En Nueva York el tráfico de influencias llega hasta las guarderías

Un exclusivo jardín de infantes es el centro de una nueva polémica entre empresarios
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25 de noviembre de 2002  

NUEVA YORK.- Los escándalos financieros parecen haber dejado la agitada Wall Street para instalarse en el elegante y residencial Upper East Side. "Corrupción en la guardería", claman los tabloides, explotando al máximo la historia que está dando que hablar a la clase alta neoyorquina y que involucra al presidente del Citigroup en un oscuro caso de tráfico de influencias; en esta oportunidad, en uno de los jardines de infantes más exclusivos de Manhattan.

El ojo de la tormenta se centra en la guardería infantil de la Asociación de Jóvenes Hebreos, conocida familiarmente como "la Y" y ubicada en la calle 92 y Lexington Avenue. Se trata de uno de los centros culturales y sociales más activos de la ciudad, con actividades relacionadas con la danza, la literatura, la música y la pintura.

En su gran edificio de la calle 92, la Y alberga también un jardín preescolar que reúne al más selecto grupo de niños de 3 a 5 años, hijos de la elite judía de Nueva York, formada por banqueros, empresarios y artistas. Con sólo 65 vacantes anuales, conseguir entrar allí es más difícil que ingresar en Harvard o en Yale. El día en que la Y inicia su período de solicitudes -sólo recibe 300- los desesperados padres llaman desde la primera hora de la mañana para concertar una entrevista. Una vez que la consiguen envían los currículum de los pequeños, destacando logros como la complejidad de las primeras palabras y la extensión de los primeros pasos, y muchos llegan incluso a contratar a consultores para que preparen a sus hijos para ser aceptados.

A Lourdes Leon Ciccone, la hija de Madonna, la rechazaron, pero allí asisten las dos hijas de Woody Allen, al igual que los bisnietos de la reina de los cosméticos Estee Lauder y los hijos del magnate de los medios Edgar Bronfman (Universal-Vivendi). Los afortunados pagan unos 15.000 dólares por año para que sus chicos sean educados allí de 9 a 14.

Negocios más turbios

El escándalo estalló cuando el fiscal general Eliot Spitzer, mientras investigaba irregularidades en las operaciones de bancos de inversión, descubrió un e-mail del analista financiero Jack Grubman, considerado una de las estrellas del sector de telecomunicaciones de Salomon Smith Barney (propiedad de Citigroup), en el que le decía a un amigo que el presidente del Citi, Sam Weill, había hecho una donación de un millón de dólares a la Y para que ésta aceptara a sus mellizos.

A cambio, Grubman habría accedido a cambiar la calificación de la compañía AT&T (de la cual Weill es director) para que Weill pudiera ascender en la mesa directiva del Citi. Las revelaciones llevaron en los últimos días a un ejército de periodistas a intentar franquear las puertas de la guardería, que reconoció la donación pero rechazó que el dinero haya servido para aceptar a los mellizos Grubman.

"A ningún niño se le garantiza la admisión aquí. Todo chico debe pasar por el mismo riguroso proceso de admisiones -señaló la vocero de la Y, Alix Friedman, en busca de limpiar el nombre de la institución-. La sugerencia de que una gran donación pueda acelerar el proceso no es verdad. Lo único que se tiene en cuenta en la Y es a los propios niños."

Weill, a través de un comunicado, reconoció que llamó a la Y para recomendar a los hijos de Grubman, pero negó que su intervención haya estado motivada por el cambio de ponderación de AT&T (pasó de recomendar "mantener" a "comprar" acciones).

"Nunca le sugiero a ningún analista que escriba algo. Sí le sugerí a Grubman que mirara de nuevo AT&T por las dramáticas transformaciones en la compañía y la industria -dijo Weill-. Siempre creí que Grubman realizaría su propio análisis y llegaría a conclusiones independientes."

Las aclaraciones del ejecutivo no hicieron más que enturbiar más el asunto, ya que cualquiera en Wall Street sabe que cuando un jefe le recomienda "mirar de nuevo una empresa" es para que cambie de opinión sobre la ponderación. En tanto, acorralado, Grubman tuvo una reacción tardía y salió a decir ahora que había inventado esa historia en el e-mail a su amigo "en un esfuerzo por inflar mi importancia profesional".

Queda ahora en manos del fiscal decidir qué cree. Lo cierto es que la mala praxis e intereses económicos ocultos no sólo ensucian las operaciones en los círculos de las altas finanzas neoyorquinas, sino que incluso llegan a empañar el mundo de juegos de los más pequeños. Un dato que deberán tener en cuenta las autoridades que están buscando mayores controles en las actividades y relaciones entre analistas y bancos de inversión.

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