En Siria, el odio crece a pesar de la diplomacia

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12 de octubre de 2013  

BEIRUT.- El renovado impulso de la diplomacia y el desarme está generando las condiciones para que los bandos adversarios de Siria se sienten a la mesa de negociaciones, pero como Bashar al-Assad no está de humor para hacer concesiones y sus oponentes están atomizados, son pocas las perspectivas de que la catastrófica guerra civil tenga un final cercano.

La esperanza de que las tan demoradas conversaciones finalmente se concreten en Ginebra el mes que viene se vio alimentada por la rara imagen de Washington y Moscú cooperando para lograr que la OPAQ llegue a Siria y elimine las armas químicas y por las señales dadas por Estados Unidos sobre un descongelamiento de las relaciones con Irán, aliado de Al-Assad.

El presidente Vladimir Putin dijo que Rusia y Estados Unidos estaban de acuerdo en desmantelar el arsenal químico sirio, un radical cambio en la manera de referirse a un conflicto que ya lleva dos años. A partir de ese consenso, ambos países dicen que presionarán con fuerza para que se concrete el diálogo de paz, conocido como "Ginebra 2".

Pero ese ímpetu por poner en marcha las negociaciones está preocupando a algunos países, que temen que el principal logro del acuerdo original de Ginebra para establecer en Siria un gobierno de transición con plenos poderes se pierda en el regateo.

El régimen sirio, animado por sus recientes victorias en el campo de batalla, dice estar listo para ir a Ginebra sin precondiciones, pero se apura a agregar que no tiene la menor intención de ceder ningún poder a los rebeldes, a los que cataloga de terroristas.

La animosidad entre Al-Assad y sus oponentes se fue profundizando en el curso de una guerra en la que sus tropas fueron incrementando la respuesta armada, que pasó del uso de armas de fuego en el comienzo del levantamiento, en marzo de 2011, al empleo de misiles y ataques con armas químicas.

Para complicar aún más las cosas, están las crónicas divisiones entre los rebeldes y los opositores políticos, entre los combatientes y los activistas de base y las figuras de la oposición que están en el exilio, la Coalición Nacional Siria.

Las alianzas y coaliciones entre los cientos de brigadas rebeldes locales en cada rincón de Siria cambian permanentemente, pero los islamistas y jihadistas ganan cada vez más influencia. Todos esos factores condujeron a la denuncia hecha el mes pasado por una docena de grupos de rebeldes que declararon desconocer la representatividad de la Coalición Nacional en el exilio.

Así, mientras tratan de ensamblar un escenario diplomático para las conversaciones de paz, los países occidentales se quedaron con aliados cada vez más débiles y menos palancas de influencia. Al-Assad, por el contrario, consolida sus posiciones militares y disfruta del apoyo militar de Irán, así como de cobertura diplomática y venta de armas por parte de Moscú.

"Occidente está atada a la Coalición por falta de una alternativa, y no logra entenderse con los grupos rebeldes que están en el campo de batalla, en parte por temor a quedar pegado a grupos islamistas", dijo Julien Barnes Dacey, del Consejo Europeo de Relaciones Extranjeras. "Una movida valiente sería aceptar que la Coalición es incapaz de representar a los sirios en el terreno."

Pero la buena predisposición de la Coalición y de algunos rebeldes del Ejército Libre para conducir alguna forma de negociación con las autoridades de Damasco los convierte en una pieza indispensable para Estados Unidos y sus aliados.

"De ahora en más, la política de Occidente avanzará sabiendo que estas agrupaciones representan a una porción cada vez más acotada de la oposición, y que cualquier acuerdo alcanzado a través de ellos sólo será aplicable a una franja limitada de los rebeldes sirios", dijo Shashank Joshi, del Instituto Real de Servicios Unidos de Londres.

Traducción de Jaime Arrambide

Dominic Evans

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