En La Habana, la economía privada crece al mismo ritmo que la desigualdad

El auge de emprendimientos capitalistas genera frustración entre los más pobres
Randal C. Archilbold
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27 de febrero de 2015  

LA HABANA.- El río donde suele pescar Jonás Echevarría atraviesa barrios rebosantes de los flamantes restaurantes de calidad, los spas y las boutiques que surgieron en Cuba al ritmo del nuevo impulso de la empresa privada.

Las derruidas mansiones y los bloques de departamentos de lujo hablan de la riqueza de antaño y de la nueva. Un montón de restaurantes privados conocidos como "paladares" sirven solomillo de cerdo, lomo y pato a la naranja a los turistas, a los cubano-norteamericanos que están visitando a sus parientes y al creciente lote de emprendedores cubanos con dinero en el bolsillo para gastar.

Son algunas de las cosas que Echevarría no tendrá para cenar: en su alacena tiene apenas unos huevos, un par de bananas y unas hogazas de pan.

En su barrio, una villa miseria llamada El Fanguito, en los márgenes del río Almendares y en los márgenes de la sociedad, muy pocos tienen parientes en el extranjero que les envíen remesas, las raciones de comida a duras penas alcanzan hasta fin de mes, y las casillas de chapa, restos de madera y hormigón tambaleante no logran mantener a raya las aguas del río cuando crecen.

Ahí, nadie va a los "paladares" ni tiene el capital necesario para abrir uno. "Nunca fui", dice Echevarría, cuya subsistencia depende de lo que pesque en el día. "Creo que no podría pagar ni un vaso de agua." A medida que Cuba abre sus puertas a la empresa privada, la brecha entre los que tienen y los que no -y entre los blancos y los negros- y que la revolución se propuso disminuir se hace cada vez más evidente.

Y ahora que Estados Unidos ha elevado la suma de dinero que los norteamericanos pueden enviar a la isla -de 2000 a 8000 dólares anuales- como parte del histórico acuerdo de Obama con Cuba, se espera que esa brecha crezca aún más.

Las remesas, estimadas entre 1000 y 3000 millones de dólares anuales, ya son una gran fuente de capital de los nuevos pequeños emprendimientos. La inyección de efectivo ha sido uno de los principales motores de la economía cubana en los últimos años. Compite con los ingresos por turismo, y las exportaciones de minerales, medicamentos y azúcar.

El aumento del límite para las remesas, junto con el permiso para que más estadounidenses puedan visitar Cuba, y otros pasos dados para normalizar las relaciones diplomáticas ayudarán a "apoyar al pueblo cubano", argumentan desde la administración de Obama.

Pero algunos se beneficiarán más que otros de ese apoyo. Los economistas cubanos dicen que los blancos tienen 2,5 veces más chances de recibir remesas, lo que deja a muchos de los barrios marginales como El Fanguito al borde de la invisibilidad frente al auge del comercio, especialmente de los restaurantes y las posadas que los turistas eligen.

"Las remesas generaron nuevas formas de desigualdad, especialmente la desigualdad racial", dice Alejandro de la Fuente, director del Instituto de Investigaciones Afro-Latinoamericanas de la Universidad de Harvard. "Ahora las remesas son utilizadas para financiar o fundar empresas privadas, o sea, ya no sólo para financiar el consumo, como ocurría en el pasado."

El gobierno cubano argumenta que ese giro hacia la empresa privada, uno de los pilares para impulsar la alicaída economía de la isla, permitirá que el Estado se aboque a los programas sociales para los más necesitados. Como reza un afiche en una muy transitada calle de La Habana, "Los cambios en Cuba son para más socialismo".

Pero muchos de los cubanos más pobres sienten frustración frente a lo que para ellos es un deterioro del Estado benefactor y ante las ventajas que tienen en este nuevo marco económico los cubanos con acceso a dinero proveniente del exterior.

"En los últimos 20 años, a medida que Cuba se volvió más capitalista, también se volvió más desigual", dice Ted Henken, profesor de la Universidad Baruch y estudioso de la economía cubana. "Esas villas miseria existen en toda América latina, y los intentos de la revolución cubana de solucionar esa desigualdad funcionaron hasta cierto punto durante un tiempo. Pero con el crecimiento del capitalismo, hay gente mejor posicionada que les saca ventaja a quienes no lo están."

En las barriadas pobres como El Fanguito, muchos dicen sentirse como extranjeros en su propia ciudad, que miran desde afuera el auge económico pero sin los medios para participar de éste.

Notan la predominancia de cubanos blancos en los nuevos emprendimientos, pero mencionan ese tema con cuidado. Señalan los avances que la revolución les trajo a los afrocubanos en materia de salud y educación, pero también las penurias que siguen sufriendo los cubanos de piel oscura. "Miro esos lugares y no veo a nadie como yo", dice Marylin Ramírez, que trabaja en un hotel para turistas en el barrio de Vedado y suele pasar frente a los nuevos restaurantes de camino a su trabajo.

Cuando se le pregunta si no recibe remesas de algún pariente en el extranjero, sonríe con sorna y señala con la mano el living de su casa, que suele inundarse cada vez que sube el río. "De ser así, ¿creen que viviría acá?"

Después del así llamado "período especial" de la década de 1990, cuando el colapso de la Unión Soviética sumió a Cuba en la crisis económica, miles de personas desesperadas migraron del campo a la ciudad de La Habana sin tener permiso, con la esperanza de encontrar trabajo. Muchos siguen viviendo en los que son virtualmente refugios dentro de su propio país, en barriadas como El Fanguito, sin poder registrarse para recibir las raciones de alimentos del gobierno, porque es prácticamente imposible cambiar de domicilio sin autorización previa.

El programa de construcción de viviendas del gobierno no da abasto con la demanda, y cuando suben las aguas, los residentes suelen negarse a abandonar sus casas por temor a los ocupas o a que las autoridades no los dejen volver. Los alambrados electrificados abundan en techos y cercos, y representan un claro riesgo de incendio. "A veces, tienen que hacer evacuaciones forzadas", dice uno de los vecinos.

Sin embargo, y más allá de los problemas, son pocos los que hablan abiertamente de abandonar el país, básicamente porque no tienen parientes en el extranjero o no tienen dinero para pagar la visa o el pasaje de avión. La alternativa sigue siendo subirse a una balsa improvisada y emprender una travesía que bien puede terminar en la muerte o en la captura y las represalias de las autoridades cubanas.

Traducción de Jaime Arrambide

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