pero la mayoría no puede soportar que una mujer ocupe una posición así", confía la dirigente de 37 años, hundida en un mullido sofá de su despacho, en Nili, la capital provincial.

"No me dejo intimidar por los hombres y la sociedad no espera eso de una mujer", declara la mujer, pequeña, de metro y medio de altura, cuyos gestos dulces esconden una voluntad de hierro y su determinación para resistir en el cargo.

Madre de dos hijos, Muradi fue elegida por el jefe del Estado para dirigir Daikundi, una provincia con lagos, verdes colinas y cumbres rocosas, rodeada de otras provincias arrasadas por la insurrección islamista.

Las protestas en su contra comenzaron incluso antes de que tomara posesión de su cargo. Sus oponentes, en su mayoría hombres, la rechazaban por su falta de experiencia.

Pero Muradi ha conseguido mantener la frente en alto, aunque el resentimiento hacia ella era palpable cuando durante un paseo por Nili, escoltada por sus guardias, armados con fusiles Kalashnikov.

"Inútil", le dijo un hombre a su paso. "Quizás sólo debería ser gobernadora de las mujeres", esgrimió otro.

Las mujeres han realizado algunos avances desde el fin del régimen talibán en 2001, pero siguen estando muy ausentes en la vida pública, si bien el hashtag #WhereAreTheWomen (DóndeEstánLasMujeres) se utiliza mucho en las redes sociales en Afganistán.

"En este país, no todo el mundo está dispuesto a verse gobernado por una mujer" a causa de las tradiciones, destacó Douglas Keh, director del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en Afganistán. "Aquellas que desempeñan responsabilidades necesitan todo el apoyo que se les pueda dar", aclaró.

En una sesión del Consejo provincial, Somaya Mohammadi es la única mujer entre una docena de hombres. Cuando ésta intenta tomar la palabra, el hombre que preside la reunión la manda a callar con la mano.

Sólo cuando una representante del PNUD le pide su opinión, ella consigue hablar.

"Acabo de reemplazar a un hombre en el Consejo provincial", empieza Somaya. "Hable también de los problemas de los hombres -la corta el presidente de la sesión con desprecio, provocando las carcajadas de los presentes-. Nos preocupan verdaderamente sus derechos."

Daikundi es una de las 34 provincias de Afganistán más difíciles de gobernar, con un desempleo endémico y una economía basada en una pequeña cosecha de almendras.

"Tenemos escuelas, pero la mayoría sin edificios; hospitales, pero muchos sin médicos suficientes", explica Haji Rasuli, vendedor de Nili. "Yo apoyo la emancipación de las mujeres, pero ¿acaso tener una como gobernadora va a resolver nuestros problemas?", se pregunta.

Ashraf Ghani ha designado a cuatro mujeres en puestos ministeriales desde que llegó al poder en 2014. El año pasado, por primera vez en la historia del país, eligió a una para presidir la Corte Suprema. Pero el Parlamento rechazó el nombramiento, poniendo a un hombre en su lugar.

"Para darles un verdadero papel de líder a las mujeres, Ghani debería ser más firme cuando alguien se le opone", considera Heather Barr, investigadora en derechos de las mujeres en la ONG Human Rights Watch (HRW). "Pero esto nunca ha sucedido", añade.

Por lo menos, Masooma Muradi puede contar con el respaldo de un hombre, su marido: al volver a casa por la noche, su esposo, Jalil Muradi, la recibe diciéndole "la cena está lista", algo muy raro de parte de un marido afgano. Él también recibió comentarios sexistas. "La gente me llama su secretaria o su niñera", dijo. "Pero yo estoy verdaderamente orgulloso de ella", afirma.

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